Tengo un patrón de comportamiento con el que muy probablemente te sientas identificado: no sé reaccionar a las acciones o palabras de afirmación bonitas que hacen por mí, me descoloca, a pesar de que me considero una persona que busca siempre demostrar su amor por las personas que quiere. Como a muchos, la vulnerabilidad ajena puede que nos haga entrar en pánico y nos meta en ese limbo entre lo que nuestro corazón siente y lo que nuestra boca pronuncia.

Porque están esos momentos en donde uno debería saber exactamente qué decir, donde hasta improvisando el guion es claro: alguien te regala algo hermoso, un dulce, un detalle, un te quiero, un sos muy lindo, una vista y uno debe responder con algo a la altura, sincero, empático y sensible. Un simple “Sí, es una hermosa vista”, una de esas frases que no cambian el mundo ni a las personas, pero le confirman que las vemos, que estamos acá, que sentimos lo mismo y que estamos agradecidos con ellos.

Pero no. A veces (o mayormente), uno elige lo contrario. Como aquella noche, donde mi querida me propuso salir por un helado, caminamos, hablamos y reímos de cualquier cosa mientras nos tomábamos de la mano. Los dos estábamos cansados, pero todo se sentía liviano y fácil. Después, como siempre, manejó a su gusto. “¿Dónde vas?”, le digo, “No sé, yo manejo nomás”, responde. Pero ella siempre sabe perfectamente dónde quiere ir. Quería mostrarme algo, y de pronto frenó en un punto alto de la ciudad.

“Esta es mi vista, sabés, no hay muchos lugares donde puedas mirar el horizonte”, me dijo.

Y ahí estaba: el horizonte lleno de luces, la noche en calma, el murmullo leve de la ciudad allá abajo. Me lo estaba compartiendo como quien te abre una cajita privada. Era un momento perfecto.

¿Y yo qué dije?

No lo que sentía, desde luego. No un “gracias por traerme”, ni un “me encanta que esto sea tuyo y ahora un poco mío también”. Dije algo como: “Sí, allá también se ve mejor”.

Una frase sin alma. Técnica. Pobre.

Una microtraición a todo lo que quería decir.

No lo hice por maldad. Lo sé. A veces me pasa. Quiero decir algo lindo y se me escapa una versión torcida. Como si el miedo a emocionarme me hiciera elegir mal las palabras, justo cuando más importan. Como si una parte de mí temiera que, si digo lo que siento, el momento se vuelva tan real que no pueda sostenerlo.

Y por supuesto, en mi arsenal de torpezas, no es la primera vez que me pasa.

Hace un par de meses, viajamos juntos a Foz. Era nuestro primer viaje. Paseo tranquilo, clima nublado y llovizna, pero igual estuvo perfecto y ella buscando algo mí mientras manejaba y miraba las calles. De pronto me dice: “Mirá qué lindos los árboles”.

Y yo, otra vez, en modo señor de 40 años comentarista técnico: “En Ciudad del Este también hay así”.

Y eso que al comenzar el viaje apenas también le meto un: “Qué feas las calles”.

Dos goles en contra en menos de veinte cuadras.

A pesar de todo, ella se rio con ternura y bromeó, porque tiene esa paciencia suya que me gusta tanto, pero yo, por dentro, pensaba: “¿Por qué no podés simplemente decir algo bonito y dejarlo ahí?”. En un modo de trágame tierra.

Con esta manera de ser tan particular, a veces uno no dice lo correcto y no entiendo bien por qué, esta diferencia de sincronización entre las palabras dichas por la boca y las palabras dichas en el corazón, que hace que en vez de agradecer la magia, la interrumpe.

Y pienso en otros casos.

  • Cuando alguien me dijo “te quiero” y respondí con un chiste.

  • Cuando alguien me elogió y no supe cómo reaccionar.

  • Cuando alguien me dijo “Estás muy lindo” y le dije “No puede ser”.

  • Cuando alguien me mostró un vestido suyo y le contesté solo con una mirada y una mueca.

Soy campeón mundial en desviar el cariño con respuestas idiotas.

Quizás hay algo detrás de todo esto, porque uno no dice estas cosas por insensible, o por falta de empatía, o por no valorar esos momentos que quedan guardados para siempre como un recuerdo bonito, si no que al contrario, muchas veces uno lo hace porque le importa demasiado, porque no sabe estar a la altura, o porque simplemente no cree el momento que está viviendo, porque se emociona y se defiende como puede aunque esto conlleve meter la pata.

Hoy mientras escribo esto, también me doy cuenta de que aquella noche, o aquel día, o aquella tarde, también me emocioné, solo que no lo supe expresar, ella esa noche me llevó a su vista, me compartió un pedacito de su mundo, y yo no supe recibirlo como merecía.

Así que, aunque ahora ya pasó y las palabras no dichas quizás ya no formen parte de los recuerdos, quiero decirte:

Gracias por llevarme ahí. Me encantó la vista, es como aquella que a mamá tanto le gustaba. Pero más me gustó verte a vos, entusiasmada y activa (antes de que yo lo arruine), mostrándomela.

No fue solo un paisaje, fue un gesto, un regalo. Y aunque aquella noche no lo dije, lo sentí igual.

Quizás el arte de las palabras inoportunas no esté en evitarlas por completo (eso sería imposible y estaríamos renegando nuestra humanidad), sino en aprender a volver después. A pedir permiso para decir mejor lo que antes no supimos decir. A quedarnos un poco más. A no huir de lo que nos emociona.

Porque al final, uno también quiere que lo elijan así, con las frases fallidas, con las respuestas torpes, con las ganas de decir algo mejor la próxima vez.