¿Cuánto cobrarías por hacer lo que más disfrutas? Tejido, interpretar algún instrumento, escribir, bailar, cocinar o ¿por qué no? Hablar con otros. Si tuvieras la oportunidad de recibir un pago cada vez que haces una actividad que te genera bienestar y tranquilidad, ¿cuánto cobrarías por realizarla?

Hay una frase que escuché desde mis tiempos de estudiante en el bachillerato: “Si eres buen@ en algo, jamás lo hagas gratis”. En la época de los emprendimientos, las ideas creativas y la fiebre por los talleres y conversatorios, hay una conducta cada vez menos común: personas que no exponen sus hobbies o intentan monetizarlos.

En este corto escrito planteo una pregunta: ¿qué pasa cuando un pasatiempo que antes nos otorgaba un umbral perfecto para la conexión con uno mismo se convierte en vitrina?

El riesgo de exponerse

A los 15 años, cuando mis compañeros empezaban a salir más y a invitarme a planes los fines de semana, una pregunta taladraba mi mente: ¿Cómo consigo dinero para salir? De repente, una clase de artes, la respuesta llegó a mí.

—¿Cuánto me cobras por hacerme el trabajo de dibujo técnico? Solano dijo que eras bueno y a mí me da pereza hacerlos.

—Dame cuatro mil.

Las solicitudes empezaron a llegar, desde entonces, no había un fin de semana que no pudiera invitar a una amiga a un helado o, al menos, ir al cine con mis amigos. Monetiqué algo que jamás creí que tendría valor: mi habilidad para dibujar. Mis dibujos no eran buenos, pero disfrutaba pasarme la tarde copiando paneles de manga de Toriyama o Togashi, creyéndome un mangaka profesional. Inesperadamente llamé la atención y la necesidad de poder contar con un capital pequeño para el fin de semana me impulsó a dibujar para otros, sin saber que esto traería sus problemas.

Lo que comenzó como un juego íntimo —copiar paneles de manga, perderse en la tarde dibujando— se transformó en moneda de cambio. Y aunque me permitió salir con amigos y tener cierta independencia, también me enseñó algo: cuando un hobby se convierte en vitrina, el disfrute se contamina de expectativa. Ya no dibujaba solo para mí, sino para cumplir con encargos. El placer se mezclaba con la presión.

Este fenómeno no es exclusivo de mi adolescencia. Hoy, en la era de los “side hustles” y la monetización de cada talento, parece que todo debe convertirse en producto. Cocinar ya no es cocinar: es contenido. Bailar ya no es bailar: es performance. Escribir ya no es escribir: es branding.

Al final, ya no deseaba dibujar, llegaba a casa y miraba a otro lado en vez de mirar mi caja de lápices por miedo a encontrarme con los pedidos que me habían hecho para la semana. Marcar un límite fue necesario. Dejé de dibujar a los 16, no volví a intentarlo sino hasta los 18 cuando en el seminario necesité un escape, una alternativa a la oración y las actividades comunitarias para encontrarme conmigo mismo. Volver a dibujar fue como recuperar un secreto: un espacio donde el lápiz no debía rendir cuentas a nadie más que a mí.

Recuperar lo íntimo y los lujos

La historia del dibujo es solo un ejemplo de algo más amplio: el riesgo de perder la intimidad de nuestras prácticas cuando todo se convierte en vitrina. No se trata de negar la posibilidad de monetizar —a veces es necesario, a veces abre caminos—, sino de recordar que también tenemos derecho a lo secreto, a lo que no se comparte, a lo que no se mide en likes ni en ingresos.

Quienes me conocen saben que soy alguien que vive la vida a 200 km/h, por eso siempre termino cayendo en la trampa de la supervivencia. ¿Algo es indispensable? Es importante. ¿Algo no es necesario? Se deja para después. Y así he pospuesto gran cantidad de cosas que habría deseado hacer o que por lo menos hacían parte del momento de vida que estaba atravesando y me negué a vivirlas. ¿Es esta una relación sana con el lujo? La mayor parte de las personas considera los lujos como bienes excesivamente costosos o con una carga de estatus importante. Sin embargo, aquí quisiera dar otra perspectiva. Quizás el verdadero lujo hoy sea poder decir: esto lo hago solo para mí.

Tener un rincón de nuestra vida apartado única y exclusivamente para nosotros parece un lujo desmedido en una época donde nos esmeramos por ser vistos, por gritar a cuatro vientos que somos buenos o buenas en algo, por recibir el like en vez de la carga de serotonina que trae consigo el avance lento pero seguro.

El silencio como acto de resistencia

En un mundo que nos empuja a mostrar, a producir y a competir, el silencio puede ser un lujo. No hablo solo del silencio sonoro, sino del silencio de las acciones que no se publican, de los gestos que no se convierten en vitrina. Nadie necesita saber que me gusta coleccionar las fotos que tomo en el parque, tampoco necesita conocer mi afición por cocinar mientras escucho música, de hecho, si lo supieran, tal vez perdería la magia de hacerlo en presencia plena. ¿Gustará la receta a otro que pueda verla? ¿Esta foto será demasiado experimental? Preguntas que van apareciendo y que, con seguridad, no estarían allí si el espacio fuera completamente nuestro.

En el silencio, en cambio, habitamos un espacio de libertad: allí nadie mide, nadie compara, nadie exige. Este es el terreno donde lo íntimo se defiende y florece.

Conclusión

Recuperar lo íntimo no es nostalgia, es resistencia. Es recordar que no todo debe ser capitalizado, que no todo debe convertirse en vitrina. El verdadero lujo hoy no está en lo costoso ni en lo exclusivo, sino en lo secreto: en tener un rincón de la vida que no necesita ser visto para tener valor.

Quizás, en medio de la velocidad y la exposición, el gesto más radical sea decir: esto lo hago solo para mí.

Tip práctico: si sientes la necesidad constante de mostrar lo que haces, prueba un ejercicio sencillo: elige una actividad pequeña —leer un cuento, cocinar un plato, caminar un trayecto, escribir un párrafo— y comprométete a no compartirla con nadie. Hazla solo para ti, como un ritual privado. O mejor aún, atrévete a explorar un hobby nuevo que nazca con la intención de ser íntimo, sin vitrina ni expectativa. Ese secreto puede convertirse en tu verdadero lujo cotidiano.