Quizás ustedes, mis jueces, pronuncien esta sentencia con mayor temor que el que yo siento al recibirla.
(Giordano Bruno)
El 17 de febrero del año 1600, un hombre sería quemado vivo en el Campo di Fiori, Italia. Había sido sacado de la cárcel a las seis de la mañana de ese día y entregado a las autoridades para cumplir una condena por herejía. El reo inquirido, procesado, culpable, impenitente, obstinado y pertinaz, rechazó el crucifijo en los últimos minutos de su vida, mostrando total irreverencia y falta de arrepentimiento por todos sus cargos.
Le pusieron una mordaza de metal para que ningún lamento saliera de su boca en plena ejecución. La barra de hierro atravesada que se interponía entre sus labios no solo impedía que el ejecutado gritara de dolor, sino que también evitaba que la voz de la razón sobreviviera al fuego.
Ya entrada la tarde y terminado el acto, los restos, hechos cenizas, fueron reunidos y arrojados al río Tíber, condenándolo a no tener ni tumba ni descanso, un castigo propio y necesario para las graves herejías. Pero el castigo no acabó ahí. Ya muerto el réprobo, sus escritos también iban a sufrir la pena del olvido. Todos sus libros fueron condenados, reprobados y prohibidos, y debían ser destruidos y quemados públicamente, además de ser insertados en el índice de libros prohibidos. Cualquiera que intentara salvar, guardar o siquiera poseer uno de estos textos sería castigado con la misma severidad. Todo esto se hizo sin cuestionamientos y con premura. El condenado: Giordano Bruno, el Nolano.
Pero, ¿qué hizo este hombre para ser criminal, prisionero y condenado? Entender su vida nos hará comprender su terrible final. Giordano Bruno nació en Nola, Italia, en el año 1548. No se sabe qué día exactamente debido a la imprecisión de los registros de nacimiento de la época, pero se cree que pudo haber sido entre enero y febrero. Aunque su verdadero nombre fue Filippo, al entrar en la orden de los dominicos en el convento de San Domenico Maggiore, en Nápoles, adoptó el nombre de Giordano como símbolo de una vida nueva.
Desde joven, Giordano tuvo una gran sed de conocimiento, sed que solo podía saciarse en la orden de los dominicos, ya que en esos tiempos los pocos lugares con acceso a textos, libros y estudio eran las órdenes religiosas. Allí, Bruno no solo amplió sus conocimientos, sino también sus dudas, y no pasó mucho tiempo antes de que confrontara algunos de los principales credos de la congregación, lo que le granjeó adversarios y problemas. Se cuenta que el joven Bruno comenzó a cuestionar los fundamentos de la Trinidad, criticó a sus compañeros por tener imágenes de santos en sus habitaciones y los persuadió de no empaparse con lecturas sobre la vida de María, recomendándoles otros textos que consideraba de mayor importancia.
No hay registros literales que indiquen de dónde surgían las reflexiones que Bruno compartía con sus cofrades; sin embargo, sus razonamientos pueden haberse derivado de sus lecturas en el convento sobre teología, filosofía antigua y ciencias. No pasó mucho tiempo antes de que sus compañeros, arraigados a sus dogmas y preocupados por las conversaciones de Bruno, que consideraban arrogantes y rebeldes, denunciaran su comportamiento ante círculos religiosos más elevados como la Inquisición. Esto, sumado a la creencia de que portaba, conocía y leía textos peligrosos y prohibidos, junto con la incriminación de haber arrojado a un hombre al río Tíber, hizo que se acumularan acusaciones en su contra. Ante el peligro inminente por parte de la Inquisición, Giordano Bruno tuvo que escapar de Nápoles en 1576.
Luego de dejar el convento y aún con sed de conocimiento, recorrió Europa en busca de esferas académicas y formas de divulgar lo que él llamaba la nueva filosofía. Debido a que se encontraba lejos de su patria, tenía que ganarse la vida de alguna forma, por lo que emprendió una carrera académica, impartiendo clases basadas en todo lo que había aprendido en San Domenico Maggiore. Con el pasar del tiempo, y gracias a sus diversos viajes y movilizaciones en otros ámbitos intelectuales, Giordano comenzó a cuestionar no solo los fundamentos religiosos de donde provenía, sino también el propio conocimiento filosófico y científico que había adquirido. Todo esto hizo que Bruno comenzara a ganar enemigos no solo en el ámbito del catolicismo, sino también dentro de otras religiones protestantes, lo que ocasionó que, luego de varias disputas con ministros, representantes e intelectuales religiosos, fuera excomulgado de la Iglesia católica romana, la calvinista y la luterana.
Su personalidad rebelde y su temperamento, a veces intolerante, hicieron que, más allá de los problemas eclesiásticos que causaba, también generara conflictos en círculos filosóficos, políticos y éticos, lo que muchas veces lo obligó a retractarse o a retirarse de las ciudades donde su presencia resultaba incómoda. Esto, sumado a los libros que escribía con su nuevo pensamiento, desmoronaba los fundamentos gnoseológicos y derribaba los juicios éticos, religiosos y políticos de la época, lo que provocaba que en algunas ciudades se alertara de su llegada incluso antes de que arribara, y que su presencia se hiciera notoria apenas se establecía en ellas.
El derrumbe del conocimiento en las esferas académicas ocurría con la llegada de Bruno: la infinitud del universo y, con ello, de Dios; la existencia de diversos mundos más allá de la esfera visible, ya sea por su lejanía o por sus tamaños menores; la redefinición de la religión como unión de hombres y no viceversa; la naturaleza de Cristo, los santos, María o los ángeles diferente de lo que se sabía o el verdadero comportamiento político de quienes ostentaban el poder eran algunos de sus temas más emblemáticos. Estos y otros temas hacían que Bruno fuera molesto, repugnante y una amenaza para el pensamiento establecido. Y si bien tenía adeptos, sus enemigos eran más numerosos.
Pasados varios años, con una reputación dispar, numerosas obras vertiendo su pensamiento controversial y un compendio surtido de problemas, a finales de 1591, Bruno viaja a Venecia por invitación de Giovanni Mocenigo, un noble de la ciudad que deseaba aprender la filosofía del Nolano. Bruno acepta la llamada ya que, si bien Venecia era parte de Italia, no representaba un peligro como Roma, donde aún se le buscaba por acusaciones del pasado. Además, su regreso a la península le ofrecía la oportunidad de imprimir nuevos escritos en la ciudad y quizá, una nueva oportunidad de filosofar nuevamente en su patria. Esto marcaría el principio del fin.
Bruno, sin sospechar nada, pues había recibido múltiples invitaciones a lo largo de su vida para divulgar su conocimiento en otros lugares, se instaló en marzo de 1592 en casa de Mocenigo. Allí, le enseñó diversas disciplinas en las que el noble veneciano estaba interesado, como filosofía hermética, arte memorístico, magia y esoterismo para los cuales Bruno no ostentaba como disciplinas ocultas sino más bien como posibles de llevar a cabo con la práctica y el razonamiento. Sin embargo, Mocenigo, decepcionado por no recibir los conocimientos que esperaba o por no comprenderlos como imaginaba, comenzó a sentirse traicionado. Su frustración aumentó cuando Bruno expresó su deseo de marcharse, lo que lo llevó a encerrarlo en su casa y posteriormente denunciarlo ante la Inquisición. En mayo de 1592, Mocenigo lo entregó acusándolo de herejía.
El juicio de Bruno fue largo y agotador. Primero comenzó en Venecia, donde enfrentó siete interrogatorios, pero, debido a presiones políticas, fue trasladado a Roma. Desde febrero de 1593, se le sometió a quince interrogatorios y se le obligó a escribir varios textos explicando su filosofía, con el propósito de forzarlo a retractarse. Todo este proceso duró siete años, durante los cuales Bruno sufrió encierro, calumnias, denuncias de sus propios compañeros de celda que se añadían al proceso como declaraciones importantes y censura en el exterior, donde sus libros ya publicados eran prohibidos.
En 1599, el penúltimo año de su proceso, Roberto Belarmino, conocido como el "Martillo de los Herejes", presentó ocho cargos para que Bruno abjurase. Aunque en Venecia, Bruno había considerado retractarse, pues los cargos allí eran de índole religiosa y moral, las acusaciones de Belarmino estaban dirigidas contra la filosofía del Nolano, considerándola antagónica a los fundamentos del catolicismo.
No ha quedado ninguna constancia sobre estos ocho cargos en documentos oficiales, y las actas del proceso, de donde podemos darnos una idea de cuáles eran, fueron descubiertas relativamente hace poco. Sin embargo, parece evidente que estas acusaciones estuvieron relacionadas con sus ideas cosmológicas sobre el universo, la Tierra, la multiplicidad de mundos y de vida; así como con sus concepciones críticas sobre la religión católica como la naturaleza de la trinidad, Cristo, los santos, María, los ángeles, los fenómenos y sacramentos religiosos, entre otros. No obstante, es más probable que fueran sus ideas en contra de la religiosidad las que fueron escritas en su condena. Cabe destacar que sus ideas cosmológicas, religiosas y éticas estaban profundamente entrelazadas, por lo que, aunque no se le condenara explícitamente por sus teorías sobre el universo, estas estaban implícitamente presentes en su pensamiento teológico, religioso, ético y hasta político.
Bruno se negó a retractarse y a aceptar que la teología estaba por encima de la filosofía como quería Bellarmino. Pasó el resto del año firme en sus ideales. El 20 de enero de 1600, el papa Clemente VIII, presionado por la orden religiosa y como parte de su estrategia para disciplinar a sus fieles y combatir la Reforma Protestante, aprobó finalmente la condena de Bruno. El 8 de febrero, la sentencia fue leída ante los miembros de la Inquisición, declarándolo "hereje impenitente, pertinaz y obstinado". Fue condenado a una pena que declaraba "sin causar la muerte ni la mutilación de un miembro", eligiendo para ello quemarlo vivo con una mordaza de hierro en la boca, condena que era un disfraz hipócrita legal para cubrir sus principales objetivos, silenciarlo.
Finalmente, Giordano Bruno murió el 17 de febrero de 1600. Allí, no solo ardió su cuerpo, sino que también ardieron todos los dogmas y la represión de la libertad.
Referencias
Benavent, J. (2004). Actas del proceso de Giordano Bruno. Instituto de Estudios Documentales e Históricos sobre la Ciencia.
Bruno, G. (2015). La cena de las cenizas; De la causa, el principio y el uno; Del infinito: el universo y los mundos (M. Á. Granada, Ed. y Trad.). Gredos.
Ordine, N. (2023). El umbral de la sombra: Literatura, filosofía y pintura en Giordano Bruno. Siruela.
Knox, D. (2024). Giordano Bruno. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Edición de otoño 2024). Stanford University.















