Iré directo al punto. No perdamos más tiempo. Escúcheme bien, señor Hopper: no le daré la entrevista que usted quiere. Sin embargo, voy a contarle un gran secreto. Un secreto que le dará más dinero y fama que una simple entrevista. Espero que su grabadora esté funcionando correctamente... ¿Sí? Pues bien, el secreto es muy sencillo: yo no soy Aloysius Acker. ¿Y quiere que le diga más?: nadie es Aloysius Acker. Sí, tal y como lo escucha. El famoso novelista neoyorquino no existe. ¿Cómo? Por favor… Ahora solo calle y escuche... Todo comenzó treinta años atrás, cuando usted seguramente no había nacido. En esa época yo vivía en la ciudad, en Greenwich Village. Compartía un modesto apartamento con William, a quien usted ya conoce. Compartíamos también el sueño de convertirnos en grandes escritores. Acabábamos de obtener nuestro PhD, yo con una tesis sobre Herman Melville y William con una sobre Edgar Allan Poe. Mi plan inicial consistía en viajar a otro estado y buscar trabajo, pero mi amigo quería permanecer en Nueva York a como diera lugar. William tiene un amor irracional por la ciudad y haría cualquier cosa por quedarse...

Pues bien, lo importante comenzó la mañana en que bajé a revisar mi buzón de correo y encontré en él un gran sobre blanco en el que no figuraba ni remitente ni destinatario. Pesaba bastante. Cuando regresé al apartamento y abrí el sobre con cautela, hallé una obra conformada por poco más de trescientas páginas mecanografiadas. Era una novela que llevaba por título The Glory and the Pain… Solo por curiosidad, me puse a leerla mientras tomaba mi desayuno y, como les pasa a todos los que la tienen en sus manos, me bastó llegar tan solo a la tercera página para darme cuenta de que se trataba de una obra maestra.

Inmediatamente toqué la puerta de la habitación de William para contarle mi inesperado hallazgo. Luego de que él le diera también una mirada al texto, dijo emocionado que algo así solo podía haber sido escrito o por un ángel o por un demonio. Le pedí que me aconsejara sobre qué hacer para regresar la obra a su dueño y fue entonces que a William se le ocurrió la idea que nos ha traído hasta aquí. Como no había ninguna huella que nos permitiera llegar directamente al autor de la obra, me propuso enviar un fragmento de The Glory and the Pain a las revistas más importantes del país. Bajo seudónimo y desde una dirección electrónica creada especialmente para este propósito. El texto era tan bueno que sin duda lo iban a aceptar. Una vez publicado, el autor o la autora tenía que darse cuenta y aparecer para reclamar sus derechos y entonces procederíamos como corresponde. ¿No era una idea genial? Acepté, aunque no del todo convencido. Y así fue que ejecutamos el plan, comenzando por la elección del seudónimo que usaríamos, tarea que nos demandó varias horas. Un poema inconcluso de un autor sudamericano que habíamos leído en nuestra época universitaria puso fin a nuestra pesquisa. Y así fue como nació el misterioso Aloysius Acker. Después… Espere, voy a contestar este aparato para que me permita continuar...

Perdóneme, por favor, era William. Le dije que usted ya había llegado. Dice que no demora en venir. ¿En qué me quedé? Ah sí... William tuvo toda la razón. En apenas tres días llegaron las respuestas al correo que creamos. Nada menos que cinco revistas de difusión nacional querían publicar el fragmento remitido. Elegimos aquella que siempre rechazaba nuestros relatos: The New Yorker. Y una vez que William cerró el trato en representación de Mr. Acker, celebramos como si nosotros fuésemos los autores. Estábamos felices, más aún cuando, tras la publicación, empezamos a recibir correos de lectores entusiasmados y de periodistas curiosos. Pero ninguno del verdadero autor.

Poco después llegaron las propuestas de Random House, HarperCollins, Simon & Schuster y Penguin para publicar la novela completa. Esta vez la decisión era más difícil. Por una parte, si suscribía un contrato, cumpliría con mi viejo sueño de ser admitido por una gran editorial. Pero, por otra, no podía engañarme: iba a negociar con un texto ajeno. Como siempre, William encontró una salida. Con el dinero que nos entregaron en The New Yorker y parte de nuestros ahorros contrataríamos a un detective para que diera con el autor, pero si pasaban seis meses y no había resultado alguno, entonces negociaríamos con las editoriales. Eso sí, siempre bajo el nombre de Aloysius Acker. En ese caso, nos quedaríamos con el dinero, pero sacrificaríamos la fama. Me pareció un buen plan.

Sin embargo, transcurrió ese medio año y el detective no encontró nada. Así que de inmediato comenzamos a negociar con los editores y meses después HarperCollins publicó The Glory and the Pain de Mr. Aloysius Acker. El resto usted ya debe saberlo. Crítica y público se rindieron ante esa maravilla literaria. Y el dinero empezó a llegar. Mucho dinero. Le propuse entonces a William que se dedicara a ser el agente literario de Mr. Acker a tiempo completo. Por su trabajo, recibiría un 40 % de cualquier ganancia que generara The Glory and the Pain. La idea le fascinó. La genialidad de la novela de Mr. Acker le había hecho ver que no todos habían nacido para la gloria literaria.

Al mismo tiempo, había descubierto que en el trabajo como agente podía dar lo mejor de sí. Y así ha sido, porque con el paso del tiempo le empezaron a llegar propuestas para representar a otros escritores. Y vaya que ha hecho una magnífica labor. Por mi parte, con las ganancias de la novela me compré esta cabaña en el bosque y me dediqué a lo único que me ha interesado en la vida, que es leer, ver televisión y escribir... Sí, no he dejado nunca de escribir. Porque, a diferencia de mi amigo, yo no he renunciado a la posibilidad de crear algún día una obra tan extraordinaria como The Glory and the Pain

Desafortunadamente, pasan los años y no he podido terminar nada que me satisfaga. La novela de Acker ha sido como un muro imposible de saltar, un desafío monstruoso. Cada una de sus páginas me ha recordado todos estos años mi patética mediocridad. Sin pedirlo, a mí me llegó un sobre con una novela genial, pero al autor de esta obra, también sin pedirlo, le fue dado el magnífico talento para escribirla. Esta profunda sensación de derrota es lo que me ha motivado a revelar la verdad, después de tantos años. Por eso es que le pedí a William que lo contactara. Él no estuvo de acuerdo al inicio, pues dice que haber mantenido oculta la identidad de Aloysius Acker durante tantos años ha sido una obra maestra de la discreción. Y es cierto, no se imagina usted la compleja telaraña de engaños y silencios que ha tenido que tejer para que nadie descubra el ya de por sí oscuro origen de Mr. Acker. Aloysius Acker, el escritor que nunca ha concedido una entrevista, que nadie ha visto, fotografiado o escuchado. No, no le falta razón a William, porque en estos tiempos en que todo quiere saberse y ser expuesto, mantener un secreto requiere de muchísimo arte… ¿Escucha ese auto? Debe ser él. Voy a asomarme. Apague eso, por favor.

¿Qué más puedo decirle, señor Hopper? Imagino que ya Rolland le ha contado todo con lujo de detalles. Solo quiero reafirmar que nada de esto fue hecho con mala intención. Todos estos años hemos esperado pacientemente la aparición del autor de The Glory and the Pain, listos para entregarle todo lo que le corresponde. Pero bueno, él quizás ya esté muy viejo o incluso muerto. Por eso no estaba de acuerdo con Rolland en revelar todo esto, porque me parece innecesario. Nada pasará si todo sigue como está. Es como encontrarse un billete en la calle. Si uno hace todo lo posible por localizar a quien lo dejó caer y no lo consigue, ¿qué más se puede hacer?, ¿qué haría usted, señor Hopper? Aprovechar su buena suerte, ¿no es cierto? En fin. Respeto la decisión de mi amigo. Lo contacté a usted porque es un periodista joven y honesto. Siempre leo su blog de entrevistas... ¿Cómo? Sí, es probable que mi agencia literaria se vea afectada. Pero uno nunca sabe. Los escándalos venden, ¿no? Bueno, creo que será importante que vea el manuscrito original de The Glory. Tal vez quiera tomarle unas fotos. Está guardado aquí en la habitación de Rolland. Ya sabe, discreción completa hasta que publique el reportaje. Si me permite, voy por él.

Mientras aguarda, el joven periodista observa a Rolland. Se ve muy cansado. Respira con dificultad, mira hacia un punto indefinido. Sus manos tiemblan levemente. La encarnación del fracaso, piensa, con tristeza. Tan diferente de William, quien luce más saludable y en armonía con el mundo, aun cuando sabe que haciendo esta revelación puede perder todo lo que ha ganado. No está tan seguro si él actuaría de la misma manera. De pronto, ve que las manos de Rolland aprietan con fuerza la mecedora. El viejo se levanta como un resorte y camina lo más rápido que puede hasta el corredor por donde se fue su amigo. Hopper no entiende nada. También se pone de pie y camina un poco para asomarse a ver qué ocurre. Se detiene cuando escucha los disparos que alborotan a los animales del bosque. Retrocede para salir, pero apenas pone la mano en la puerta recibe un balazo en la espalda y luego otro en la nuca.

Una hora después, William ha terminado de cavar las fosas y ha arrojado en ella los dos cuerpos. Antes de cubrirlos con la tierra del jardín, contempla por unos segundos el lugar donde está enterrado el verdadero autor de The Glory and the Pain. Después de tantos años, ahora tendrás compañía, piensa. Recoge la lampa del suelo y reanuda la tarea. Falta poco para poner el punto final de su propia obra maestra.

Nota

Este cuento forma parte del libro Ficción TV (2022), disponible en formato físico y digital.