Con ocasión de celebrar el matrimonio de una de mis sobrinas, Greila, nos dirigimos a Jersey City, en el estado de Nueva Jersey. Aunque ya había visitado algunas ciudades de dicho estado, fue «de pasada», recolectando avispas para nuestro proyecto con Bob Matthews mientras estuve en la Universidad de Georgia. Aunque visité algunos de sus hitos, poco recordaba de ellos. Pero esta vez disfrutamos de Jersey City gracias a la boda de mi sobrina, mi esposa Mayra, mis dos hijas, Daniela y Andrea, y mi recién nacido nieto Aquiles. Reforzaba la alegría el combinar la visita con la dicha de ver a mis hermanas, Isagre (madre de la novia) e Ysleyer, a mi cuñado Jaime, a nuestra sobrina Greisa (hermana de la novia) y, por supuesto, a algunos viejos amigos y al nuevo sobrino Steve y su simpática familia. Rematamos el viaje con la dicha de desayunar y compartir un buen rato con nuestra muy querida sobrina-nieta Sofía.
Durante la boda, justo frente a Manhattan, compartimos con familiares y amigos de los recién casados. Entre tantas conversaciones, algunas relevantes, algunas triviales y muchas divertidas, coincidí con uno de los amigos de mis hermanas. Luego de presentarnos y enterarse de que doy clases de geociencias, no dudó en preguntarme qué pensaba yo de la forma de la Tierra, asegurándome inmediatamente que esta es definitivamente plana.
Por supuesto, lo primero que le contesté es que lo que me aseguraba no tenía ningún sentido, ni físico ni lógico. La Tierra, como está ampliamente demostrado, es un esferoide oblato; es un cuerpo tridimensional similar a un elipsoide de revolución cuya forma se genera por rotar sobre su propio eje en combinación con su fuerza gravitacional. Sorprendido por mi respuesta, me comunicó cuán equivocado estaba yo. Sin ánimo de entrar en mayores detalles, le contesté que dejáramos la conversación para otro día. El lugar y el momento no eran precisamente aptos para debatir sobre un tema en el que, sospeché, no íbamos a ponernos de acuerdo. Me alejé del amigo, campaneando mi güisqui en busca de alguna conversación menos escabrosa. Mis hermanas sonrieron, al igual que su esposa, comentándome que discutir con el personaje era perder el tiempo.
Nuestro planeta no ha dejado de estar envuelto en controversias. Aún hoy, muchos piensan que Cristóbal Colón (1451-1506) fue el primero en considerar que la Tierra era redonda. Asumen que Colón debió luchar contra los teóricos de que la Tierra era plana y convencer a los Reyes Católicos, especialmente a la reina Isabel I de Castilla (1451-1504), para poder realizar su viaje y llegar a tierras que él pensaba que serían indoasiáticas.
Tan absurdo e incorrecto mito se originó después de 1828, con la publicación de la biografía dramatizada del famoso navegante, titulada La vida y los viajes de Cristóbal Colón, escrita por el estadounidense Washington Irving (1783-1859). Más conocido por los cuentos «Rip Van Winkle» (1819) y «La leyenda de Sleepy Hollow» (1820), Irving narra una escena dramática en la que Colón defendía la Tierra esférica frente a teólogos ignorantes que creían en una Tierra plana. Esta historia ficticia encajaba perfectamente con la narrativa del siglo XIX, al presentar a los primeros exploradores como pensadores progresistas que luchaban contra la incultura y el analfabetismo medieval. Historiadores posteriores, desafortunadamente, continuaron utilizando ese conflicto imaginario para establecer una guerra «histórica» entre la ciencia y la Iglesia.
¿Pero de dónde venía tal idea de una Tierra plana? En la antigüedad, pensar que la Tierra era plana no era una teoría conspirativa, sino la conclusión lógica a la que llegaron las primeras civilizaciones al observar su entorno. A simple vista, el horizonte parece una línea recta y el suelo se siente plano e inmóvil bajo nuestros pies. Culturas como el Antiguo Egipto y las civilizaciones de Mesopotamia imaginaban el universo como un gran disco plano o una isla rodeada por un océano infinito.
Sabemos que el judaísmo no tiene un dogma sobre la forma de la Tierra. Sin embargo, en la antigüedad, ciertos textos bíblicos y rabínicos describían el universo según el entendimiento de la época: la Tierra era plana e inmóvil, estaba asentada sobre «pilares» y la cubría una bóveda sólida (el firmamento) que separaba las aguas. Los cuerpos celestes se movían por debajo y alrededor de dicho domo. Pero entre los siglos III y VI d. C., tras el contacto con la ciencia helenística, el pensamiento rabínico comenzó a debatir el asunto. Ciertamente, algunos rabinos conservaron la idea de una Tierra plana, mientras que cada vez más otros rabinos asumieron sin problema la esfericidad terrestre.
Los griegos ya hablaban de la esfericidad de la Tierra, pero fue el filósofo Pitágoras (c. 570 a. C. – c. 495 a. C.) quien propuso por escrito que la Tierra era esférica, argumentando que la esfera es la forma geométrica más perfecta. Pronto, Parménides (c. 540 a. C. – c. 470 a. C.), también griego, dividió el planeta en zonas climáticas y afirmó su esfericidad.
Sería Aristóteles (384-322 a. C.), basado en las ideas de Eudoxo de Cnido (c. 390 a. C. – c. 337 a. C.) —quien había planteado un modelo planetario basado en un sistema matemático—, el primero en aportar pruebas empíricas por escrito en su tratado De Caelo (Sobre el cielo). Aquí comenta que se percató de que la Tierra era redonda porque durante los eclipses lunares la sombra que proyectaba sobre la Luna era siempre curva. Luego, Eratóstenes (276 a. C. – 194 a. C.), quien fuera director de la Biblioteca de Alejandría, iría más allá. Un día, estudiando ciertos papiros, encontró información sobre la ciudad de Siena. Se afirmaba en estas notas que, durante el solsticio de verano, los objetos no proyectaban sombra alguna al mediodía; esto significaba que los rayos solares llegaban a aquel lugar en ese periodo de forma perpendicular. Al mismo tiempo, pero en Alejandría, Eratóstenes colocó varas y se percató de que al mediodía estas sí proyectaban sombra. Al calcular la distancia entre ambas ciudades y observar el ángulo de las sombras generadas por las varas, pudo inferir que la Tierra es esférica, estimando su circunferencia con un margen de error sorprendentemente pequeño.
Ya en la Edad Media, la esfericidad del planeta era un hecho ampliamente aceptado. Los debates de la época se centraban en el tamaño exacto de nuestro planeta y en las dimensiones de los océanos, no en la forma de la Tierra.
El humanista Francesco Petrarca (1304-1374) acuñaría el término «Edad Oscura» para referirse al período transcurrido entre la época clásica y el Renacimiento. El término «Edad Media» aparecería luego en el siglo XV; su uso se popularizaría hacia el siglo XVII. El intervalo entre la caída de Roma y el Renacimiento se consideraría entonces parte de la Edad Oscura, resaltando una visión de la historia occidental que aborda un apogeo clásico seguido de una tragedia y la esperanza de «salvación» durante el Renacimiento.
La historia del supuesto consenso medieval sobre una Tierra plana es un mito del siglo XIX, el cual sostiene que el conocimiento científico (y de que la Tierra era esférica) se perdió cuando la «oscuridad eclesiástica» se apoderó de Europa. Tal afirmación está basada en una visión prejuiciosa de la historia occidental que presenta una era de tinieblas entre el conocimiento clásico y el Renacimiento. La invención de una Tierra plana surgiría igualmente para sustentar otra separación dudosa y perjudicial, ligada a otra leyenda del progreso histórico: la supuesta guerra entre ciencia y religión.
De manera que, siglos antes de los viajes de Colón, la gente educada de Europa y del mundo islámico ya sabía que la Tierra era esférica. Igualmente, desde mucho tiempo atrás los marineros notaban que, al acercarse un barco desde el horizonte, primero se veían las velas y el mástil, y luego el casco. En caso contrario, si el barco partía hacia el horizonte, al alejarse desaparecía primero su casco, luego las velas y finalmente el mástil. Esto no sería posible si la superficie del mar (y de la Tierra) fuera plana, por lo que es necesariamente esférica.
Igualmente notaban, como muy bien podemos notar hoy, que al viajar hacia el norte o el sur las estrellas visibles en el cielo cambian de posición. Si la Tierra fuera plana, veríamos las mismas estrellas desde cualquier punto.
De manera que el debate durante los tiempos de Colón no era sobre si el planeta era redondo o plano, sino cuál era en realidad su tamaño. Los eruditos de la Universidad de Salamanca, en España, ya sabían que la Tierra era una esfera, pero argumentaban (de manera correcta) que el diámetro era mucho más grande de lo que Colón afirmaba, y que llegar a Asia navegando hacia el oeste era una travesía imposiblemente larga para la tecnología de la época.
Terco en su empeño, Colón realizó una estimación errónea con cálculos más cortos. Tuvo la «suerte» de encontrarse con el Nuevo Mundo en su camino, el cual le sirvió como escala imprevista. Al llegar al Caribe en 1492, creyó que estaba en las islas periféricas de Japón o China. A medida que exploraba y encontraba poblaciones locales o geografías que no coincidían con los mapas de entonces, ignoró las discrepancias, justificándolas con la idea de que había llegado a regiones inexploradas de Asia.
Durante su cuarto viaje, Colón exploró las costas de lo que hoy conocemos como América Central (Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá), escuchando por boca de algunos indígenas que, tierra adentro hacia el oeste, existía «otro mar». El almirante, sin embargo, se aferró a su teoría geográfica original hasta el día de su muerte: jamás supo que había descubierto un nuevo continente. El ilustre explorador y navegante moriría convencido de haber llegado a las Indias, término genérico que en aquella época se utilizaba para definir Asia oriental, incluyendo la India, China y Japón.
Sin embargo, a estas alturas algunos exploradores comenzaban a sospechar la verdad: el Nuevo Mundo, las Indias Occidentales, estaba flanqueado por el mar océano (hoy océano Atlántico) y por otra sección oceánica (hoy océano Pacífico) que continuaría hasta las Indias.
Las crónicas de los nativos fueron tomadas en serio y confirmadas oficialmente por los europeos cuando el explorador español Vasco Núñez de Balboa (1475-1519) organizó una expedición en la cual, desde una colina, avistó una inmensa masa de agua el 25 de septiembre de 1513, tras cruzar el istmo de Panamá. Balboa la bautizó como «Mar del Sur» porque, al divisarla y llegar a ella desde la costa del Caribe, la orientación geográfica indicaba tal punto cardinal.
Pero volvamos a nuestro asunto: ¿cuánta gente cree en realidad que la Tierra es plana? Algunos estimados indican que cerca de un 2 % de la población global sostiene tal falacia. Mientras más joven es la generación, más escéptica tiende a ser, más propensa a asumir la ignorancia y a descartar la evidencia científica. Existen incluso agrupaciones como la Flat Earth Society y la International Flat Earth Research Task Force, cuyos miembros debaten teorías mayormente conspirativas, comparten información y promueven «investigaciones» tendientes a probar que la Tierra es plana. Desafortunadamente, el auge de internet y de las comunidades digitales ha permitido la aparición de numerosos grupos adeptos a tan absurda idea.
Existen suficientes evidencias y maneras de probar que la Tierra no es plana; esto no es algo nuevo, como hemos leído en líneas anteriores. Sin embargo, tal creencia combina ignorancia, falta de educación y desconfianza en las instituciones. Según expertos y psicólogos que han estudiado el fenómeno, el sentido de comunidad y una mentalidad conspirativa motivan el rechazo a la ciencia establecida y a siglos de física, geometría y exploración espacial, en favor de sentirse «poderosos» al «poseer» un conocimiento «secreto» que los gobiernos «no quieren» que sea de uso público.
Antes de mi encuentro con el amigo de la familia en la boda de mi sobrina, yo solía comentarles a mis estudiantes de Geociencias que, en caso de encontrarme algún día con un «terraplanista», me sentaría pacientemente a explicarle las maneras de demostrar que la Tierra no es plana. Luego de mi encuentro con este personaje, desistí de dicha idea. Recordé entonces un comentario del conocido jugador de baloncesto y comentarista Charles Barkley a su copresentadora, la periodista Gayle King, en su programa King Charles, refiriéndose a sostener una conversación con los seguidores ciegos de cierto movimiento político populista de derecha. Barkley comentó que discutir con tales personas era como discutir con un amigo borracho, concepto igualmente aplicable a los terraplanistas: «Una vez que tu amigo está borracho, no hay nada que puedas decirle para convencerlo de lo equivocado que está».
Referencias
Asimov, I. (1972). How Did We Find Out the Earth Is Round? New York: Walker & Co. 59 pp.
Foster, C. A., & Branch, G. (2018). Do People Really Think Earth Might Be Flat? A poll says lots of Millennials evidently do — and it’s not entirely clear why. Scientific American.
Gould, S. J. (1995). The Late Birth of a Flat Earth (pp. 38-50). En: Gould, S. J., Dinosaur in a Haystack. New York: Harmony Books.
Irving, W. (1828). A history of the life and voyages of Christopher Columbus. London: John Murray. 473 pp.















