En diciembre de 2011 tuve por primera vez en mis manos, ya impreso en formato de media carta, el libro de mi amigo Marcelo Morán, Viaje a Santa Cruz de Wuinpumüin. Marcelo es un narrador y cronista de origen wayuu que un día tuvo la amable y generosa ocurrencia de pedirme que le escribiera el prólogo a su obra.

La historia de ficción cuenta las aventuras de un personaje de nombre Maskay por las aguas del lago de Maracaibo, una suerte de Odiseo contemporáneo cincelado en clave bajo la cosmogonía de la etnia wayuu. En su periplo lacustre, el joven indígena cumplía en su misión los designios de un extraño lapü (sueño) que no podía ser otra cosa que una trágica premonición sobre su pueblo. Esa era la conclusión de Kousat, la hechicera de la historia, a quien consultó el personaje en torno a tan fatídica revelación. Para evitar que aquel funesto sueño se cumpliera, la anciana recomendó inmediatamente realizar la travesía por las aguas del lago como una forma de conjurar las irremediables admoniciones que caerían sobre el pueblo, proferidas por el personaje que da origen a este escrito.

Comencé a escribir el prólogo con todo gusto porque, en efecto, la historia me cautivó; a los pocos días le entregué alrededor de una cuartilla de texto.

Donde el mar termina de bordear la tierra y la sequía podría ser eterna si no fuera por la lluvia excepcional convertida en diluvio, inicia Maskay, personaje central de esta historia fantástica, su viaje por las azules, verde mar o celestes, como el cielo tranquilo, aguas del Lago de Maracaibo. Un sueño, lapü, en el bien decir de su cultura ancestral, da origen a este viaje, luego que Kousat, con su maestría descifradora de acertijos oníricos, le alertara de las terribles admoniciones que sufriría su pueblo de no cumplir el conjuro que habría de significar este viaje en el lapso de un mes.

(Fragmento del prólogo a Viaje a Santa Cruz de Wuinpumüin. Marcelo Morán. Prólogo de Edinson Martínez. Primera y única edición. Noviembre de 2011. Maracaibo, Venezuela.)

El libro circuló profusamente entre amigos y conocidos, con especial reconocimiento para su autor, un aspecto que recuerdo gratamente. Años después, cuando ambos fuimos compañeros de labores, como si la conjunción indescifrada de un lapü ya nos tuviera entre sus coordenadas, nos convertimos en testigos excepcionales de la historia que comienza aquí.

Nunca imaginamos tropezarnos con el personaje de carne y hueso que, en realidad, dio origen a la ficción que alienta a Viaje a Santa Cruz de Wuinpumüin. Ni siquiera podríamos habernos paseado por una idea tan extravagante o, mejor dicho, surrealista, en las más atribuladas invenciones de nuestros ejercicios como escritores. Sencillamente, era impensable llegar a fantasear con la idea de que el capitán Alonso de Ojeda, aquel guerrero de violencia feroz y despiadada en la conquista de nuestra América, una mañana de un día y mes imprecisos de 2014, se nos plantara sobre el escritorio de mi despacho en un pequeño cofre precintado de cristal.

—¿Será esto lo que usted está buscando? —me dijo la encargada de una de las secciones de registro e inventario de bienes del Concejo Municipal de Lagunillas, en el estado Zulia, Venezuela, al tiempo que colocaba el modesto recipiente sobre el mueble, ignorando ella misma su verdadero contenido.

En casos como estos, el pensamiento vuela, por más que parezca inevitable. Entonces, atiné en fugaz conclusión una reflexión más o menos arbitraria sobre el destino del histórico personaje: «Tanto andar en la vida para terminar junto a una cafetera eléctrica inservible, cajas de cartón como desecho y papeles sin valor, todos directos al vertedero en condición de basura cuando se iniciaba la mudanza a la nueva sede oficial del gobierno municipal.»

Pero Alonso de Ojeda no apareció de la nada. A pocos días de estrenarme en el despacho, recibí la llamada telefónica de quien fuera presidente del Concejo Municipal en 1982. Para aquella época, la figura del alcalde como autoridad gubernamental no existía en nuestras leyes, así que las atribuciones administrativas del gobierno local las ejercía el presidente municipal. En la breve llamada, este me consultaba sobre el tema y confieso que, en un principio, pensé que era una broma. Era la primera vez que escuchaba hablar sobre la presencia de los restos del capitán reposando en las propias instalaciones del gobierno de la ciudad. Algo increíble, aun hoy en día.

Resulta que, en aquel año, las autoridades locales recibieron el cofre que antes mencioné de manos del sacerdote Fernando Campos del Pozo, un acucioso investigador que había estado en Santo Domingo acometiendo, por cuenta propia, las diligencias para encontrar los restos de Alonso de Ojeda y su mujer —una indígena de origen wayuu— de nombre Palaaira, bautizada posteriormente como Isabel.

Aquella llamada representó una sorpresa mayúscula, así que, después de dar crédito al asunto, por mucho que me costara, lo primero que se me ocurrió fue citar a la persona de mayor antigüedad en la institución. De modo que todo resultó, a partir de ese momento, en un acertijo por descifrar a medida que desentrañábamos aquella sobrevenida cuestión, pues en las primeras de cambio, la empleada seleccionada no tenía idea de lo que le conversaba.

Deliberadamente omití mencionar a Alonso de Ojeda, limitándome solo al imperativo de localizar el cofre de cristal. Las autoridades del momento igualmente manifestaban su perplejidad con aquella inusual indagatoria. Por si fuera poco, el cronista oficial de la ciudad, con el despacho cerrado desde hacía mucho a causa de una penosa y larga enfermedad, tampoco daba oportunidad para esclarecer el tema. Un hecho circunscrito, sin que le faltare una coma, a nuestra bien reputada condición de un mundo al amparo del realismo mágico.

Ya claudicando, admitiendo que aquello se trataba de una mera especulación, una mañana, como antes dije, la empleada —apremiada por mi insistencia y, muy probablemente, impulsada por la curiosidad— afinó su pesquisa y obtuvo como recompensa el objeto que buscábamos. Se acercó a mi oficina y colocó con delicadeza sobre mi escritorio la escuálida caja. Luego refirió que la guardó entre otros objetos, como floreros y archivos metálicos, para que no se perdiera durante la mudanza. Los ojos del jefe de seguridad de las instalaciones, a mi lado, brillaron de emoción al percatarse de semejante hallazgo.

El cofre de cristal estaba precintado con un descolorido cintillo tricolor que le daba la vuelta hasta formar un nudo a modo de lazo; además, tenía un sello de cera derretida que en su momento intentó unir la tapa al recipiente. Con el sello quebrado, el cofre había perdido su hermetismo, por lo que su aspecto era el de una caja de vidrio cualquiera, sucia y cubierta de polvo.

Efectivamente, ese era el cofre perdido durante 32 años, el cual resumía la vida del primer europeo en surcar las aguas del lago de Maracaibo, y también el primero en tomar como esposa formal a una nativa de estas tierras, un lazo que validó ante los Reyes Católicos para iniciar, podría decirse, el mestizaje de forma oficial y legítima al tener una descendencia de tres hijos: Martín Alonso, Francisco e Isabel, llevando su apellido. Esta sería la primera generación del mestizaje en el Nuevo Mundo, algo que afirmo únicamente por suposiciones cronológicas del tiempo de la conquista.

Confirmado el hallazgo, mientras se realizaban las diligencias administrativas de rigor, el cofre estuvo guardado en mi escritorio por varias semanas. No hubo revuelo en lo inmediato, pues el asunto era tan vergonzoso por el olvido general, de tan impresentable condición para el ejercicio público, que todo se limitó a dejar constancia del descubrimiento y esperar mejores tiempos para definir qué hacer con el capitán Alonso de Ojeda y su mujer.

—Ese cofre tiene los restos mortales, las cenizas, de Alonso de Ojeda —le dije a la empleada. Se lo comenté, admito, con una sonrisa enigmática, quizás socarrona. Acerqué mi rostro al recipiente y soplé suavemente el polvillo acumulado en la tapa. La mujer se apartó, se sonrojó de nervios y, acto seguido, se persignó como si viera a un espanto. —¡Ave María purísima! —exclamó mientras salía a toda carrera de mi despacho.

De algún modo, pensé, entonces, en las coordenadas indescifrables de aquel lapü.

Nota

En 2020, las nuevas autoridades municipales cambiaron el nombre de la ciudad, conocida desde 1937 como Ciudad Ojeda. También se retiró el busto de Alonso de Ojeda de la plaza fundacional y le asignaron otra denominación al céntrico lugar. El cofre regresó a su errante anonimato, como si lo persiguiera una maldición, condenándolo a vagar como un fantasma al que ya nadie teme. El personaje que grabó el nombre de Venezuela en el mapa, el navegante audaz de los vientos del Caribe de nuestra historia, hoy se acerca más a una figura literaria de esa surrealista obra en la cual pareciera consistir nuestro presente, que a su antigua y temida leyenda como implacable conquistador español.