Cuando pienso en los veinticinco años de vida de El Laberinto de Ariadna, me invaden la emoción y la gratitud. Lo que comenzó como una tertulia literaria casi íntima en Castelldefels, sostenida por unas pocas manos y mucho entusiasmo, se ha convertido con el tiempo en un colectivo cultural respetado y querido. Durante diecinueve de esos años tuve el honor —y también la responsabilidad— de ejercer la presidencia. Puedo decir que ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida.
Desde el principio, El Laberinto se definió por algo que no figura en los estatutos, pero que siempre ha sido su verdadera esencia: la calidez humana.
Por nuestra tertulia han pasado voces con larga trayectoria y otras que apenas comenzaban en el mundo literario. Pero a todas, sin excepción, les hemos ofrecido el mismo afecto. Aquí nunca importó el prestigio, sino la autenticidad de la palabra y la voluntad de compartir emociones.
Muchos autores han venido expresamente desde distintos puntos de España para presentar sus obras y estar entre nosotros. Ese gesto, viajar para compartir un libro, una voz, una conversación, siempre lo vivimos como un regalo. Y creo que venían porque sabían que aquí serían escuchados con respeto. Con esa mezcla de curiosidad y cariño que caracteriza al Laberinto. Esa hospitalidad sin jerarquías es, quizá, uno de los mayores logros del colectivo, y del que me siento más orgulloso.
A lo largo de estos años hemos celebrado presentaciones, homenajes, debates, lecturas colectivas y encuentros memorables. Y, sobre todo, hemos consolidado amistades. Hemos atravesado obras, crisis, mudanzas, incertidumbres e incluso una pandemia, que nos obligó a reinventarnos. Pero nunca perdimos aquello que nos sostiene: la pasión por la cultura y la certeza de que la palabra, cuando se ama, nos hace mejores.
Uno de los rituales más hermosos de nuestra historia ocurría cada viernes, al término de la tertulia. Bajábamos al Jardín Romántico del Ateneu Barcelonès, ese espacio cargado de historia y silencios elocuentes. Allí, entre árboles centenarios y veladores de mármol, nos sentábamos en el mismo lugar donde, en 1927, Federico García Lorca y Salvador Dalí compartieron proyectos. Federico había venido a Barcelona para estrenar Mariana Pineda en el cercano Teatro Goya; Dalí había diseñado la escenografía y Margarita Xirgu sería la protagonista.
Con una poesía entre las manos, prolongábamos la tertulia en ese espacio que bauticé como El rincón Lorca. Y así se quedó. Era nuestro rincón: un lugar simbólico donde la tradición y la emoción se daban la mano, donde la memoria cultural se entrelazaba con nuestras propias vivencias. Allí reíamos, discutíamos, planeábamos actividades, compartíamos confidencias y, sobre todo, seguíamos celebrando la palabra. Ese rincón se convirtió en una extensión natural de la tertulia, un espacio donde el tiempo se detenía y, de algún modo, sentíamos a Federico.
En este recorrido también hemos tenido que despedir a personas queridas, a quienes tuvimos la fortuna de conocer. Quiero nombrarlas porque su memoria forma parte esencial de nuestra historia:
Cristóbal Benítez
Seguirán viniendo más auroras,
nuevas alondras anidarán en los árboles
y sus cantos serán amanecida,
himnos de amor en torno a la esperanza.
Florentino Huerga
Cuando cierres mi libro
sentirás un alivio entre las manos,
como si tiraras al suelo un lagarto.
Marie Alice Korinman
Llamada en el bosque,
en torno al trazado
de líneas esenciales,
o fuego zodíaco.
Daniel Riu.
Los días se alejan y sucumben
en ansias incumplidas,
no capaces.
Enrique Badosa
Qué pronto te apartaba el pensamiento
de nuestra soledad tan acallada.
Pero queda el silencio que te nombra.
Miguel Reija
Los arreboles tristes del ocaso
se diluyen fundiéndose a lo lejos.
El mar, belleza azul, vida mojada,
engendra la distancia atardeciendo.
Pepe Costero
Un poema puede ser un buen féretro,
hecho a la medida de un latido,
y cada verso un cálido sudario
para esta voz sin estirpe ni eternidad.
Enrique Clarós
Los muertos se saben propietarios de la vida,
pero los vivos los arrojamos al vacío del pasado,
que el tiempo va convirtiendo en abismo.
Y Domingo Sánchez, Montse Margarit, Elisa El Zoughbi… Cada uno de ellos nos dejó una manera propia de entender la poesía o la amistad. Yo, personalmente, les debo gratitud por los ejemplos que me ofrecieron y que tanto me han enriquecido. Tantos poemas con ellos, tanta vida compartida.
El Laberinto de Ariadna ha sido, durante estos veinticinco años, un lugar donde la palabra sucede y nos convoca a quienes la amamos. Un espacio que ha sostenido la cultura con dignidad incluso en tiempos difíciles, que ha celebrado la diversidad lingüística como una riqueza y en el que cada voz ha sido escuchada.
Hoy, al mirar atrás, siento un profundo agradecimiento: a quienes estuvieron desde el principio, a quienes se sumaron después, a quienes continúan sosteniendo este proyecto con el mismo impulso que lo vio nacer. Y también a quienes lo han dirigido, quizá con más acierto que yo, aunque me atrevo a decir, no con más entusiasmo: Dolors Fernández y Carles Ribó.
Gracias por permitirme formar parte de esta historia, por la confianza, por la complicidad y por tantos momentos vividos.
Que El Laberinto de Ariadna siga siendo, muchos años más, ese espacio donde la palabra se abraza y se festeja.
Gracias a todos por estar y por acompañarme.















