Leyendo a Kader Abdolah, famoso escritor persa, exiliado que vive en los Países Bajos y escribe en holandés, siento sus historias como una narración, en la narración.

Su historia personal, como parte de una historia sin fin que pierde sus raíces con el paso del tiempo. Rumi y Genghis Khan eran sus contemporáneos. El último invade Persia y hace huir al poeta, a la tierna edad de 11 años, junto a su padre hacia el territorio que hoy llamamos Afganistán y de allí a Turquía. Su peregrinaje se hace parte de la vida de Kader Abdolah a través del amor que este siente hacia los poemas de Rumi, muchos de los cuales conocía y conoce de memoria, y también por las raíces. En esta narración, me veo a mí mismo como exiliado, amante de la poesía de Rumi y frecuente visitante de Holanda.

Arrancados de una cultura para vivir otras, en un proceso continuo de adaptación y redefinición personal, donde hacemos nuestros cuentos e historias que pertenecen a otros mundos y épocas en un collage que es parte de nuestra identidad o esa parte de nuestra identidad abierta al mundo, a nuevas vivencias que, en cierta medida, cambian y podemos alterar mediante un diálogo con el otro interiorizado, que nos acompaña como una sombra.

El otro para Rumi era, entre muchos, el jefe de las bandas de mongoles, que, cabalgando por las extensas estepas que se interponen entre la China y la Siberia, avanzan hacia el oeste, conquistando nuevas tierras y sembrando terror. Las leyes de los mongoles eran pocas y el único castigo que conocían era la pena de muerte. Un mundo que es la negación de toda diferencia con la pretensión de un solo jefe y una sola realidad.

Este subseguirse de hechos, tragedias y rupturas que conforman nuestra identidad —hace recordar— al filósofo francés Paul Ricoeur, quien hablaba de la identidad narrativa, interpretación de lo que nos sucede y una ética que nace en relación con las personas que nos circundan y que forman parte de nuestro universo e identidad. Es decir, de esa narración que nos hace una persona.

Tampoco puedo dejar de pensar en estos aspectos cuando leo a Kader Abdolah y en cómo su historia personal y la macrohistoria se enredan entre ellas, redefiniéndolo como autor y persona, como si la narración misma lo reescribiese, mientras nos ofrece instrumentos y reflexiones para definirnos a nosotros mismos mediante su lectura. Kader Abdolah nos describe un mundo ajeno, que nos refleja como un espejo y donde encontramos tanta humanidad, reconociéndonos como humanos.

Kader Abdolah representa al otro y encarna mucho de nosotros mismos y así nos muestra también las diferencias y todo lo que podemos tener en común como viajero perdido que se busca a sí mismo y al hacerlo descubre el mundo y en él sus propias raíces. ¿Qué sucede con nosotros cuando el interlocutor cambia y ese otro interiorizado se convierte en una nueva persona, de otra cultura y con otras tradiciones? Este es, en pocas palabras, el tema principal que aborda Kader Abdolah.

¿Cómo cambiamos cuando cambia nuestro mundo y qué acontece cuando nos reflejamos en un nuevo espejo que altera la imagen que tenemos de nosotros mismos? Esta es una de las tantas preguntas y la tarea de Kader Abdolah es presentarnos un otro para hacernos reflexionar sobre nuestra historia, pasado, forma de ser e identidad.

La empresa es como invitar a los lectores a un viaje o un exilio sin que tengan que abandonar su casa y facilitando una ligera reescritura de nuestra identidad narrativa. En realidad, el viaje que emprendemos parte de la invitación a una autodefinición. ¿Quiénes somos y cuánto estamos dispuestos a cuestionar nuestra respuesta, cualquiera que esta sea? La pregunta que nos hace Kader Abdolah parte de su historia personal, presentándose a sí mismo. Él nos habla de su mundo, nos describe su infancia para que, ante todas las diferencias que percibimos, podamos redefinirnos a nosotros mismos describiendo al otro, el extranjero, con toda su humanidad, y es así que nos introduce a Rumi, a los mongoles que invadieron Persia y, posteriormente, parte de Europa, y en la narración encontramos al otro enemigo, el otro que representa amenaza, límite e imposición.

Leyendo a Kader Abdolah, uno de los mejores narradores de la literatura de nuestros días, experimentamos un cambio de perspectiva y sus historias nos llevan a imaginar la posibilidad de ser humanos, abriéndonos al mundo y superando la estrechez de lugar que llamamos patria o tierra natal. La paradoja en este contexto es que nuestra tierra, lengua y tradiciones son el único punto de partida en este proceso y también el único punto de llegada. Ser humano en sus historias es descubrir la diversidad, las infinitas perspectivas y posibilidades y ver al otro con todos sus rostros y tradiciones.

No existe una verdad absoluta; el bien coexiste con el mal y los errores son el modo de aprender. Basta con abrirse un poco al mundo, aprender a escuchar, tratar de entender y aceptar que nuestro mundo no es por definición el único. Sin el otro, no somos nada y es la aceptación del otro lo que define nuestra humanidad. Ser es la empresa misma de cambiar.