Hay lugares que han conseguido convertir la contaminación en belleza. No metafóricamente, sino con el esfuerzo y la voluntad de las personas que han creído que es posible un mundo mejor, más habitable; como la de un empresario japonés que decidió que el arte podía contribuir a transformar un territorio que durante décadas había estado marcado por la industria y la contaminación. Hablamos de la belleza de Naoshima y Teshima, dos islas diminutas del Mar Interior de Seto, convertidas hoy en destinos de peregrinación para arquitectos, curadores y viajeros con sensibilidad estética. Sin embargo, lo que casi nadie cuenta es lo que había antes: chimeneas de fundición, residuos tóxicos, árboles muertos por el gas sulfuroso. Una isla a la que los japoneses llamaban, sin eufemismos, «la isla de la basura».

La historia de Naoshima empieza con el cobre. A principios del siglo XX, Mitsubishi construyó en el extremo norte una fundición cuyas emisiones de gas sulfuroso mataron la vegetación en kilómetros a la redonda. Teshima tuvo un destino aún más brutal: durante los años setenta y ochenta se convirtió en vertedero ilegal de residuos industriales —metales pesados, compuestos orgánicos, polvo de trituradoras de automóviles. El escándalo derivó en una demanda judicial y en un acuerdo histórico: más de 900.000 toneladas de residuos serían finalmente retiradas de Teshima y transportadas en barco a Naoshima para ser tratadas mediante fusión. El proceso se prolongó durante años. El desecho resultante — los residuos fundidos y convertidos en material sólido— se reutilizó en hormigón.

Este dato no es anecdótico: es importante saber que es el suelo sobre el que se levanta el proyecto Benesse Art Site. Y saberlo cambia por completo la experiencia de visitar esos museos.

Tadao Ando y el silencio

El proyecto nació en 1985 bajo el impulso de Tetsuhiko Fukutake y del alcalde de Naoshima, Chikatsugu Miyake, y posteriormente fue desarrollado por Soichiro Fukutake, presidente de Benesse Corporation, quien convirtió a Tadao Ando en su arquitecto de referencia. La elección era inevitable. Ando es, antes que nada, un artesano del espacio: habitar sus construcciones invita al silencio, a descubrir una belleza que llega dosificada con el susurro del agua de fondo.

El Benesse House Museum, inaugurado en 1992, fue el primer resultado de este proyecto. Situado en el promontorio sur de la isla, frente al mar, integra un museo y un hotel en una misma estructura. Más de la mitad del edificio está enterrada en la tierra. El Chichu Art Museum —cuyo nombre significa «museo en la tierra»— lleva esa filosofía hasta su máxima expresión. Inaugurado en 2004, alberga obras permanentes de Monet, James Turrell y Walter De Maria en espacios que modulan la luz natural con precisión quirúrgica. Las obras se funden en el paisaje como si hubieran habitado desde siempre allí. Mientras la arquitectura es su único marco.

El Chichu se transforma en una máquina de percepción que usa el arte como argumento. Porque su ubicación es toda una declaración de intenciones sobre cómo debe relacionarse el arte con la belleza de los edificios. La luz que desciende en diagonal sobre los nenúfares de Monet es una luz seleccionada y la experiencia del silencio un producto de lujo. En 2025, con la apertura del Naoshima New Museum of Art —su décima intervención en las islas—, Ando completó lo que podría describirse como una catedral laica del siglo XXI.

Teshima y el museo de la gota

A treinta minutos en ferry, Teshima alberga uno de los edificios más extraordinarios del siglo. El Teshima Art Museum es el resultado de la colaboración entre la artista Rei Naito y el arquitecto Ryue Nishizawa —Premio Pritzker en 2010 junto a Kazuyo Sejima, como integrantes de SANAA—: una cáscara de hormigón sin pilares, sin columnas, sin ningún soporte vertical que imita la gota de agua en el preciso instante en que impacta sobre una superficie.

Lo que hay dentro es, aparentemente, casi nada. La obra permanente de Naito, «Matrix», consiste en gotas de agua que brotan lentamente del suelo de hormigón pulido. Las gotas se forman, se desplazan en filamentos imperceptibles, se reúnen en pequeños charcos que crecen y se mueven como si el suelo respirara. El viento y la luz entran por dos aperturas ovales en el techo. Los visitantes se descalzan. Se prohíbe fotografiar. Se pide silencio.

El efecto es de una intensidad inusual. Naito pregunta, con la precisión de quien lleva años formulando la misma pregunta de maneras distintas: «¿Es nuestra existencia sobre la Tierra una bendición en sí misma?».

La pregunta es hermosa. Pero hay algo que no contempla: el precio de acceso a esa quietud.

Shitamichi: Un archivo en el olvido

En el barrio de Miyanoura, donde desembarcan los ferries, existe un espacio que la mayoría de los visitantes no incluye en su itinerario. La Miyanoura Gallery 6 ocupa lo que fue el Pachinko 999, antigua sala de juegos y centro social del barrio. Desde 2019, alberga el proyecto Setouchi « » Archivo del artista Motoyuki Shitamichi: un nombre deliberadamente incompleto, cuyas comillas vacías se rellenan con cada nueva iteración. El Archivo del Paisaje de Escoria. El Archivo de los Cien Años de Turismo. El Archivo de las Cámaras de Objetos a la Deriva —construidas artesanalmente a partir de desechos recogidos en las playas.

Shitamichi documenta aquello que queda fuera del relato dominante del proyecto Benesse: el paisaje residual que rodea la fundición de Mitsubishi, que sigue funcionando en el norte de la isla. Entrevista a los residentes mayores que recuerdan la isla anterior a los museos —pescadores que vieron cómo Naoshima pasó de la pesca a la fundición, de la fundición al vertedero, del vertedero al arte contemporáneo. Sus voces componen el verdadero archivo de la isla.

La contraposición es estructural: ahí donde Ando construye hacia abajo para crear la ilusión de que el mundo ha desaparecido, Shitamichi trabaja horizontalmente, acumulando fragmentos y residuos para demostrar que el mundo nunca desaparece. Su proyecto ocupa un local de pachinko y cuatro estanterías industriales. Y genera la única pregunta que los museos enterrados no se hacen a sí mismos.

Visitar estas islas es una experiencia de belleza innegable. Sin embargo, el viaje deja abierta una cuestión fundamental que el paisajismo cultural no consigue resolver: ¿a quién pertenece la redención de un territorio? La intervención privada transformó un desastre ecológico en un referente global, pero lo hizo decidiendo, de manera unilateral, el relato visual y simbólico de un espacio compartido.

El resultado es una profunda paradoja. Hoy conviven en el mismo archipiélago el arte contemporáneo de vanguardia con la actividad industrial de la fundición de cobre; los turistas que buscan la emblemática calabaza de Yayoi Kusama frente al mar y los pescadores mayores que conservan la memoria de un entorno dañado. Las islas de Seto no ofrecen respuestas simplistas, sino la honestidad de recordarnos que toda gran obra de embellecimiento arrastra, inevitablemente, un reverso de sombra.