Esta segunda parte del viaje nos lleva desde la pausa urbana en Coyhaique hacia los profundos y tempestuosos lagos del sur, donde montañas, viento y agua narran historias milenarias antes de conducirnos, lentamente, hacia la frontera y el regreso a casa.
Coyhaique: un alto en la ciudad
Siguiendo por la carretera hacia el sur, luego de atravesar varios kilómetros de cerros, ventisqueros, reservas naturales y parques nacionales, llegamos a Coyhaique. Frente a los poblados dispersos entre las maravillas que ofrece la naturaleza en este sector del territorio chileno, Coyhaique se percibe como una ciudad inmensa para el ya desacostumbrado ojo del turista frente a las grandes aglomeraciones urbanas.
En ella confluyen los ríos Simpson y Coyhaique, y sus alrededores están hermosamente enmarcados por el cerro McKay, la Reserva Nacional Río Simpson —hogar de pumas y huemules—, una geología moldeada por antiguos glaciares y un relieve montañoso que, en enero, se cubre de pastizales en distintos tonos de amarillo, formando una alfombra prolija y continua que parece perderse en el horizonte.
Coyhaique es una ciudad que aún se mantiene, en cierta medida, al margen del avance desmedido de la modernidad y del consumo. Esto se percibe tanto en su arquitectura tradicional, típica de las construcciones del sur, como en los tiempos y ritmos que organizan la vida cotidiana de sus habitantes.
La ciudad suele funcionar como un punto estratégico para hacer base y realizar excursiones de un día hacia los distintos destinos de turismo aventura que ofrece la región.
Villa Cerro Castillo: hacer cumbre en la memoria de la piedra
Para viajar de Coyhaique a Villa Cerro Castillo hay que recorrer un poco menos de 100 km por una ruta asfaltada que atraviesa valles y cerros. En este tramo, el paisaje se abre y permite que afloren las vistas panorámicas, las que acompañan gran parte del trayecto en ruta.
La villa en sí es muy pequeña, pero cobra una vitalidad excepcional gracias a las actividades que ofrece el Parque Nacional Cerro Castillo. Una de las más conocidas y elegidas por los viajeros es el trekking al Cerro Castillo, con su respectivo glaciar y la laguna a sus pies.
La caminata es exigente y de un suelo con tierra suelta: son 14 km en total que, en el tramo de ida, se realizan completamente en subida, atravesando antiguos bosques de lengas hasta llegar al mirador del cerro. En la cumbre, el viento del glaciar es impiadoso —no por nada se los denomina “ventisqueros”—, pero si se tiene la fortuna de encontrar el cielo despejado al llegar, se obtienen unas vistas majestuosas y el sublime color del agua de la laguna queda impreso en las retinas de los afortunados caminantes que logran soportar el cansancio de la subida. Según las condiciones climáticas y lumínicas, sus tonalidades pueden variar desde un turquesa brillante hasta un azul profundo.
Otro atractivo de la zona que, si bien no es tan llamativo ni convoca a tantos turistas como el cerro, narra una parte fundamental de la historia de la región es el Paredón de las Manos. Este sitio arqueológico está conformado por un imponente paredón rocoso que alberga poco más de un centenar de pinturas rupestres con improntas de manos.
Las pinturas más antiguas están fechadas en aproximadamente 3.000 años de antigüedad y fueron realizadas con pigmentos elaborados a partir de tierras de color y diferentes óxidos de basalto. Ellas han logrado perdurar a través del tiempo gracias a las condiciones climáticas del lugar y a su ubicación en uno de los laterales del enorme paredón, de alrededor de 35 metros de altura, que limita la exposición directa al agua y a la luz del sol.
Puerto Río Tranquilo: la roca esculpida por el lago
También llamado Puerto Tranquilo, es una pequeña aldea situada en la ribera occidental del lago General Carrera. Este inmenso cuerpo de aguas profundas, de origen glaciar y cuyo color varía notablemente según las condiciones climáticas, pertenece mitad a Chile y mitad a Argentina, país donde recibe el nombre de Lago Buenos Aires.
Con una superficie superior a los 1.800 km² y una profundidad que alcanza aproximadamente los 590 metros, es uno de los lagos más grandes de Sudamérica. Los tehuelches lo llamaban en aonikenk “Chelenko”, término que puede traducirse como “aguas tempestuosas”, en clara referencia a los fuertes vientos y al oleaje que lo caracterizan.
Este poblado cuenta con un atractivo turístico indiscutible: las famosas Catedrales de Mármol, un conjunto de formaciones rocosas de carbonato de calcio esculpidas durante miles de años por la erosión del agua, proceso que dio origen a cavernas, cuevas e islotes de singular belleza. Se accede a ellas mediante los tours náuticos que se ofrecen en la aldea, ya sea en lancha o en kayak.
Durante el recorrido, los guías explican que el mármol de las Catedrales es geológicamente joven debido a su relativa antigüedad —alrededor de 300 millones de años— en comparación con otros mármoles famosos, como el de Carrara en Italia, cuya edad ronda los 2.000 millones de años. Esta mayor juventud hace que la roca sea más blanda, lo que facilita su erosión y el esculpido continuo provocado por el agua.
Por su singular valor natural y la fragilidad de su composición, estas formaciones fueron declaradas Santuario de la Naturaleza por el Estado chileno, categoría que las reconoce como Monumento Natural de Chile.
Chile Chico: de regreso a casa
Puerto Río Tranquilo está separado de Chile Chico —último pueblo antes de cruzar la frontera— por apenas 160 km. Pero, al menos en nuestro caso, recorrer esa distancia nos llevó ¡seis horas! de viaje terrestre. El trayecto incluye un tramo por la Carretera Austral hasta el sector de Aldana y luego otro por la Ruta 265, que conduce al límite con Argentina.
El camino, por momentos, es de tierra; en otros sectores, de ripio suelto, típico de montaña. Hay tramos de un solo carril y otros más amplios. En algún punto incluso tuvimos que dormir un rato en el auto estacionado en medio de la ruta en una larga fila de vehículos mientras esperábamos que pasara la máquina para aplanar y volver transitable el trayecto.
En esta parte del viaje, no quedan dudas de que el entorno se vuelve más agreste, la infraestructura estatal comienza a escasear y nuestra travesía se acerca a su fin. Volver a cruzar la frontera implica regresar a una forma de organización del espacio que nos resulta más familiar.
Sin embargo, lo verdaderamente maravilloso del recorrido por las tierras chilenas fue no habernos sentido nunca completamente extranjeros. Tanto los paisajes como su gente nos brindaron una calidez y una cercanía tal que hicieron de nuestra estancia una experiencia inolvidable.















