Aun después de todo este tiempo, el sol nunca le dice a la tierra: «me debes». Y mira lo que pasa con un amor así: se ilumina todo el cielo.
(Hafiz)
Es solo otro día más. Intentando encontrar la serenidad en un mundo de titulares alarmistas. Suspendido en el espacio, nuestro planeta regordete completa otra pirueta mientras baila alrededor del fuego encendido en el firmamento para calentar su contenido, pensamientos y corazones, y nutrir la vida.
El milagro de la luz y la consciencia vuelve a amanecer. De repente, abrí los ojos para ver y reconocer de nuevo. Primero, estar consciente de despertar, una sensación de darse cuenta de que uno es, un momento de consciencia sin predicado. Luego viene la percepción de las extremidades y los tendones, del «yo soy alguien» y, finalmente, la identificación con la personalidad con la cual me identifico. Desde la ventana de mi habitación puedo ver los árboles extendiendo sus brazos en súplica y alabanza, agradecidos por la lluvia de luz nutritiva del sol, mientras sus raíces absorben humedad y átomos subterráneos en una alianza de vida que da origen a las formas y a sus danzas.
Pienso en esto momentáneamente y reflexiono sobre otra mañana gloriosa en la que mis ojos pueden volver a ver, integrando las formas circundantes en procesos de belleza y comprensión, simplemente girando la cabeza mientras me despierto a mi punto de vista.
Me levanto de la cama desafiando la gravedad en una coordinación de movimientos tan compleja (para los que quizá se necesitan mil millones de células industriosas) y camino —oh, maravilla de maravillas— desplazando esta forma en el espacio.
Mi meditación espontánea matutina se ve interrumpida cuando mi teléfono móvil me avisa de las noticias entrantes de la mañana. Suspiro al mirar la pequeña pantalla. Ahí está Trump de nuevo haciendo declaraciones, cambiando nombres geográficos, fantaseando con anexionar otros países, bombardeando lanchas y gentes, negando la diversidad, la equidad y la inclusión, esos hijos de la empatía. Y, además, ignorando el cambio climático, el medio ambiente y la naturaleza.
Sí, renegando de todo lo que tiene que ver con la realidad de que estamos en el mismo barco, como humanos, como vida. Y, claro está, este comportamiento no es nada nuevo en nuestra historia. En el pasado, Países Bajos, Gran Bretaña, España y Francia tenían territorios en Sudamérica, África y Asia, y si lees la historia, parece que así es como los humanos hemos estado actuando todo el tiempo. Todavía estamos muy lejos de despertar y darnos cuenta, como dijo una vez Desmond Tutu, de que todos somos una sola familia humana.
Mucha gente ahora señala a Trump como el presente villano, pero él no estaba cuando Estados Unidos fue a Vietnam o estuvo en Corea, Chile, Panamá, Granada, México e Irak. O cuando Rusia invadió Ucrania, o Japón hizo lo mismo con China, y así sucesivamente. No hay regímenes ni líderes inocentes en la historia humana de anexión, invasión, colonización y guerra.
Hubo cierto optimismo tras la Segunda Guerra Mundial, la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética, de que la globalización significaría algo más que extender los mercados, el consumismo y la codicia. Algunos pensaban que la empatía y el concepto de una sola familia humana —tan denigrado ahora por quienes ostentan el poder en Estados Unidos y su entusiasta audiencia— estaban finalmente emergiendo. Tras presenciar el actual crecimiento del sesgo racista y antiinmigración en Estados Unidos y Europa, nos damos cuenta, sin embargo, de que todavía no estamos viendo una familia humana. (Por cierto, cuando los europeos invadieron África y el resto del mundo, a su migración le llamaron «descubrimiento»).
La mayoría de la gente en el mundo todavía tiene miedo de aceptar el campo unificado de la vida.
Aburrido y disgustado por la cantaleta de Trump en mi móvil, preparé café y cambié los titulares de última hora por noticias científicas que captaron mi atención. Y también encendí, sin volumen, la tele para ver las imágenes asomadas.
Un titular científico afirmaba: «...las observaciones sugieren que estamos suspendidos en un mar cósmico de materia oscura, una sustancia misteriosa que da forma a galaxias y grandes estructuras del universo, pero que es transparente a los fotones, los portadores de la fuerza electromagnética». Nuestro hogar galáctico, la Vía Láctea, está sumergido en materia oscura, pero este cuerpo oculto no nos devora, porque sus fuerzas no pueden tocar la materia común de la que estamos hechos».
Pensé: ¡Gracias a Dios! ¡No podemos lidiar con el cambio climático, Donald Trump y una materia oscura hambrienta al mismo tiempo!
Otro titular, menos alarmante, afirmaba que pequeños pájaros cantores como las reinitas migran miles de kilómetros, volando de noche y descansando durante el día, hacia y desde las zonas donde invernaban —y, a diferencia de muchas aves grandes, a menudo renuncian a las bandadas y viajan de forma independiente—. Investigaciones recientes han encontrado que las aves canoras solitarias parecen cooperar entre distintas especies, compartiendo información con otros viajeros solitarios sobre quiénes son y qué contratiempos deben vigilar más adelante en sus vuelos. No pude evitar sonreír ante la ironía de que la empatía y la colaboración están presentes en las migraciones de los pájaros cantores, mientras los humanos perseguimos y castigamos a los migrantes de nuestra propia especie.
Para terminar de navegar por las noticias científicas, me topé con un estudio que descubrió que las personas más expresivas facialmente son más apreciadas, ya que dan a los demás la sensación de que los entienden, lo cual les gusta. El estudio apoya que la función clave de la expresividad facial es hacer que el emisor sea más predecible. Encontró, además, que la aceptación tiene que ver con la expresividad y no con una emoción concreta. Por eso, las personas expresivas son más apreciadas, incluso cuando no sean especialmente simpáticas.
Justo cuando estaba leyendo esto, apareció en la televisión la imagen de Trump teniendo un intercambio con un reportero, hablándole sobre fake news, y no pude evitar pensar en su expresividad y su presencia omnipresente en la televisión y las redes sociales. Su rostro aparece en todos los medios, le apoyen o no. Trump es probablemente la cara más visible de cualquier persona en el mundo ahora mismo. «No es de extrañar que tenga un gran número de seguidores», pensé, «tiene expresividad y ubicuidad». Oh, Dios mío...
Decidí que ya había sido suficiente de todas las noticias; apagué las pantallas, la grande y la pequeña, simplemente sorbí mi café y seguí disfrutando de la aparición del nuevo día.
Y pensé en la respiración. Respiramos energía recubierta de oxígeno, exhalada por formas verdes circundantes que capturan el sol en hojas, flores, frutos y corteza. La exhalamos de vuelta y les devolvemos carbono, resultado de nuestra combustión mientras caminamos, pensamos, admiramos y besamos, adquiriendo todas las experiencias posibles como extraterrestres en una misión al planeta Tierra.
Me imagino las células como abejas obreras en colmenas ordenadas, habilitando todo laboriosamente mediante procesos codificados y partículas flotantes, haciendo posible esta percepción nuestra, estas acciones coordinadas de nuestro cuerpo, este punto de vista de cada uno desde donde podemos ver, tocar y admirar todas las expresiones de la existencia que pueblan este exquisito bosque de formas, expresado en todas las posibilidades de la imaginación. Vibrando, cantando, bailando los ritmos de la vida en esta gloriosa mañana de espacio y tiempo, donde ahora los encuentro y descubro nuestra singularidad, mientras entrelazamos nuestro asombro y confusión.
Maravillado por este milagro entrelazado de la vida, inexplicable e infinitamente diverso, incluyendo toda esta algarabía que se transmite a través de cajas electrónicas y mentes, me dan ganas de postrarme en secreto ante la Existencia, que hace posible todo lo que ocurre, y reír con alegría y gratitud ante este increíble Ser que todos somos, que podemos imaginarnos este universo que, a pesar de todas las contradicciones, o quizás gracias a ellas, genera el flujo de la belleza y del Amor.
Cada día es cada día. Hoy, mañana, ayer. Reflejando nuestros miles de millones de identificaciones, formas, personalidad cultural y perspectiva, y las noticias mundiales que llegan en oleadas sobre ideologías en conflicto, intereses propios, calamidades, desesperación, ganadores y perdedores, tecnologías modernas, nuevos entendimientos y malentendidos.
Sin embargo, la vida continúa con sus procesos cíclicos: floreciendo, sembrando, descomponiéndose, muriendo, en todo su esplendor. Y el espíritu humano y su esencia continúan manifestando la gloria del ser a través de sonrisas de valor, abrazos de solidaridad, amores y sueños imposibles y tenacidad en la vida. Sigue buscando la culminación de un momento de amor, la disolución del uno en el otro, alcanzar una sensación de serenidad en medio del caos, sintiendo un continuo surgimiento de fuerzas internas, manifestando la historia, las relaciones y las corrientes antiguas en la búsqueda de un objetivo invisible.
Cada día. Sí, cada día es otro día de oportunidad y recuerdo, un nuevo despertar para descubrir el amor y la belleza, los espacios interiores y los momentos externos, un instante milagroso de consciencia y de ser. Estamos en este punto presente, mirando atrás a las reliquias de momentos pasados y expandiendo nuestra imaginación y esperanza hacia un futuro aún no manifestado, cada uno desde una perspectiva particular. Y así, a través de sabores y colores únicos, cada uno percibe y muestra esta creatividad suprema, esta corriente inagotable de la vida.
Una vida que burbujea entre risas y lágrimas, en delicadas caricias de luz, sin importar qué pavimentos y miedos se impongan a sus aparentemente frágiles tejidos. Y cada gota de vida finalmente se libera de su propia ignorancia y continúa su flujo hacia el océano, inevitablemente.
La belleza reina serena en medio del bullicio de las guerras y los desastres, y caleidoscópicamente cada día las fuerzas de la vida se reorganizan y resurgen de nuevo, en un carillón de voces matutinas, para lograr lo más sublime: ese amor y comprensión mutuos que conducen a un silencio interior, esa serenidad interior que calma este dolor de separación y la inseguridad del desplazamiento por los otros. Por un instante, todos podemos sentir la belleza del ser. Por un instante, todos estamos de repente conscientes y despiertos, y nos damos cuenta de que todo el sudor y la sangre, las sonrisas y los besos, las noches y días de la vida de cada uno, no son más que puntadas en un tapiz exquisito que todos tejemos irremediablemente, sin importar el alarmismo de las noticias de última hora que nos transmiten nuestros momentos de miopía e ignorancia.















