¡Permanezcamos fieles a la verdad! Viviendo inmersos en flujos incesantes de información, opiniones e imágenes, sabemos lo fácil que es influir en decisiones y preferencias a través de algoritmos cada vez más sofisticados. En este escenario es importante custodiar un corazón que ama la verdad, que desea lo justo más que los contenidos de mayor atractivo, que busca la sabiduría más que el impacto inmediato. La verdad que no debemos perder es la de Dios y la del ser humano, tal como Cristo nos la ha revelado.

(León XIV. 2026. Magnifica Humanitas (Carta encíclica). Nº 237)

Gracias a internet he vivido con gran cercanía la reciente visita del papa a España (08-12 de junio de 2026), y por tanto he podido hacer oración con los textos de sus discursos y homilías casi al mismo momento que el santo padre los decía. De esta forma la catolicidad (Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 830-835), es decir, la condición universal e integral de la Iglesia que el papa León XIV dirige, se facilitaba por la hiperconectividad del tiempo actual. Paradójicamente o no, ese “milagro” de la tecnología ha traído también males que nos alejan de nuestra dignidad humana tal como el papa lo ha resaltado en su reciente encíclica.

Al no ser nativo digital viví el asombro de descubrir “al primer click” las grandes oportunidades y facilidades que me daría internet. Muchos de mis sueños relativos a cultivar el conocimiento y la escritura ¡ahora podrían realizarse en menor tiempo! Como todo niño fui un acumulador instintivo, y al enamorarme de la lectura comencé a llenarme de libros por el deseo de pasar mi vida leyendo y conociendo la realidad. Cada libro era un nuevo proyecto, proyecto que limitaba el tiempo y el número de libros que podía almacenar… hasta que en 1996 compré una pc y pagué la conexión a internet. Fue algo indescriptible el cúmulo de información que para aquel entonces no era nada comparado con lo que ahora tenemos. Por no hablar que con el correo electrónico podía entrar en contacto con intelectuales que antes eran prácticamente inaccesibles. Mis sueños de investigación y escritura se multiplicaron y lo mejor de todo: empezaban a realizarse.

Todos estos inicios fueron modestos y en especial por los costos de conexión, pero todo cambió a partir del 2005. Recuerdo perfectamente cuando falleció nuestro querido san Juan Pablo II y se eligió a Benedicto XVI. Desde el 2001 cuando estaba en casa comencé a tomar notas de mi oración en la pc, y desde ese entonces lo he seguido haciendo (lo hago manuscrito en un cuaderno cuando estoy en alguna capilla). A partir de 1997 había escrito uno que otro artículo sobre temas religiosos (y también sobre política e historia), pero fue en torno al 2003 que logré mayor disciplina intentando escribir con una frecuencia semanal. Muchísimo antes había logrado mantener la constancia escritural pero con un diario personal que llevo desde mi adolescencia y el cual nunca he abandonado.

El gran impulso fue cuando dos años después conocí la existencia de los blogs y en agosto de ese 2005 abrí el blog “Venezuela y su historia” (este sigue existiendo alojado en blogspot.com aunque lo tengo abandonado desde el 2022) y el de temas espirituales también alojado en Blogspot que inicialmente llamé: “El apóstol Carlos”, luego “el mendigo” y finalmente “Notas espirituales” (este sigue existiendo y en él me propuse subir lo que escribí en los otros pero no lo he hecho, y espero algún día retomarlo).

El tiempo dorado de este último blog duró hasta el 2010, por lo menos en mi caso. El de historia sí se mantuvo por mucho tiempo con diversas publicaciones. Desde el 2003 hasta el 2008 estuve dando clases de bachillerato en el Colegio Santiago de León de Caracas, y mis alumnos me animaban a ver la página de videos: YouTube, y abrir una cuenta en Facebook. De esta forma tuve por primera vez un correo en Hotmail con mi seudónimo de “profeballa” del cual luego tuve Twitter, Gmail, Facebook. Facebook fue una gran pasión que duró hasta el 2018 (ya rara vez lo uso) para luego pasarme a Instagram en el cual solo publico aspectos académicos y religiosos pero con una frecuencia casi diaria, allí también hago publicidad de mis artículos.

En el blog que dedico a mi vida de piedad dejé este texto de presentación: “Notas espirituales…buscan ser la memoria de mi camino espiritual, lo que vivo y pienso; y el archivo de todo lo que encuentro (y me interesa) por la red para seguir buscando. No parto de la nada, soy fiel a una tradición cristiano-católica que se remonta a muchísimas generaciones en mi familia, y una herencia cultural iberoamericana que nace en España pero que se afinca en América”.

Los blogs me ayudaron mucho en mi formación doctrinal porque en ellos me obligué a comentar el evangelio dominical y a seguir a los papas en el Ángelus de los domingos, las Audiencias generales de los miércoles, sus homilías de las principales fiestas y en especial todos los discursos de sus viajes como ahora hice con el papa León XIV en España. De esta forma conocí también la iglesia en todo el mundo. Quedé fascinado con la sabiduría de Benedicto XVI y él me llevó a leer sus obras e ir a los grandes del cristianismo pre-medieval como San Agustín. Todo esto alimentaba mi oración diaria y la vida contemplativa en el día a día.

Al mismo tiempo se daba algo negativo que al tener teléfono inteligente fue mucho peor. Mi tendencia a la dispersión se agravó porque al buscar información empezaba a navegar por las redes y páginas terminando en cualquier tontería. La escritura esperaba por mi mientras yo me hundía en la procrastinación. Hoy en día sigo luchando contra ese vicio animándome a hacer ayunos de celular, aunque la presión de la sociedad por estar siempre conectados me lo hace cuesta arriba.

La hiperconectividad había destruido el silencio que requiere la oración diaria tal cómo nos acaba de decir el papa: “Muchas veces vamos con audífonos, vamos con la música, vamos con la distracción y no sabemos estar en silencio. (...) Cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer” (Vigilia en Madrid, 06-06-2026). Todos debemos, dice el papa, “desarrollar la capacidad de estar en silencio” pero internet es un ruido ensordecedor. A pesar de ello gracias a internet he hecho amistades con hermanos de la iglesia a los cuales solo he visto de forma online y tengo maestros que me enseñan en podcast y videos. Hoy mantengo dirección espiritual con una carmelita seglar por vía WhatsApp y siempre le estaré agradecido.

Y en lo referente a los maestros espirituales, sin internet dudo que haya conocido a estos grandes que me han marcado. Debo nombrar a dos obispos que escucho semanalmente sus homilías o predicaciones: el obispo estadounidense Robert Barron y el monje cisterciense noruego Erik Varden. También escuché muchísimo al capuchino cardenal Raniero Cantalamessa. De todos ellos he leído sus libros y del primero he visto sus maravillosas series documentales. La profundidad teológica de los tres es algo admirable, pero lo mejor de todo es cómo han evangelizado a través de internet con un lenguaje y temáticas actuales. Los dos primeros no dudo que pronto sean nombrados también cardenales. Su ejemplo comunicacional me inspira y espero que pronto pueda mejorar mi evangelización con mis cuentas en las redes sociales.

¿Todo lo bueno que he nombrado y que ha enriquecido el trato diario con Nuestro Señor y su iglesia habría sido posible sin internet? No lo creo. Es más lo positivo que lo negativo siempre y cuando sepamos establecer los límites, y muy especialmente jamás dejar el silencio, el desierto y el contacto con las personas. En la oración debes silenciar el celular porque sería como hablar con la persona que más amas mientras ves la pantalla ¡un absurdo! ¡un irrespeto! ¡una falta de amor! Debemos establecer horarios y espacios donde el internet no entre. La misa, el compartir con la familia, la escucha del otro. En nuestra próxima entrega hablaremos de la que considero es la tercera espiritualidad que me ha formado como cristiano y católico: el franciscanismo.