A lo largo de casi todos mis artículos siempre he usado un método de análisis: la praxeología. Me ha sido útil para analizar los más diversos de los fenómenos: desde problemas relacionados con el medio ambiente; la evolución económica de la humanidad a lo largo de milenios; los ciclos económicos; las diferencias entre diferentes tipos de gobiernos como la democracia y la monarquía; hasta fenómenos de centralización y descentralización política, entre otros más.

Es un método que puede utilizarse para analizar cualquier fenómeno de carácter “humanístico” —por así decirlo—. Es más, a mi modo de ver, la praxeología es la única forma de interpretar el mundo de la acción humana correctamente. Cualquier método alternativo supone necesariamente partir de premisas equívocas, cosa que jamás puede llevarnos a conocer la verdad. En este artículo voy a explicar el método praxeológico y la teoría que le subyace, de la manera más sintética que pueda.

El punto de partida: el axioma de la acción

Aquello que resulta especialmente importante al momento de estudiar al hombre y que lo caracteriza y diferencia del resto de criaturas animadas es la facultad que tiene en tanto ser racional de poder actuar de forma deliberada. A diferencia de los animales, y también de los seres inanimados que integran el cosmos, el hombre no se encuentra determinado por el inexorable devenir de las leyes del universo.

Al contrario, aunque está claro que no puede hacer exactamente lo que le plazca (no puedo, por dar un ejemplo muy grotesco, cambiar la órbita de un planeta simplemente con 'inclinar mi cabeza' por más intenso que sea mi deseo de concretar tal empresa), sí que puede desapegarse de lo que dicta la naturaleza y obrar según lo que le parezca más oportuno para vivir una vida más gusta que la que tendría en caso de elegir simplemente no actuar. Dentro de las posibilidades que le brindan tanto la naturaleza así como también su ingenio o creatividad, puede optar simplemente por intervenir en el orden los acontecimientos para desviarlos en beneficio o provecho suyo. Eso es, simplemente, el axioma de la acción1.

El axioma de la acción no puede ser refutado, cualquier intento de refutarlo, sería totalmente vano, pues constituiría en sí una acción humana. Un intento de negación de la acción supondría el ejercicio como tal de una acción2; o sea la negación de aquello mismo que uno hace al momento de decir lo que dice.

Categorías presentes en la acción

Luego, pasamos a desglosar el concepto de acción como tal, y para eso hemos de tener en mente aquello que necesariamente se encuentra presente en todo comportamiento deliberado, aquello en lo cual hemos de pensar necesariamente al momento mismo de imaginarnos qué es la acción.

Primero que nada, hay que considerar aquello que motiva la acción: el fin. El fin es el objetivo anhelado por el actor, aquel futuro querido por él al momento mismo de emprender una acción. Pero claro, la acción necesita de herramientas o vías para producir ese resultado querido por el actor, eso constituye lo que formalmente denominamos medios: aquello que el actor cree subjetivamente que lo llevará a lograr el fin deseado. Tanto los fines como también los medios son de naturaleza estrictamente subjetiva. No existen como elementos del mundo natural.

Las cosas, por ejemplo, que la naturaleza pone a disposición del hombre no son medios, sino que los medios surgen a partir de la apreciación personal que el actor hace sobre las posibilidades de acción que esa cosa le proporciona. Y los fines que el actor se propone alcanzar por otro lado no están determinados, es el hombre quién los elige, según sus más íntimas o superficiales apetencias/gustos. En tanto son apreciados, los medios y los fines reciben respectivas valoraciones imputadas por el actor. La importancia que el actor le impute al fin que se propuso alcanzar la llamaremos valor (como tal); y la importancia que le atribuya al medio que utilice para lograr ese fin la llamaremos utilidad.

La acción puede o no cumplir con su propósito, si lo hace proporciona una ganancia o beneficio al actor. En este caso, no hablo de una ganancia de tipo monetaria, exclusivamente, sino que me refiero al concepto más general posible de ganancia, concebida como la diferencia entre los costes en los cuales se incurrieron al momento mismo de ejecutar la acción y la satisfacción que el lograr el fin deseado provoca en el actor, que en este caso sería a favor de la satisfacción por la consecución del fin. Obviamente esta diferencia no es “aritmética” o “cardinal”, sino que es estrictamente personal y subjetiva, es de magnitud puramente ordinal, es solamente sentida por el actor, nadie más que él la conoce. En caso de que, al contrario que en la situación anterior, la diferencia entre los costes y la satisfacción, sea favorable a los costes, hablamos de una pérdida.

La acción siempre va implicar cambio, ya que lo que se busca es sustituir un estado de cosas poco satisfactorio/infeliz por otras más satisfactoria/feliz. Ese cambio, sucede según la escala valorativa del sujeto en cuestión, en la cual de forma puramente ordinal y cualitativa coloca sus fines, proponiéndole lograr primero aquello que en sus específicas circunstancias de vida considera más oportunos o importantes. Esta escala valorativa sólo puede apreciarse en la específica acción del sujeto, nunca fuera de ella y es cambiante con el tiempo, las personas no mantienen juicios de valor de forma permanente sino que los van cambiando, conforme transcurre su vida.

Además la acción siempre se encuentra más o menos planificada, es decir, siempre existe un cierto plan de acción conformado por una serie de etapas, que el sujeto imagina en su mente y piensa de manera paulatina o eslabonada lo llevarán a su objetivo final. No todas las acciones requieren el mismo nivel de rigurosidad en lo tocante a su planificación, hay algunas que precisan más reflexión por ser de tipo más bien complejas en lo que a su ejecución se refieren; otras en claro contraste son relativamente sencillas de efectuar, requieren por lo tanto menos planificación (por ejemplo: empezar una carrera universitaria contra ir a tomar un vaso de agua a la cocina de su casa).

Por último toda acción transcurre en el tiempo, lo cual implica que esta tiene un: a) momento anterior a la acción, b) un comienzo, c) un transcurso o tiempo medio —entre el comienzo de la acción y su final—, d) un final y e) un tiempo posterior a la acción. Dos acciones no pueden transcurrir en simultáneo, o primero sucede una y después la otra, o viceversa. Los actores típicamente presentan preferencias temporales, bajas(si prefieren el futuro antes que el presente) o altas(si prefieren el presente antes que el futuro). La preferencia temporal es indispensable en toda acción humana, con abstracción incluso de todo fundamento psicológico que se le quiera dar a la misma, está siempre presente en la acción. Si no lo estuviera, la posibilidad de cualquier acción sería en sí misma imposible, pues, siempre se aplazaría la realización de la misma por preferirse el bienestar futuro.

Prerrequisitos de la acción

Luego, existen una serie de hechos que deben de darse de manera anterior a cualquier acción, para que la misma suceda.

El primero es que el actor sienta malestar por su existencia actual, tal que, prefiera cambiar, por la incomodidad sentida, su estado vital presente.

El segundo es que visualice una situación más placentera o gratificante que la actual, pues si no se verá obligado a vivir su vida tal y como lo dicta su presente, sin poder hacer nada al respecto.

El tercer requisito es que descubra una forma de alcanzar el fin que desea, por medio de una acción conducente a tal objetivo. Pues, caso contrario, sólo podrá imaginarse una situación de vida mejor, sin poder jamás alcanzarla, padeciendo malestar irrevocablemente.

El carácter formal y la utilidad de la praxeología

Entonces, cabe destacar cierto aspecto de la praxeología que es clave para comprender su naturaleza y utilidad: no alude a acciones puntuales ni a situaciones específicas. Constituye como rama del saber, únicamente un análisis meramente formal de la acción, abordando, en consecuencia, sólo la forma más esencial de la acción, con sus elementos indispensables y dejando de lado completamente todo tipo de contingencia o rasgo accidental de la misma.

Por lo tanto la praxeología es la teoría general de la acción humana. Su utilidad radica en la compresión de cualquier comportamiento deliberado, en sus rasgos más primordiales. Luego, claro está, sólo con el auxilio de otras disciplinas pueden comprenderse completamente diversas situaciones que trascienden el mero análisis formal.

Notas

1 Véase: “La acción humana”, primera parte, de Ludwig Von Mises; y “Hombre economía y estado”, capítulo 1 de Murray Rothbard.
2 Puntualmente de una argumentación.