Pocos objetos han acompañado las alegrías y las tristezas de la humanidad como las campanas. Su resonante voz ha anunciado nacimientos y entierros, victorias y tragedias, celebraciones y alarmas. Su historia, sin embargo, comenzó mucho antes del cristianismo. Ya eran conocidas en la antigua China hacia el siglo III a. C. y también fueron utilizadas por otros pueblos de la Antigüedad con fines religiosos, ceremoniales y militares. La tradición occidental atribuye su incorporación al culto cristiano a san Paulino, obispo de Nola, en la Campania italiana del siglo V.

Naturalmente, no fue el santo quien las fundió, sino los hábiles artesanos metalúrgicos de la región. Con el paso del tiempo, la fabricación de estos instrumentos quedó estrechamente vinculada a Campania y, según la explicación etimológica más difundida, de dicha región derivó el nombre de campana, que terminaría imponiéndose en buena parte del mundo occidental.

Durante parte de la Edad Media europea, las campanas no se fabricaban en grandes talleres permanentes, como podríamos pensar. Los maestros fundidores (algunos monjes y otros legos) eran artesanos itinerantes que recorrían grandes distancias a lomo de caballo o en carretas, llevando consigo los conocimientos necesarios para fabricar campanas directamente en el lugar donde serían utilizadas.

La campana marcaba las horas, llamaba a misa, anunciaba bautizos, bodas y funerales. También se tocaban en incendios, tormentas, pestes e invasiones. Para la mentalidad medieval, además, una campana bendecida poseía un carácter sagrado, pues se creía que su sonido protegía a la comunidad y alejaba las tempestades y otros peligros.

Por eso, la llegada de un fundidor ambulante a una aldea era un acontecimiento extraordinario. Su trabajo reunía técnica, mucha fe e involucraba activamente a toda la población.

Aquellos hombres eran más que artesanos, pues en muchas ocasiones gozaban de una reputación casi mágica. El investigador gallego Xerardo das Airas Valsa, en su estudio “De campanas y campaneros: la Casa dos Campaneiros de Arcos da Condesa” (1997) , explica que quienes dominaban el fuego y los metales eran vistos como poseedores de secretos únicos, transmitidos de padres a hijos durante generaciones. La transformación del cobre y el estaño en una campana constituía, para muchos, una auténtica transmutación, y aquellos secretos eran artes que se conservaban celosamente. Por ello, en el imaginario popular, los fundidores eran considerados verdaderos maestros, casi al nivel de los sabios, los alquimistas o incluso los magos.

Esta percepción la confirma el filósofo e historiador de las religiones Mircea Eliade. En su obra “Herreros y alquimistas” (1956), especialmente en el cap. VIII, «Los señores del fuego», señaló que fundidores, herreros y alquimistas compartían una misma relación “mágico-religiosa” con la materia, pues eran capaces de transformarla mediante el fuego y revelar sus potencias ocultas. En muchas culturas, esa capacidad era considerada sobrehumana, de carácter divino o asociada a fuerzas oscuras. No es extraño, por tanto, que el imaginario popular atribuyera a los fundidores un aura de misterio y los situara cerca de los magos o los sabios, es decir, “como depositarios de secretos reservados a los iniciados”, según Eliade.

Ya en la Alta Edad Media —s. V a s. X— proliferaban los fundidores que recorrían los pueblos con sus herramientas y utensilios. Allí levantaban hornos, preparaban los moldes y realizaban la fundición ante la mirada fascinante de toda la comunidad.

La arqueología inglesa ha confirmado que la fundición de campanas se realizaba frecuentemente junto a las iglesias. En la iglesia de San Pedro de Barton-upon-Humber, en Lincolnshire, los arqueólogos descubrieron moldes, escorias y restos de hornos correspondientes a fundiciones efectuadas entre los siglos XII y XV, prueba evidente de que los maestros campaneros construían sus talleres temporales en el mismo lugar donde las campanas servirían por generaciones (Dungworth y Maclean, 2002). Por otra parte, los documentos de la catedral de Ely, en el condado de Cambridgeshire, registran que en el año 1346 el maestro campanero John de Gloucester fue llamado para dirigir la fabricación de cuatro grandes campanas (Raven, 1869). Aunque no se conserva el horno ni se conoce el lugar exacto donde se hizo la fundición, la magnitud de la empresa sugiere que pudo haberse hecho en las inmediaciones del propio templo.

Al llegar a una población, el maestro elegía un terreno cercano a la iglesia y, en algunas ocasiones, dentro de ella misma. Allí excavaba una fosa y construía un horno temporal de ladrillo y barro, a menudo del tipo de reverbero. Luego preparaba los moldes utilizando arcilla, arena, ceniza, ladrillo molido, alambres, fibras vegetales y boñiga, materiales capaces de soportar las altísimas temperaturas del metal fundido. Los moldes eran elaborados con gran precisión mediante plantillas de madera y reglas especiales, cuyos secretos de uso eran conocidos únicamente por los maestros.

La participación de la comunidad era fundamental y convertía la fundición en una empresa colectiva, donde los vecinos aportaban leña para los hornos, colaboraban en el transporte de materiales y, muchas veces, donaban objetos de cobre o estaño para incorporarlos en la nueva campana.

Además de cobre y estaño, se conoce la costumbre europea entre fieles, benefactores o autoridades de agregar monedas, joyas u otros pequeños objetos de oro o plata al metal fundido durante la colada de una campana. Estas donaciones, más allá de constituir un aporte técnico, tenían principalmente un significado religioso, votivo o simbólico, pues las cantidades añadidas eran muy pocas como para modificar significativamente las propiedades acústicas del bronce1.

Después de semanas de preparación, llegaba el momento más esperado: el vaciado del metal. El cobre y el estaño derretidos fluían desde el horno hasta el molde enterrado en la fosa, como un sol líquido. Aquel instante alcanzaba tintes dramáticos y de mucha tensión, pues cualquier error podía arruinar el trabajo de semanas y hasta meses.

La fundición poseía también una dimensión piadosa. El mismo artículo de Xerardo das Airas describe cómo los hermanos Ocampo2, últimos representantes de una antigua dinastía de fundidores gallegos, se descubrían la cabeza y rezaban un Padrenuestro por las Ánimas y una Salve a la Virgen del Carmen, antes de abrir el crisol y permitir que el metal fundido llenara el molde. De este modo, el maestro fundidor se aseguraba de que la técnica y la fe caminaran juntas para alcanzar tan noble cometido.

Finalmente, cuando el molde era retirado a golpe de mazo y aparecía la nueva campana, la comunidad entera participaba de aquel extraordinario instante de júbilo colectivo. Después de limpiarla y afinarla, era bendecida por un cura antes de subirla al campanario o a la espadaña. A partir de ese momento, aquel precioso instrumento se convertía en la voz del pueblo.

¿Por qué los campaneros ambulantes fundían las campanas junto a las iglesias, en vez de fabricarlas en sus talleres y transportarlas hasta su destino? La respuesta es sencilla: durante la Edad Media, trasladar una gran campana era una empresa difícil, costosa y arriesgada. Los caminos eran muchas veces intransitables y los medios de transporte muy limitados. Una campana grande podía pesar cientos o incluso miles de kilos, por lo que transportarla requería carretas reforzadas, numerosos bueyes o caballos y, en ocasiones, hasta la reparación de caminos y puentes.

Además, el riesgo de echar a perder la obra era permanente: una pequeña grieta durante el trayecto podía inutilizar completamente la campana y obligar a refundirla, arruinando meses de trabajo y mucho dinero. Por ello, resultaba mucho más práctico que el maestro fundidor viajara con el cobre y el estaño, sus plantillas de madera, reglas, herramientas y, sobre todo, con el conocimiento técnico acumulado durante generaciones. Fundir la campana junto al templo ofrecía, además, una ventaja adicional: permitía ajustar sus dimensiones y características sonoras a la acústica particular de la torre o de la espadaña donde habría de sonar por siglos.

Aunque acostumbramos asociar el oficio de campaneros trashumantes con la Europa medieval, lo cierto es que este noble trabajo sobrevivió durante siglos y, por suerte, llegó también a Costa Rica.

Andrés Cartin, fundidor de campanas

Un ejemplo extraordinario tuvo lugar en Cartago en 1818, apenas tres años antes de la Independencia. Aquel año, el maestro fundidor Andrés Cartín, nacido en Cartago en 1767 pero establecido en Heredia, recibió el encargo de fabricar una campana para la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles.

Al igual que los antiguos maestros campaneros ambulantes de Europa, Andrés Cartín no llevó a Los Ángeles una campana terminada. Procedente de Heredia, bajó el empolvado camino de Ochomogo con sus herramientas, su dominio técnico y algunos ayudantes. Frente a aquella antigua iglesia —la última de la era colonial, destruida poco después por el terremoto de 1822— levantó un horno temporal, preparó los moldes con barro y otros materiales del lugar, y fundió allí mismo el bronce de la nueva campana.

Es fácil suponer la expectativa de la gente ante lo que significaba aquella fundición. Durante días y semanas, los cartagineses debieron seguir con gran curiosidad aquella inusitada faena, observando el fuego, el humo del horno, los montículos de arena y barro, a la espera del resultado final. La fundición de esa campana constituía un hito comunitario y a la vez un acto de fe; por tanto, no es difícil imaginar a los vecinos llevando cargas de leña, apoyando en algunas tareas pesadas o guardando total silencio cuando el maestro fundidor, al igual que los europeos, se encomendaba a Dios o incluso recibía la comunión antes de iniciar la faena diaria (Orozco-Abarca S. 2025).

Por otra parte, no es casual que los documentos en los archivos eclesiásticos llamen "Maestro" a Andrés Cartín. En el mundo preindustrial, ese título estaba reservado a quienes dominaban un oficio complejo y eran capaces de transformar el fuego, el barro y el metal en una obra que perduraría por siglos.

La asombrosa y casi olvidada historia de Andrés Cartín constituye un puente vivo entre la Costa Rica colonial y las antiguas tradiciones artesanales de Europa. Por tanto, pone de manifiesto que los campaneros ambulantes eran portadores de un conocimiento especializado que se movía de pueblo en pueblo y de siglo en siglo. Entre aquellos fundidores ambulantes de la Europa medieval y Andrés Cartín en la Cartago de 1818, median casi quinientos años y una enorme distancia de más de ocho mil kilómetros. Sin embargo, ambos compartían el mismo oficio y la misma pasión.

A simple vista, una campana podría entenderse como un instrumento musical de bella forma, pero de sonido monótono y predecible. Sin embargo, este precioso objeto es mucho más que eso. Desde hace siglos, las campanas, como voz de las comunidades, han anunciado las horas, convocado a la oración, anunciado fiestas y funerales y advertido sobre peligros. En esa fantástica aleación de cobre y estaño han resonado las alegrías y las tristezas, es decir, los momentos más trascendentales de la vida humana, cumpliendo fielmente la misión para la que fueron creadas.

Esa fusión de técnica y fe que da vida a una campana encuentra un eco en las palabras del escritor James A. Michener, quien en su libro Iberia (1968) relata su asombro al descubrir, que las obras de los artesanos visigodos de Toledo distaban mucho de ser tan deficientes como él había pensado con evidente prejuicio. Confiesa que consideraba el arte visigodo de escaso mérito y suponía que «no eran capaces de nada bueno». Sin embargo, al escudriñar la extraña piedra catalogada con el número 197 en el Museo de Santa Cruz, en Toledo, cambió por completo de opinión. La describió como una de las obras más extraordinarias que pueden admirarse en España y concluyó su reflexión con estas memorables palabras, refiriéndose a ella: «No es inspirada, sino devota; no es bella, pero evoca un ambiente de primitiva adoración».

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Campana de la Independencia de Costa Rica, fundida por Andrés Cartín en 1818. Municipalidad de Cartago. 2026

Difícilmente podría encontrarse una frase más perfecta para describir también las campanas de Andrés Cartín. Como aquella humilde piedra visigoda, quizá tampoco ellas deslumbren por su belleza y perfección; sin embargo, nos conmueven por la fe, el esfuerzo y la humanidad que quedaron fundidos en su bronce.

Con todo, quizá ninguna frase resuma mejor la misión de las campanas que una antigua inscripción impresa en una campana de Galicia (Das Airas Valsa, X. 1997):

Alabo a Dios verdadero, llamo al pueblo, reúno al clero, lloro a los difuntos, ahuyento las nubes tempestarias, doy brillantez a las fiestas; ruego en los funerales, destrozo los rayos, celebro los sábados cantando, excito a los perezosos, deshago las tempestades y calmo las disputas sangrientas.

Esa era precisamente la función de las campanas moldeadas por aquellos artesanos ambulantes. Y esa fue también la misión de la campana creada por Andrés Cartín en 1818, dedicada a la Virgen de los Ángeles: una voz que acompañó uno de los momentos más trascendentales de nuestra historia y que, desde hace más de dos siglos, continúa resonando como testigo de la fe, la paz, la memoria y la identidad de Cartago y de Costa Rica.

Bibliografía

Das Airas Valsa, Xerardo. De campanas y campaneiros: A Casa dos Campaneiros de Arcos da Condesa. 1997.
Dungworth, David y Maclean, P. Analysis of Bell-Casting Debris from St. Peter's Church, Barton-upon-Humber, Lincolnshire. Centre for Archaeology Report 104/2002, English Heritage.
Eliade, Mircea. (2016). Herreros y alquimistas (E. T., trad.; M. Pérez Ledesma, rev.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1956).
Heritage Crafts. Bell Founding.
Michener, J. A. (1971). Iberia: Viajes y reflexiones sobre España (J. Pardo, Trad.). Plaza & Janés. (Obra original publicada en 1968).
Orozco-Abarca, Sergio. Andrés Cartín, el verdadero fundidor de la Campana de la Independencia. Meer. 2025.
Raven, John James. The Church Bells of Cambridgeshire: A Record of the Church Bells in the County of Cambridgeshire. Cambridge: Macmillan & Bowes, 1869.

Notas

1 La práctica de arrojar monedas o joyas durante la fundición de campanas está documentada en diversas tradiciones europeas como un acto votivo o simbólico. Sin embargo, los tratados clásicos de fundición de campanas de Theophilus (siglo XII) y Biringuccio (1540) no atribuyen a tales adiciones efectos acústicos significativos, los cuales dependen principalmente de la proporción cobre-estaño y de la forma y dimensiones de la campana.
2 En 1935, el cabildo de Santiago de Compostela pidió a los hermanos Ocampo fundir una campana gigantesca de 8.000 kg para la catedral. Debido a su tamaño, no podía transportarse: debía fundirse allí mismo, en la Plaza del Obradoiro, como se hacía siglos antes. Para ello se proyectó construir un crisol y un horno temporales en la plaza. La Guerra Civil española impidió la obra, pero el proyecto muestra que la tradición medieval seguía viva.