Cuando se habla del “Gran Museo Egipcio” —GEM—, no solo se evoca una nueva institución museística: se pone en juego una forma completamente nueva de concebir la memoria, un gesto político, simbólico y cultural que marcará el rostro de Egipto para las generaciones venideras. En su inauguración, celebrada a los pies de la meseta de Giza, la atención mundial se centró en un edificio diseñado para dialogar con la eternidad y, sin embargo, profundamente arraigado en las aspiraciones modernas del país.
Para analizar el alcance de esta obra y su significado geopolítico, museístico y arquitectónico, nos reunimos con Chiara Cavalieri, presidenta de la “Asociación Italo-Egipcziana Eridanus”, una figura clave en las relaciones culturales entre Italia y Egipto. Cavalieri ha seguido paso a paso la evolución del proyecto, documentando en redes sociales, en tiempo real, los momentos más significativos y contribuyendo a dar a conocer al público italiano las transformaciones de la nueva "ciudadela faraónica" del siglo XXI.
Presidenta Cavalieri, muchos observadores han calificado el GEM como un "gesto de renacimiento". ¿Qué representa realmente para Egipto?
El GEM es mucho más que un museo: es un acto de identidad. Para Egipto, representa la posibilidad de contarse con voz propia, de mostrarnos cómo su historia no es solo un objeto de estudio, sino un organismo vivo, una fuerza aún capaz de orientar el futuro.
Esta gigantesca estructura, nacida tras décadas de espera, es la respuesta de Egipto a la fragmentación de su patrimonio y a la imagen, a menudo reduccionista, de un país percibido solo a través de sus crisis. El GEM da un vuelco a esta narrativa: es un faro cultural, un centro de excelencia científica y una declaración de orgullo nacional.
Su apertura coincide con un momento histórico en el que Egipto ha decidido invertir en infraestructuras culturales como factor de estabilidad. Por eso digo que el GEM no es un museo: “es un mensaje”.
Uno de los aspectos más debatidos es la relación entre el museo y el presidente Abdel Fattah Al-Sisi. ¿Hasta qué punto fue determinante su voluntad política?
¡Determinante! Quizás sea poco. Hasta hace unos años, el GEM era casi un arquetipo, un proyecto visionario, estancado entre aplazamientos, dificultades financieras y oscilaciones burocráticas. La llegada de Al-Sisi transformó un sueño en un dossier prioritario.
No se trata solo de asignaciones económicas, sino de haber considerado el museo como una infraestructura estratégica nacional. Es como si el presidente hubiera intuido que el patrimonio faraónico, custodiado con un lenguaje nuevo, podía convertirse en un motor de prestigio, turismo, diplomacia e innovación.
Un episodio que recuerdo bien fue el traslado de la estatua colosal de Ramsés II: no fue simplemente una operación de ingeniería, sino un acto performativo. Ese día, retransmitido por los medios internacionales, mostró al mundo que Egipto había tomado el camino de un cambio irreversible. Fue un gesto simbólico y político, casi una afirmación de tutela personal. Esta obra llegará a la meta.
El tesoro de Tutankamón es el corazón del nuevo museo. ¿De qué manera la museografía del GEM revoluciona la percepción del joven faraón y de su historia?
Por primera vez, el tesoro se expone de forma integral. En el antiguo museo de la Plaza Tahrir, veíamos solo una pequeña parte de esos 5.500 objetos, y casi siempre en contextos inadecuados para su fragilidad y su valor narrativo. El GEM ha superado este límite.
El visitante atraviesa un recorrido casi cinematográfico: la luz, las proporciones, la atmósfera están calibradas para acompañarlo en un viaje desde la intimidad de la tumba hasta el simbolismo absoluto del faraón. Cada pieza se inserta en un contexto: no solo el oro, sino los objetos cotidianos, los carros, los tejidos, los instrumentos rituales.
Esto produce un efecto extraordinario: Tutankamón ya no es una reliquia mitificada; se convierte en un ser humano, un joven rey que vivió en un mundo complejo y refinado.
El GEM devuelve profundidad, tridimensionalidad, historia.
El museo se convierte así en una nueva herramienta para el turismo cultural. ¿Será el impacto tan grande como se prevé?
Absolutamente sí. El GEM está destinado a cambiar la geografía del turismo internacional. A menudo se habla de las Pirámides como la "puerta de acceso a la inmortalidad egipcia"; ahora hay un segundo polo, directamente conectado a ellas y capaz de retener al visitante durante días.
Los grandes museos modernos –pensemos en el Louvre Abu Dhabi o el British Museum– son lugares-destino. El GEM pertenece a esta categoría y la supera: es monumento, centro de investigación, archivo, laboratorio de restauración, símbolo del Estado y espacio experiencial.
Para el turismo, significa dos cosas: aumento de los flujos y cambio en la calidad del público. Egipto ya no atraerá solo a turistas interesados en la aventura o los cruceros por el Nilo, sino a académicos, familias, apasionados por la tecnología, el diseño y la historia antigua. Es un cambio de paradigma.
Usted es también presidenta de la “Asociación Eridanus”, dedicada a la cooperación cultural entre Italia y Egipto. ¿Qué nuevas oportunidades abre el GEM?
El GEM es un puente y un acelerador. Italia tiene una historia arqueológica profundísima en Egipto, con misiones activas desde hace más de un siglo. Hoy, esta tradición puede evolucionar hacia algo nuevo: investigación interdisciplinaria, intercambios museísticos, programas de formación conjunta y la puesta en valor de jóvenes arqueólogos y restauradores.
Nosotros, como Asociación Eridanus, ya estamos trabajando en esta dirección, creando mesas de diálogo, propuestas académicas y colaboraciones editoriales. La idea es transformar la cooperación de episódica a sistémica. El GEM proporciona la infraestructura, Egipto ofrece la voluntad política, Italia aporta la experiencia científica.
Es un triángulo perfecto.
Su trabajo en redes sociales ha permitido al público italiano "asistir" a la inauguración del museo. ¿Cómo reaccionó la comunidad?
Con auténtica emoción. No hablo solo de los números, que fueron muy altos, sino de la calidad de los comentarios: asombro, curiosidad, gratitud. Egipto siempre ha ejercido una fascinación extraordinaria sobre los italianos.
La "diplomacia digital", si se utiliza bien, puede acortar distancias, hacer respirar la belleza sin filtros y construir comunidades de entusiasmo, no solo de espectadores.
La imagen que más impactó a los italianos fue la primera foto del atrio iluminado, con Ramsés II dando la bienvenida al mundo. En ese momento percibí que muchos habían comprendido el alcance de la obra.
Uno de los temas más delicados es el de la restitución de los objetos conservados en el extranjero. ¿Puede el GEM cambiar realmente el debate?
El GEM lo cambia todo. Antes, muchos museos occidentales justificaban la posesión de objetos egipcios con la falta, en Egipto, de estructuras adecuadas para albergarlos. Ahora esta argumentación ya no tiene fundamento.
La Piedra de Rosetta, el Zodiaco de Dendera y muchos otros objetos icónicos siguen siendo temas complejos desde el punto de vista legal y diplomático. Sin embargo, el GEM fortalece la posición de Egipto porque demuestra que el país es perfectamente capaz de custodiar y poner en valor su propio patrimonio con estándares internacionales.
El museo, por sí solo, ha hecho más por la restitución de lo que se ha conseguido en décadas de peticiones.
Hablemos de arquitectura: ¿qué elementos del GEM considera más innovadores o emblemáticos?
El proyecto del estudio Heneghan Peng es extraordinario. El museo está construido como un gran organismo geométrico que dialoga con el paisaje. Me impacta la fachada triangular de alabastro, pensada para capturar la luz del desierto. Es un material que vibra, respira, cambia con las horas del día.
La entrada es un recorrido simbólico: se atraviesa un atrio vastísimo, casi como entrar en un templo contemporáneo. La Gran Escalera, flanqueada por estatuas procedentes de diversos períodos faraónicos, es una ascensión a través de la historia.
Pero la verdadera obra maestra, en mi opinión, es la ingeniería invisible: sistemas microclimáticos que mantienen temperaturas constantes, vitrinas que dialogan con sensores inteligentes, filtros luminosos que dosifican la luz como si fuera materia viva.
La conservación se ha convertido en arquitectura.
Muchos expertos han calificado el GEM como "el museo más tecnológico de Oriente Medio". ¿Qué innovaciones lo hacen así?
Son al menos tres: iluminación controlada, microclimatización y narración digital.
La iluminación es un poema técnico: fibra óptica, espectro luminoso calibrado, cero radiaciones nocivas. Es como si la luz hubiera sido entrenada para comportarse con delicadeza.
La climatización es un sistema nervioso: cada sala es una cámara protegida, cada vitrina un pequeño ecosistema. La humedad y la temperatura se mantienen con variaciones inferiores al 1%.
Finalmente, la narración digital: realidad aumentada, hologramas, reconstrucciones 3D, mapas inmersivos. No para espectacularizar, sino para educar.
El GEM es un museo que piensa, que observa, que respira. Por eso lo definiría como una "inteligencia arquitectónica".
El tema de la sostenibilidad es central. ¿Cómo aborda el GEM el clima desértico?
El museo incorpora estrategias avanzadas: fachadas ventiladas, materiales locales de alta inercia térmica, vidrios anticalentamiento, iluminación natural controlada, reciclaje de aguas grises, sistemas energéticos de bajo consumo.
En la práctica, el GEM es una ciudad en el desierto diseñada para resistir no solo al calor, sino al futuro. La sostenibilidad no es estética, es supervivencia.
Si tuviera que describir el GEM en una frase, ¿cuál sería?
Diría que el GEM es una ciudadela de la memoria que proyecta el pasado hacia el futuro, un organismo arquitectónico nacido para proteger lo frágil e iluminar lo eterno.
Y, personalmente, ¿cuál es la lección más profunda que esta gran obra entrega a nuestro tiempo?
Cuando miro el GEM, veo una verdad simple: la cultura es el único territorio que nunca se pierde.
El museo nos recuerda que no somos propietarios del pasado, sino sus guardianes. Las civilizaciones no hablan a través de la fuerza, sino a través de lo que deciden preservar.
El GEM enseña esto: la memoria, cuando se la honra, se convierte en un puente. Unifica lo que parece lejano, vincula lo que la historia ha separado, devuelve la dignidad a un pueblo y lo proyecta hacia el futuro.
Esto es lo que me llevo: la idea de que la cultura no es acumulación, sino diálogo. Y que un país que custodia su memoria es un país que nunca deja de renacer.















