«El fanatismo restringe la reflexión».
El apartheid era «legal».
La esclavitud era «legal».
El colonialismo era «legal».
La legalidad es una cuestión de poder, no de justicia...

(Relatos cinematográficos de Rodrigo Gonçalves B.)

A propósito del fútbol y el mundial, el triunfo del Paris Saint-Germain en la copa UEFA y los posteriores desmanes que sus hinchas provocaron durante la celebración en el centro de la Ciudad Luz, pienso que no es difícil encontrar las posibles causas que provocan esta reacción en cientos de jóvenes de ascendencia extranjera. Reflexionar sobre lo sucedido con la perspectiva del tiempo nos permite no solo verlo desde el presente, sino también a través del retrovisor de la historia, que nos posibilita ver escenas semejantes como lo fueron las movilizaciones de París 68.

No es necesario observar la historia con binoculares para darse cuenta del actuar europeo durante el periodo colonial en África. Basta visitar sus museos y podremos apreciar la dimensión del saqueo: museos abarrotados de arte, de trozos de ruinas históricas, o enloquecer con la belleza de Nefertiti.

Dicen que estamos viviendo momentos de violencia generalizada en el mundo.

A esta realidad sumamos un clima muy hostil: un tiempo oscuro, variando de nublado a tormentoso. Weather, no solo climático, es el que afecta a la mayoría de las regiones del planeta, cuyos habitantes intentan adaptarse a un tiempo líquido, cambiante, acelerado, individualista, que tiene a todos estresados, cuyas relaciones humanas son efímeras. Clima fácil de percibir a través del lenguaje rudo, agresivo, en las redes sociales, que se ocultan bajo el amparo del anonimato.

Los desmanes de aquella celebración que presencié en la pantalla eran quema de autos, bicicletas, saqueos a negocios y enfrentamiento con la policía, con el resultado de una enorme cantidad de detenidos. No era extraño ver a jóvenes de ascendencia extranjera participando. Uno de ellos portaba una bandera que, luego de consultar en Google, supe que era la de Argelia. Mientras escribo estas líneas, no puedo dejar de ver el terrible desastre ocurrido en Venezuela: miles de víctimas por falta de regulación en la construcción. Otro drama de responsabilidad de sus nefastas autoridades. Vimos gente que se aprovechaba de la desgracia y saqueaba negocios, algo que también presenciamos durante el terremoto de 2010 en Chile. El ser humano puede actuar así en todos lados y épocas.

A propósito del tipo con la bandera de Argelia: durante la pandemia propuse a un grupo de amigos que solíamos juntarnos, que durante este tiempo de encierro cada uno eligiera un film que veríamos durante la semana y, los sábados al atardecer a través de Zoom, con un trago y picoteo sentados frente a la pantalla del computador, comentáramos. Sabiendo que uno de los integrantes era francés y que alguna vez había relatado que su infancia la había pasado en Argelia, se me ocurrió que viéramos el maravilloso film La batalla de Argelia del director italiano Gillo Pontecorvo, con la música o, mejor dicho, el paisaje sonoro del maestro Ennio Morricone. Film ganador del León de Oro en Venecia.

Durante mis estudios de cine en Suecia vi varias veces esa magnífica obra del Séptimo Arte. Es parte de mi colección. El film relata la historia de los rebeldes argelinos y su miseria durante la lucha por su independencia de los franceses. Lo curioso que me pasa con este film es que nunca olvidé el nombre del líder rebelde Ali La Pointe. Yo tengo una magnífica memoria visual, pero la otra me traiciona. En el film destaca el teniente coronel francés Mathieu, terrible personaje, un torturador de tomo y lomo. Cuando comenzamos a comentar el film nos enteramos de lo feliz que había sido la infancia de nuestro amigo en Argelia. Estudió y vivió gran parte de su juventud en aquel bello país africano.

Yo percibía que hablar del colonialismo no era un tema agradable para él, pero sí muy interesante para mí. No solo porque viví siete años en Mozambique, excolonia portuguesa, sino porque mis abuelos por parte de mi padre provienen de ese país.

Mi propuesta no buscaba incomodar; yo solo quería provocar una conversación sobre el colonialismo. Rápidamente percibí que mi elección no había sido la más atinada. Bastó que nuestro amigo se refiriera a Charles de Gaulle como un traidor para darme cuenta de lo mucho que le dolió el giro que este personaje hizo de su postura inicial, cambio que finalmente dio término a ese periodo colonial al firmar la retirada pacífica de Francia de Argelia. Terminada la pandemia y de regreso a nuestros encuentros reales, nunca más tocamos el tema. Finalmente, el grupo sufrió su ausencia con su regreso a Francia.

Volviendo al tema de los desmanes en las calles de París por causa del fútbol. Al observar con detención la formación del equipo de Paris Saint-Germain y de la selección de fútbol de Francia que participó en el mundial, quizás pueda ayudarnos a encontrar las motivaciones que provocan la violencia.

En el plantel de Paris Saint-Germain constatamos que la gran mayoría de sus jugadores son de ascendencia extranjera. También vemos que el dueño es Nasser Al-Khelaïfi, de Qatar. La plantilla oficial del primer equipo se compone de 16 jugadores de ascendencia extranjera, principalmente africanos, y otros cuatro 100% africanos. Si realizamos el mismo ejercicio con la selección de Francia, constataremos que está compuesta por 22 jugadores de ascendencia externa, también mayoritariamente de procedencia africana.

La ironía del destino nos señala que quienes conquistaron la Champions League dos veces con el Paris Saint-Germain, que bajo la capitanía de Kylian Mbappé y del mejor jugador de Europa, Ousmane Dembélé, Francia jugó el mundial de 2026, son hermanos de raza con quienes participaron en los desmanes.

El fenómeno de la participación de descendientes de extranjeros en las selecciones de fútbol es universal. En este mundial, la selección de USA tuvo 12 jugadores descendientes de extranjeros o que nacieron fuera del país, más su entrenador. El equipo de Inglaterra estaba compuesto por 20 jugadores de ascendencia extranjera. En la alemana fueron 12 jugadores; Países Bajos aportó con 11 y los suecos con 5.

Si hacemos el ejercicio mental, virtual, de ponernos en la cabeza de esos jóvenes que protestaban en Francia, que mayoritariamente eran hijos de inmigrantes —jóvenes que habitan el complejo ambiente de los suburbios de París—, quizás podremos comprender las razones de su actuar. Son jóvenes con una doble militancia, cultural y territorial. Jóvenes que arrastran el dolor de sus padres y abuelos que padecieron la época colonial en África.

Qué difícil es encontrar en nuestras sociedades un punto de equilibrio que permita una mejor convivencia. Una sociedad donde la gran mayoría se sienta cómoda, respetada, con libertad plena. Libertad que signifique poder hablar sin miedo, pensar sin censura, disentir sin ser castigado, viajar sin pedir permiso, soñar sin que el Estado controle todo. Libertad significa tener opciones, dignidad y el derecho elemental a ser dueño de su propia vida.

Durante mis años en Suecia conocí y asimilé el significado de una palabra clave en esa cultura nórdica. Una auténtica palabra mágica. Lagom es su nombre. Se puede traducir como ni demasiado, ni demasiado poco. O sea, la cantidad justa. Palabra que refleja realmente la idiosincrasia sueca. Su equilibrio, moderación y proporción, evitando los extremos, es la búsqueda de la armonía, del equilibrio; finalmente, la felicidad Lagom.

Si llevamos este concepto Lagom al fútbol, lo vimos en la selección de Noruega y su vikingo estrella Erling Haaland. Leí que el dramaturgo noruego Henrik Ibsen fue quien acuñó el término Friluftsliv para describir los beneficios de pasar tiempo en lugares remotos que reportan bienestar espiritual y físico. Consiste en vivir una vida sencilla, en medio de la naturaleza, sin destruirla, sin perturbarla, a sentirse a gusto independientemente del clima. Una máxima de esta máxima es que no existe el mal tiempo, solo la ropa inadecuada.

En relación al desarrollo del fútbol en Noruega, el Estado aplicó un plan estricto. Hasta los 12 años prohibió publicar tablas de posiciones, registrar goleadores o entregar trofeos de campeones en torneos infantiles. La idea es incluir a todos sin discriminar. Ningún club puede descartar a un niño por bajas condiciones antes de los 13 años. Las academias de los clubes profesionales deben compartir sus metodologías en plataformas abiertas de la Federación. La federación subsidió las licencias UEFA B y C para que los entrenadores de niños de 8 a 12 años no fueran sus padres voluntarios, sino técnicos formados. En este punto puedo dar fe de que esta fórmula corresponde a un criterio nórdico. Fui entrenador de tenis en Suecia durante cinco de mis seis años que viví allí. Gracias a esta fórmula, era la directiva del club Viksjö Tennisklubb quien tenía la obligación de inscribirme en los cursos de la Federación Sueca de Tenis, cursos en los que participaban entrenadores de todo el país. Una manera de uniformar criterios de enseñanza.

Ver a la hinchada de Noruega en masa remando sincrónicamente es un claro ejemplo de Lagom, es un potente símbolo en la búsqueda de un rumbo común, en igualdad de condiciones, en base a la colaboración, en la búsqueda de un objetivo colectivo.

El concepto Lagom está tan arraigado en la mentalidad sueca que el empresario Ingvar Kamprad, hace varias décadas, lo usó para crear IKEA y desarrollar el concepto de diseño democrático. Su objetivo principal fue ofrecer productos que combinen calidad, funcionalidad y estética a un precio tan bajo que la mayoría de las personas lo pudieran disfrutar. Mismo concepto que implementó también la marca sueca H&M. No es casualidad, sino consecuencia de la idiosincrasia nórdica. Creo no estar equivocado al pensar que es justamente lo que buscaba el líder político sueco Olof Palme: que el Estado y la política reflejaran el espíritu de aquella palabra mágica, Lagom.

Me atrevo a argumentar que el significado de Lagom es lo más parecido a nuestro sentido común. Quisiera creer o soñar que, en la medida que las redes sociales nos conectan a lo largo del planeta, los algoritmos harán que nuestro sentido común sea cada día más común. Esto podría acercar las posturas, al menos en lo que respecta a nuestras necesidades más elementales y esenciales para una mejor convivencia.

Según expertos, hoy son los extremos los que se potencian, tanto hacia la derecha como a la izquierda, haciendo desaparecer el centro. Como soy un eterno optimista y entendiendo que la vida es circular, los extremos terminarán por encontrar su centro. Terminarán por encontrar su Lagom.

A propósito de cosas que nos unen, curiosamente, con el poeta y escritor Omar Pérez, no solo nos une ser parte de la revista cultural Off the Record, sino también el haber vivido en esa sociedad Lagom llamada Suecia. Omar, al sur, en Malmö; yo, en Estocolmo. Pero lo más curioso es que también nos une una historia político-policial que se enmarcó en el contexto de la Guerra Fría. Nos dimos cuenta de que habíamos tenido algún tipo de participación en actos que se sitúan dentro de ese contexto.

Omar Pérez sufrió la trágica experiencia de ver la muerte de Olof Palme a través de los medios suecos. Me comentó que en Malmö, donde vivió entonces, había un chileno muy simpático que trabajaba de jardinero en el Kungsparken, de apellido Jara; Jarita le decían. En esos días de la muerte de Palme, este personaje dijo que había visto a Michael Townley, el agente de la DINA de Pinochet, en el aeropuerto de Copenhague. La tesis de que fue un chileno el que mató a Palme fue su invento; Jarita tenía fama de mitómano, inventor de cuentos. Antes había comentado que era hermano de Víctor Jara. La policía sueca investigó esta posible línea, pero luego la desechó. La confirmación de la presencia de agentes de la DINA en Suecia yo la pude constatar a través de unas fotocopias que una secretaria sueca sacaba clandestinamente del consulado chileno en Estocolmo. Documentos con las fotos, nombres y datos personales. Esto sucedía en la época de la Guerra Fría. Omar Pérez, luego de la muerte de Palme, escribió el cuento La noche del viernes en Malmö, que en parte dice así:

«Ese sábado, primero de marzo de 1986, dormí aplastado por su cuerpo joven y potente, cuerpo alimentado de yogures y raíces para soportar la nieve y la oscuridad, cuerpo adiestrado a golpes de saunas suecos que alternan el frío y el calor, el fuego y el hielo. La felicidad es dormir junto a un cuerpo gozado y saboreado.

El teléfono, el infeliz del teléfono, sonaba histérico en la madrugada. ¿Quién complota a esta hora temprana, después de una noche de bohemia? ¿No saben que ayer bigardeamos sin jactancia y boato en Copenhague, corrimos para alcanzar la lancha para ir a escuchar el show poético de Lasse Söderberg en el pub subterráneo de Malmö y antes de ir al Stippes bebimos un litro de vino?

El fastidioso no paraba de sonar.
—Contesta el teléfono —le digo, con desatiento de macho irritado.
—Aló, aló —dice ella, cayéndose de la cama.
—Han matado a Olof Palme, hija —dice su padre por teléfono. La hija tiene una oreja pegada al suelo, la otra en el auricular y su traste desnudo sobre la cama».

Resulta que la secretaria sueca que me pasó los documentos mencionados me contó que, para el 11 de septiembre de 1973, ella vivía en Nairobi, Kenia, donde organizaba safaris para ricos europeos. Recibió la llamada de su padre, quien llorando le cuenta la triste noticia de la muerte de Salvador Allende. Mientras yo escuchaba su relato, pensaba cómo era posible que Tina —cuyo segundo apellido es Wallenberg, que pertenecía a una de las familias más poderosas de Escandinavia— y su padre, otro millonario exportador de flores en Portugal, pudieran afectarse tanto con la muerte de Salvador Allende. Tina prometió a su padre que haría algo para ayudar a los chilenos. Al poco tiempo Tina se divorció y, ya de regreso en Estocolmo, en su fundo Öraker, en la comuna de Kungsängen, se transformó en la secretaria de nuestro consulado.

Cuando han pasado 38 años de la muerte del líder suco, con Omar nos encontramos trabajando en la realización de un videoarte en homenaje a Olof Palme y, de alguna manera, también a Salvador Allende, como una forma de rescatar el legado político de ambos y como una manera de inducir a los políticos y a la gente para aplicar en nuestra sociedad el sentido común de la palabra Lagom.

Un posible nombre del video: La Cofradía del Puerto o Los Justicieros Fracasados. Omar, un poeta marcado por el exilio en Suecia, recorre junto a las sombras del Valparaíso nocturno no en busca de musas, sino de asesinos. Como líder de una cofradía secreta de poetas-criminólogos formada en la frialdad de Malmö, Omar persigue una verdad que ha obsesionado por décadas a su grupo de poetas exiliados: la implicación de la DINA en el magnicidio de Olof Palme.

La búsqueda lo lleva finalmente al mítico Bar Liberty, en el corazón del Barrio Puerto. Según sus informantes, los viejos exagentes de la dictadura se ocultan hoy tras la fachada de parroquianos comunes en bares de mala muerte. El móvil del crimen no fue solo político: Omar sostiene que el asesinato de Palme fue el precio a pagar por la amistad y colaboración que ofreció a Allende luego que este, en su discurso ante la ONU en el año 1972 donde anticipó- “Estamos ante un conflicto frontal entre consorcios tecnológicos y la conciencia colectiva. Anticipaba, con su Proyecto Cybersyn, el auge de la inteligencia artificial”.