Hace cien años vino al mundo, en la ciudad chilena de Talca, Guillermo Blanco Martínez. En su novela satírica El joder y la gloria, publicada en 1997, acuñó el término de "la periodistés" para definir los acomodos y manipulaciones del lenguaje que campean en los medios de prensa, sobre todo en la televisión, como fórmulas consagradas para motivar al público, aun cuando suelen atropellar normas elementales de la gramática e incluso del buen hablar.
Nacido un 15 de agosto de 1926, Blanco falleció el 25 de agosto de 2010, poco después de cumplir 84 años. Maestro formador de periodistas, es recordado con gratitud por quienes fueron sus alumnos en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, que contribuyó a fundar en 1961. Fue también académico en otras dos universidades, siempre como un cruzado en la gesta eterna de promover y cuidar la buena redacción, tanto en los medios escritos como audiovisuales.
Se hizo conocido en los círculos literarios desde 1964, con la publicación de Gracia y el forastero, una novela romántica que registró varias ediciones. Pero, en rigor, se estrenó en la escritura dos años antes. Fue el coautor en 1962 de Revolución en Chile, bajo la firma de Sillie Utternut, supuesta periodista estadounidense que escribe, con la ignorancia típica del primer mundo hacia la periferia, sobre la justa electoral chilena de 1964. Guillermo Blanco y Carlos Ruiz-Tagle, autores reales del libro, lo firmaron como "traductores".
La sátira y la denuncia
La misma vena satírica de ese libro será retomada 35 años después en El joder y la gloria, título que obviamente fue una paráfrasis de El poder y la gloria, la célebre novela del británico Graham Greene. En este caso, la palabra joder está tomada en su acepción chilena y latinoamericana, como sinónimo de molestar, y no de fornicar como se usa principalmente en España.
La permanente defensa del buen lenguaje en su trayectoria académica y literaria hizo que en 1978 Guillermo Blanco fuera designado miembro regular de la Academia Chilena de la Lengua. Desde ese sitial, continuó dedicado a la escritura, ya fuera con fines didácticos o de creación, hasta completar 26 libros en toda su trayectoria. En 1999 fue reconocido además con el Premio Nacional de Periodismo.
El joder y la gloria es una crítica implacable al mal periodismo disfrazada de sátira. Es decir, un libro que entretiene y que a la vez invita a reflexionar sobre las deformaciones del léxico y los entramados de las llamadas rutinas periodísticas, que se construyen y aplican como anzuelos tentadores para captar audiencias, donde predominan los fines comerciales, relegando el deber de informar bien con que se forma a los estudiantes de Periodismo en las universidades.
Casi tres décadas después de su publicación, este libro mantiene vigencia. Las fórmulas de construcción de los noticieros televisivos continúan siendo prácticamente las mismas y el maltrato del lenguaje en muchos casos empeora, potenciado por la inmediatez de los sitios periodísticos online y con la incertidumbre de cara a la inteligencia artificial.
Se trata de un presente crítico para quienes comenzamos haciendo periodismo en la prensa diaria, con originales teclados en viejas Underwood que pasaban por la revisión de un jefe de informaciones antes de ir al taller donde los linotipistas componían galeras en plomo que, una vez impresas provisoriamente, pasaban por el ojo experto del corrector de pruebas, de sólida formación en ortografía y versado en el léxico castellano.
Parece existir un abismo permanente entre la industria de los medios y las escuelas formadoras de periodistas. Las y los jóvenes periodistas egresan de las universidades con un bagaje ético y una vocación social que rápidamente entra en conflicto con un mercado que maltrata la calidad en función de la audiencia. Y en este proceso también termina maltratado el lenguaje.
De eso trata El joder y la gloria. Y para ejemplificar la distancia entre la formación ideal de los periodistas y el "mundo real" de los medios, la novela tiene como una de las protagonistas a Sofía Morejón, la Chopi, una despierta y desinhibida estudiante en práctica que llega al canal de TV para trabajar a las órdenes de Spencer Barreto, el jefe de informaciones, apodado el Huascazo.
Su sinónimo y otro más
Con el típico aire paternalista de un periodista avezado ante una principiante, Spencer le insistirá a Sofía en que "lo normal nunca es noticia", lo cual lleva a la joven a recordar la clásica lección de que "no es noticia que un perro muerda a un hombre, sino que un hombre muerda a un perro", para desatar a partir de ahí una hilarante serie de propuestas a su jefe:
— ¿Y qué querís? ¿Al presidente de la República contando chistes? ¿Un ratón correteando a un gato? —la rabia parecía inspirarla— ¿Una guagua que le cambie pañales a la niñera? ¿Un loro enseñándole a hablar a su solterona? ¿Un cura bailando salsa?
Y Spencer, en lugar de molestarse por los atrevimientos de la joven, empieza a fantasear interiormente sobre los réditos para el canal en rating de estos acontecimientos "anormales", motivado sobre todo por el loro y su solterona. Y desde ahí a la preocupación de los sinónimos, donde el loro podrá ser presentado, entre otros nombres, como "vocífero verde" o "charlatán emplumado".
Es que la sinonimia es otro rasgo de "la periodistés". Ese afán de adjudicar miles de nombres diferentes a cualquier sujeto informativo, sin importar caer en lo chabacano, ridículo o rebuscado. Así, Estados Unidos no será solamente "el país del norte", sino también "la superpotencia", "el imperio de la Coca-Cola" e incluso "la patria de Marilyn". Los ejemplos de sinónimos forzados pueden multiplicarse al infinito.
El noticiero televisivo de la novela es el Tonticiario y su estructura se apoya obviamente en la primacía de dos tipos de informaciones: el fútbol, en los fines de semana o con ocasión de eventos deportivos importantes, y, como plato cotidiano, la crónica roja, con asesinatos, tiroteos, secuestros y, en general, hechos de sangre, por lo cual esta sección se denomina Kétchup.
Nada ha cambiado. Hoy las noticias de la TV, al menos en los canales chilenos, siguen ese patrón y el "kétchup" es tan relevante que genera impactos políticos. La cobertura reiterativa de un hecho policial, con imágenes repetidas y declaraciones uniformes de representantes de la policía o los tribunales, contribuye a crear sensaciones colectivas de temor y magnifica la sensación de inseguridad, como buen caldo de cultivo para propuestas populistas de extrema derecha que captan votos prometiendo acabar con la delincuencia.
Asociado a esto, y como una suerte de subsección, el Tonticiario incluye El muro de los lamentos, cuyo fuerte es dar tribuna a televidentes que lloren ante las cámaras por un ser querido, o en tragedias sísmicas e inundaciones, o increpen a una autoridad local por un semáforo que no funciona o un bache en el asfalto. La información internacional por lo general es irrelevante y casi un mal necesario. Para salir del paso, está la sección El mundo en un segundo, que hace desfilar menciones e imágenes ínfimas de acontecimientos en otras latitudes, sin mayor contexto.
El joder y la gloria se apoya sobre todo en la información policial para denunciar, en un tono que no por grotesco deja de ser real, atropellos frecuentes al buen uso del lenguaje. Así, cita despachos donde se habla "de los delincuentes que no lograron ser aprehendidos", o de "la niña que intentó ser violada dos veces", entre otros ejemplos.
Si Guillermo Blanco a sus cien años siguiera vivo, no le faltarían aberraciones de los relatos periodísticos que sumar a El joder y la gloria. Tal vez el mejor homenaje a su memoria sea no bajar la guardia y seguir en esta labor de denuncia y de defensa del buen lenguaje periodístico, tan menoscabado.















