Durante la grabación de uno de los cientos de capítulos del programa cultural de televisión Off the Record, gracias al auspicio que nos otorgaba Julio Sau –gerente general del Fondo de Cultura Económica en Chile– tuvimos la oportunidad de conocer y entrevistar a Carlos Prieto Jacqué, famoso chelista mexicano.

Destacado escritor, académico e ingeniero, impulsó la creación de numerosas obras contemporáneas escritas especialmente para él. Carlos Prieto fue gran amigo de Stravinsky durante el tiempo que estudió en la Unión Soviética, lugar donde también conoció a Shostakóvich. Fue interesante haber conocido y grabado la entrevista con Carlos Prieto, pero más lo fue conocer la historia de quien lo acompañaba en su viaje a Chile. Su pareja era su chelo, llamado originalmente Piatti y fabricado en 1720. Pero este personaje no era un cualquiera: se trataba nada más y nada menos de un chelo Stradivarius, al cual Carlos había bautizado cariñosamente como Chelo Prieto.

Como es de suponer, viajar con ese tesoro no es tarea simple; requiere de una muy bien estudiada rutina y estrategia. No se le puede embarcar así como así, como si fuera una vulgar maleta. Es inimaginable ver partir a un Stradivarius en la banda mecánica y quedarse con los dedos cruzados observando cómo desaparece detrás del personal del check-in. La mejor solución fue darle vida y bautizarlo. Le sacó pasaporte. De esta manera, podía comprarle pasaje en primera clase y viajar junto a su progenitor.

Mientras preparábamos la grabación de Off the Record, Carlos Prieto, con mucha parsimonia, comenzó a abrir el estuche. Desde cierta distancia, lentamente, vi emerger su bella figura. Paralizado unos segundos, hipnotizado contemplando el Stradivarius, no pude resistir acercarme y acariciar aquellas delicadas curvas.

– Señor juez, me declaro culpable de haber acosado sexualmente a un Stradivarius.

A propósito de lo importante que son mis recuerdos para la creación, con el paso del tiempo, la música ha ido convirtiéndose en un elemento fundamental de mis trabajos. Durante mis múltiples visitas a lo largo de dos décadas a beber café con el Premio Nacional de Literatura, el poeta Armando Uribe, tuve la oportunidad de conocer a Satie. Nuestra conversación, o mejor dicho, sus monólogos, tenían su música como fondo de pantalla. El objetivo principal de mis visitas era escuchar y aprender.

Desde entonces, Satie ocupa un lugar de privilegio en el hit parade musical de mi escritorio/atelier. Su estilo melancólico me empujó a interesarme en su vida. La saudade me tira. Así supe de Suzanne Valadon, único amor de su vida, quien era una muy bella y excéntrica modelo que alimentaba con caviar a sus gatos, bebía en los peores bares de París y se dejaba dibujar por Renoir y Toulouse-Lautrec. Fue un amor de pocos meses en la vida de Satie, pero fue la musa inspiradora de sus composiciones más lúgubres. Dicen que el día que Satie murió, algunos amigos, al entrar a su cuarto, encontraron decenas de cartas escritas a Suzanne Valadon.

– Cada film que he realizado me ha permitido paliar en parte mi ignorancia.

Mientras estudiaba cine en Suecia conocí a Adolfo Silva, apodado el "Tigre" Silva. Viejo productor de cine chileno que, luego del golpe de Estado de 1973 y de su paso involuntario por Isla Dawson, recaló en la biblioteca del Svenska Filminstitutet, ubicado en el edificio de Filmhuset, que también alberga el Dramatiska Institutet, donde yo estudiaba.

Con el "Tigre" logramos finalmente conseguir apoyo para producir La Nacencia. Pero antes, en un viaje que realicé a Moscú, pude abastecerme con una serie de discos long play de compositores clásicos rusos que el "Tigre" me había recomendado. Así supe de la existencia de Shostakóvich, Stravinsky, Rajmáninov, Prokófiev y Músorgski, como también de unos nórdicos como Sibelius y Grieg.

Viajamos a España, a un pueblito de aquellos blancos en lo alto de las montañas llamado Bubión, en Granada, lugar donde filmamos La Nacencia a partir de un poema de Luis Chamizo. Poema que fue acusado de blasfemia. El filme es un homenaje a Salvador Allende, en el cual usamos varios de esos autores rusos.

En Mozambique, estos músicos también fueron parte del filme Mozambique, imágenes de un retrato, película experimental que aborda la trágica existencia que sufrían miles de personas por hambruna y enfermedades, pero principalmente por la guerra que la Sudáfrica del apartheid había introducido en Mozambique. El filme ganó el Festival de Cine de Moscú en la categoría documental. Federico Fellini ganó en ficción. También ganó un premio en el Festival de Leipzig, donde premiaron el flagrante contraste de la imagen y la banda sonora.

La siguiente anécdota la he comentado anteriormente, pero no me canso de reír y disfrutar. Todo sucede gracias a un comentario que hizo un viejo amigo de la infancia que ya no está, Jorge Gazón, ex socio del café y de Off the Record. Sucedió cuando vine a Chile en 1983 a filmar, clandestino, Rebelión ahora. Pedí a Gazón que me pasara a buscar a Las Rejas, sector bajo de Santiago donde vivían mis padres, para que me llevara a la productora de Abdullah Ommidvar, en la comuna de Providencia, lugar donde estábamos editando el filme. Abdullah, naturalmente, no tenía idea de qué trataba el filme. Mientras Gazón conducía y pasábamos frente a la Estación Central, en la avenida Alameda, le preguntó si podía cambiar la música que escuchábamos. Giré largo rato el dial hasta que de pronto detuve el dial y exclamé:

– ¡Es la Sinfonía de Leningrado de Shostakóvich!

Gazón gira lentamente su cabezota, me mira con cierto desprecio y dice:

– ¿Qué te creí, conchetumadre, si vo también soy de Quinta Normal?

Con el tiempo he ido aquilatando el improperio gratuito que me regaló mi querido amigo de infancia, que vivía en una especie de conventillo frente a mi casa, comprendiendo cuán profundo era su comentario. Ambos nacimos en un país donde la movilidad social es una quimera. Donde la realidad marginal que se vive en los barrios de la periferia es una cicatriz, un tatuaje grabado a fuego lento en los cuerpos de miles de jóvenes que no han heredado otra realidad que la de sus padres.

Observando la televisión de hoy, plagada de violencia y farándula, se permite claramente comprender la enorme desigualdad y discriminación que padecemos aún en el país. Estamos plagados de prejuicios que se transforman en regla, en dogma, en nuestra verdad, con la cual medimos todo y a todos. Sobran los ejemplos de jóvenes que provienen de estratos bajos que sufren luchando contra esa herencia.

Destacados deportistas, principalmente futbolistas, hoy son influencers o cantantes urbanos que, a punta de mucho esfuerzo, han logrado crearse una oportunidad de experimentar una nueva vida, pero ven hecha trizas esa esperanza. La socialité los rechaza, los discrimina, no los acepta, menos aún en sus territorios.

Situación que es un fiel reflejo del mundo actual. La política está saturada de ruido; no tiene música o melodía. Está totalmente desafinada.

Políticos, intelectuales y artistas andan con mala música en el alma. Se escuchan a sí mismos.

No hemos sido capaces de crear una canción cuya letra diga que es necesario crear un Estado que adquiera un compromiso ético con la igualdad, al menos en lo esencial; y que, para garantizar eso sin limitar la libertad, hay que tolerar la desigualdad en lo superfluo: el que pueda tener un Porsche, que lo tenga, pero para el que no pueda, que el Estado le garantice transporte, salud y educación pública de calidad. Pero lo primero y fundamental es que el Estado tenga capacidad reguladora y fiscalizadora, con castigos ejemplares para quienes abusen del sistema.

Al mundo actual le falta melodía y le sobra ruido; si no, intenten comprender el éxito de Bad Bunny o explicarse el exceso de tatuajes. Creo que son una forma actual de comunicar algo que no saben expresar con palabras. Al parecer, les basta mirarse al espejo y sentir que existen.

Es común oir deicr a los políticos de izquierda y derecha que no hay homogeneidad en sus sectores.

–¡Bendito momento!– dirían los Power Peralta, wow moment.

Digo esto con una leve sonrisa. Pero para explicar mi sonrisa, cedo el moment al sabio Humberto Maturana, quien dijo lo siguiente cuando propuso reemplazar la palabra oposición por "colaboración".

– En la política, para cambiar la dinámica de competencia destructiva por una de convivencia y proyectos comunes, argumento que oposición niega al otro, mientras que colaboración fomenta el respeto mutuo, la honestidad y un propósito compartido. ¡Viva entonces la heterogeneidad!

Creo que sería una tremenda ayuda para nuestra sociedad que adoptáramos el pensamiento de Maturana como guía, y a él como nuestro gurú.

La aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia.