En algún país de Latinoamérica cuyo nombre no viene al caso en este momento —llamémoslo Feudalia— los movimientos guerrilleros estaban en ascenso. Tanto en zonas rurales como en la ciudad capital, la insurrección iba ganando espacio a pasos agigantados. Eso encendió las alarmas en la clase dominante.

Terratenientes, banqueros y empresarios hablaron muy seriamente con el ejército: era imprescindible terminar con ese cáncer que, según decían los encumbrados propietarios, “destruía la paz de las buenas familias”. Por eso, fue necesario emprender una furiosa campaña de exterminio de esa “plaga”. La embajada de Estados Unidos, por supuesto, no era ajena a esas decisiones.

Un viernes por la noche, en casa de uno de los hacendados más conspicuos de Feudalia, don Eugenio M., con abundante whisky en el vaso de cada uno de los participantes de la reunión —todos hombres; la única mujer era Patricia, la hija del rico terrateniente—, el embajador norteamericano fue quien tomó la palabra en un determinado momento para dirigirse al general J., comandante en jefe del ejército.

El comentario, que era una directiva presentada con relativa elegancia diplomática, fue terminante: había que acabar con esa “pústula maligna de los comunistas alzados en armas que asolaban la patria”. Ya con un aire de complicidad, incluso guiñando un ojo, el funcionario estadounidense agregó: “Ustedes, los militares, sabrán cómo hacer su trabajo. Para eso los preparamos, ¿verdad?”.

Patricia se horrorizó al escuchar esto. Ella, en total clandestinidad, apoyaba al movimiento revolucionario como colaboradora periférica. Si bien asistía a la más cara y reputada de las universidades privadas, donde buena parte de las clases se impartían en inglés, su novio la había ido sensibilizando con ideas sociales y progresistas. Él, a escondidas de su padre, no era un estudiante universitario sino un obrero de una de las industrias de don Eugenio: una procesadora de lácteos.

La distancia que se iba dando entre el millonario y su hija se asentaba en el odio que ella acumulaba contra su padre. Hija única, en realidad, su historia comportaba una complejísima trama que la tenía atrapada. Precisamente, ella era hija solo de su padre. Su madre real era una empleada doméstica de la casa, que había quedado embarazada de don Eugenio en alguna de sus numerosas correrías. La que hubiera debido ser su madre, la esposa del hacendado, había fallecido en el parto junto con el bebé, unos meses antes del nacimiento de Patricia. Por tanto, ella era producto de una transgresión paterna.

La muchacha se crió sin madre, al cuidado de un par de nodrizas, de varias empleadas domésticas y, siempre distante, de su padre. Nunca le faltó nada material; por el contrario, estuvo abarrotada de cosas: comida, ropa, juguetes, distracciones. Pero faltó el calor familiar. Supo de su procedencia a los quince años por infidencias que fue recabando del personal de la casa. Su padre, interrogado al respecto por Patricia, respondió con un enredado galimatías que nunca la dejó conforme. Ahí arrancó el odio.

Don Eugenio nunca supo que su hija estaba al tanto de todo. Quiso quedarse con la idea de que la muchacha le agradecía el haberla adoptado. Para Patricia las cosas eran distintas: albergaba una cólera mayúscula. Eso fue, sin duda, lo que la fue llevando a abrazar ideas contestatarias, contrarias a la pompa con que vivía y a su posición social de heredera de una de las fortunas más grandes del país. Para ella todo eso vinculado a su padre era despreciable; ese lujo, esa demostración de poder y de boato con que vivía, constituía una banalidad sin ningún valor real. Fue así como, paulatinamente, fue acercándose más al movimiento revolucionario.

Al escuchar lo dicho en esa reunión, tomó la decisión: se involucraría de lleno en la guerrilla. Habló con su pareja, le transmitió lo ocurrido en la reunión de su casa y este le facilitó el contacto con los respectivos cuadros del movimiento que la incorporarían.

Luego de un par de meses de preparación ideológica y militar, un día abandonó su hogar, dejándole al padre una misiva donde explicaba muy escuetamente el motivo de su decisión. Y donde también le hacía saber que conocía toda la historia de su nacimiento. Su madre biológica, valga recordar, salió totalmente de la escena de don Eugenio, pues una vez que nació la niña fue despachada a su aldea de origen con una fuerte suma de dinero, bajo la amenaza de que no debía volver a hablar de ese asunto con nadie, nunca jamás en su vida. La pobre joven —diecisiete años tenía en ese entonces— acató sin chistar, entre el miedo y la vergüenza por lo hecho. Patricia nunca pudo ubicar dónde vivía su progenitora.

La guerra arreció. La desaparición forzada de personas, las masacres en zonas rurales y el asesinato selectivo de personas consideradas “peligrosas” por las fuerzas armadas se hicieron moneda corriente. Don Eugenio quedó consternado con esa partida. A su modo, si bien con esa distancia afectiva imposible de borrar, quería mucho a Patricia. En realidad, sentía que era lo único que amaba en su vida. Su esposa había fallecido y todas las demás mujeres que pasaban eran solo eso: mujeres pasajeras, divertimentos. Había depositado muchas ilusiones en su hija, que, pese a esta circunstancia que ahora lo agobiaba, seguía siendo su pasión.

Patricia, desde el primer momento de su incorporación a las filas del movimiento armado, demostró un compromiso total con la causa, al mismo tiempo que una valentía inusitada. Tomó parte en un par de operativos en la zona urbana, destacando por su coraje. El odio contra la riqueza de donde provenía la hacía una feroz atacante de esas diferencias sociales. Criticaba acremente y disparaba balas reales contra todo eso. A los dos policías que había matado —pobres trabajadores asalariados, en definitiva, ganados cruelmente por la ideología de quienes defendían sin saberlo— los tenía como un logro, como un trofeo.

La represión también arreció de forma monumental. Estado de sitio, en algunas zonas toques de queda, patrullajes continuos de la policía y el ejército, militarización total de la vida cotidiana y puestos de control a cada paso fueron marcando la rutina de Feudalia. Don Eugenio se movía siempre, día y noche, con varios guardaespaldas. De distintos modos y por distintos medios le había hecho saber a su hija que la esperaba de regreso, perdonándola en todo. Patricia, al saberlo, se enfureció. Lo maldijo, asegurándose de que ese padre abusador —seguramente violador de su madre, aquella pobre empleada doméstica— en algún momento debería recibir su castigo. Por lo pronto, ya era un fuerte castigo el abandono al que se había visto sometido.

El millonario había preferido mantener con un perfil muy bajo la partida de su hija. Con mucha discreción hizo saber al alto mando de las fuerzas armadas el “equivocado” camino que la jovencita había tomado, ofreciendo una gran suma de dinero por cualquier información que se le pudiera brindar al respecto, pidiendo que, de caer detenida, se le perdonara la vida y se le permitiese salir al extranjero. Él afirmó categóricamente que correría con todos los gastos y bonificaría muy generosamente a quien o quienes facilitaran ese destino.

Pero las cosas no fueron tal como él las había concebido. Patricia fue detenida en una compleja operación en un poblado más o menos cercano a la capital, en una casa de seguridad que los servicios de inteligencia pudieron detectar. Hubo resistencia por parte de la guerrilla, que abrió fuego. En la refriega cayeron cuatro miembros del movimiento, por lo que Patricia y su acompañante, habiéndose quedado sin municiones, no tuvieron más alternativa que entregarse.

Dado que eran muchas las fuerzas operativas encargadas de la represión, en muchos casos sin mayor coordinación entre sí —escuadrones de la muerte del ejército, de la policía, grupos de tarea de las distintas fuerzas de seguridad del Estado, todas con un mismo fin, pero a veces superponiéndose en su accionar—, la noticia de esta detención no llegó a oídos de la cúpula militar. Patricia había cambiado su identidad; ahora tenía un documento falso con otro nombre y había modificado mucho su aspecto físico.

Por lo pronto, se había cortado el cabello con un estilo casi varonil y se lo había teñido de otro color. Igualmente, dado el duro entrenamiento físico al que se había sometido, había perdido considerable peso. Su anterior aspecto de “gordita” había cambiado al de una mujer delgada, enjuta. Estaba casi irreconocible. Nadie supo que era la hija de uno de los hombres más ricos del país.

Como sucedía siempre en estos casos, las personas detenidas desaparecían del ámbito legal. Eran trasladadas a centros clandestinos donde podía ocurrir cualquier cosa; como mínimo —y esto ya era norma obligada—, se las sometía a terribles tormentos. Había protocolos de intervención que se seguían al pie de la letra. Los militares, desde la más alta cúpula hasta los torturadores de oficio —en general, suboficiales—, sabían exactamente lo que debían hacer, como si siguieran un manual. “Para eso los preparamos”, habían sido las palabras del embajador. Efectivamente, dicha preparación había sido muy eficiente, pues todas las fuerzas, incluidos los grupos paramilitares y parapoliciales, actuaban con precisión profesional. A cada mujer detenida, como mínimo, la violaban varios hombres.

Luego venía la segunda fase, que consistía, torturas mediante, en intentar quebrar psicológicamente la resistencia de cada persona detenida. De ser posible, se buscaba realizarles un profundo “lavado de cerebro” para convertirlos en colaboradores de las fuerzas represivas. Si se podía —cosa que muy pocas veces se lograba—, se apuntaba a hacerlos pasar de bando, de la izquierda radical a una derecha visceralmente anticomunista. Ese era uno de los dos objetivos perseguidos: inducirles una profunda transformación por medio de esa infame guerra psicológica o, si ello no resultaba, abandonarlos en algún descampado, muertos, con evidentes señas de crueles torturas, enviando así un claro mensaje de cómo terminaban quienes tomaban ese camino.

Patricia, que hasta el momento de incorporarse a las fuerzas revolucionarias oscilaba dudosa entre este nuevo ideario político y su tradicionalista formación católica, a los veinte años aún era virgen. Con su novio se había planteado atreverse a tener relaciones sexuales, pero por sus temores y prejuicios morales —pertenecía a grupos juveniles de la iglesia—, esas relaciones nunca se habían consumado. Perder la virginidad en esas condiciones fue para ella catastrófico. El primer hombre en someterla fue quien luego sería su torturador habitual. Lo apodaban “Monstruo”.

Sobrenombre más que apropiado, porque el sargento del ejército Rubén S. era un verdadero monstruo en su trabajo. Depravado y psicópata, entre algunas de las cosas que le gustaba hacer estaba beber la sangre de sus prisioneros; la sangre, claro está, que fluía producto de las torturas. Con las mujeres se ensañaba particularmente. La violación era solo el inicio.

Patricia, que moría de miedo al ver lo que se venía, orinándose por el terror sufrido, tuvo una experiencia tremendamente traumática durante esa violación: tuvo un profundo orgasmo. El “Monstruo” lo advirtió, lo cual —muy en secreto— lo llenó de orgullo. Eso lo hizo sentir el “macho más macho”, porque hasta las prisioneras gozaban sexualmente con él. En su alocada fantasía, eso era motivo de jactancia, de vanidosa vanagloria. “Era el mejor en todo”, elucubraba. “¡Hasta para coger!”.

Luego de la violación vinieron los golpes. No contento con eso, el torturador volvió a violarla. Y nuevamente hubo un orgasmo. Pensó que podía ser fingido, pero algo le decía que no, que era totalmente real. Acercándose al oído de Patricia, preguntó con expresión sarcástica: “¿Te gustó?”, a lo que la muchacha asintió con la cabeza.

Eso era raro, porque todas las mujeres violadas respondían, entre llanto e indignación, con insultos, gestos de repudio y profundo desprecio. Con Patricia no había sido así. El Monstruo, en esta ocasión, no la golpeó tanto; de hecho, no le provocó ninguna herida sangrante, solo bofetadas en la cara.

Al día siguiente se repitió otra sesión de tortura. La misma consistió esta vez solo en violaciones. Amarrada de pies y manos, tres veces alcanzó el orgasmo la joven, por lo que el verdugo se dio por satisfecho sin llegar a los golpes. Cuando otro torturador se disponía a violarla también, el Monstruo intervino, diciéndole que ya no era necesario, que esa “puta guerrillera de mierda” iba a colaborar.

Contra toda lógica, contrariando todo lo visto hasta ese entonces en estas cárceles clandestinas y en la relación entre torturador y torturada, se estableció una secreta relación entre ambos. Con miradas cómplices, sin decirse una palabra, se comenzaron a entender. Los compañeros de tarea del Monstruo notaron, como algo insólito, que no había golpes, sangre, insultos aberrantes ni dolor insoportable. Solo sexo, reiteradamente.

En algún momento en que quedaron solos en la cámara de tormentos, Patricia y el sargento, este, con voz muy tenue y acercándose al oído de la muchacha sin que nadie pudiera oírlos, le propuso: “¿Nos fugamos?”. Una vez más, la joven dijo que sí con un gesto, esbozando una tímida sonrisa. Para sorpresa de ambos, el Monstruo selló el pacto con un tímido beso en los labios de quien yacía amarrada en esa cama.

Patricia tenía una infinidad de sentimientos cruzados en ese momento. Lo único que quería era salir del suplicio en el que se encontraba. Verse privada de libertad, amarrada y en manos de gente a la que odiaba y que le provocaba repugnancia, le resultaba tremendamente traumático. Si este siniestro personaje que lo único que hacía era violarla —pero, curiosamente, también satisfacerla, aunque fuera en esas patéticas circunstancias— podía ser el salvoconducto para salir de allí, lo aceptaba.

En el verdugo también se daba una multitud de pensamientos y emociones que él mismo no entendía. Sabía que su trabajo consistía en “ablandar” a las personas detenidas que recibían en ese centro de detención y que para eso era imprescindible doblegarlas físicamente. Las violaciones, los golpes, las más repulsivas humillaciones, gritos e insultos eran los instrumentos idóneos para lograrlo.

Si se “quebraban”, si pedían clemencia —no todos lo hacían, por supuesto—, era fácil manejarlos. Pero con Patricia no sabía qué le había sucedido. Era una joven más de tantas que habían pasado por ese lugar de martirios, una más que le había sido encargada para aterrorizarla y lograr que diera nombres, lugares e información relevante, para hacerla desistir de esas “locas ideas que se le habían metido en la cabeza” y lograr que se pasara al bando contrario.

Patricia, claramente, no se había pasado a ningún nuevo bando; lo único que quería era escapar de esa horrible y espantosa situación. Al día siguiente el Monstruo volvió a musitarle al oído con aire cómplice: “Me llamo Rubén, y mañana nos vamos”.

No viene al caso relatar los detalles precisos de cómo fue la fuga, pero lo cierto es que, al amanecer del día siguiente, Patricia se vio caminando por la calle de la mano del Monstruo, ahora Rubén, con ropa harapienta, sucia, manchada de sangre y heces fecales, dolorida por los vejámenes sufridos, pero con una rarísima sensación de alegría.

Iban de la mano, sin cadenas, sin ataduras, en silencio. Podría haber huido, salido corriendo o gritado, pero no lo hizo. Caminaron así por un buen tiempo, una hora quizá, hasta que llegaron a una modesta casa en los suburbios de la ciudad. Recién allí el hombre habló.

“Aquí vamos a vivir por ahora, unos días. Después nos marchamos del país. Ni en sueños intentes escapar, porque te lleno de plomazos”. La voz estentórea era terminante. Patricia, cada vez más confundida, lo único que atinó a hacer fue pedirle que la besara. El beso terminó en una nueva relación sexual, esta vez sin ligaduras y mucho más prolongada que en las ocasiones anteriores.

Luego de una larga tanda amorosa con varios orgasmos, sin las prisas oprimentes de la situación anterior, sin otras personas alrededor que gritaban enardecidas, sin poderosos reflectores que iluminaban la patética escena y sin los olores nauseabundos que provenían de las celdas contiguas, por primera vez el Monstruo pareció ser un ser humano, no una máquina.

Rubén tenía una edad indeterminada que la joven no podía calcular, quizá entre treinta y cuarenta años. Era la primera vez que lo podía mirar a los ojos sin sentir terror. Sin entender por qué lo hacía, acarició el pelo del sargento. La respuesta de él fue acariciarla también, en un gesto que denotaba ternura. Con voz entrecortada, y con lágrimas que querían asomar a sus ojos pero que fueron rápidamente disipadas, el sargento le dijo que ella no era “como todas las demás”.

Efectivamente, era así: Patricia no había aborrecido a su violador, llegando a escupirlo, por ejemplo, tal como habían hecho todas las anteriores. Ella, por el contrario, sentía otra cosa. No podía hacerse a la idea de que lo amaba, porque eso le parecía aberrante y asqueroso, pero algo le pasaba que le impedía sentir el deseo de insultarlo, maldecirlo o abominarlo. Quizá eso era lo que correspondía, pensaba ahora, mientras recibía caricias en su cabello, mugriento tras días sin lavarlo.

Mientras se prolongaba esta escena rara y verdaderamente confusa, se escuchó que abrían la puerta. Patricia se sobresaltó, pero fue tranquilizada por el Monstruo —ahora Rubén—, quien con voz calma indicó que era su hermana.

Al entrar, la mujer presentaba un aspecto que bien podía calificarse de bruja: toda despeinada, con un olor bastante pestilente, la ropa desalineada y una risa aguda que hacía estremecer. “¿Quién es esta?”, inquirió con chispas en los ojos.

“Tranquila, hermana. Es mi novia y mañana nos vamos para Y”.

“¿A Y? Eso es otro país. ¿Y qué mierda vas a ir a hacer ahí? ¿Te vas a llevar a esta? Pero… ¿y el ejército?”.

“Ya no pertenezco”, afirmó Rubén con resolución.

“Ahí sabrás qué hacer”, agregó la recién llegada, dando por finalizada la conversación.

Patricia sentía que no podía reaccionar. Las cosas se iban sucediendo de un modo vertiginoso, con una fuerza que ella no podía controlar. Podía salir corriendo, pese a la amenaza de los “plomazos”, pero no deseaba hacerlo. Algo inexplicable la unía a su reciente torturador. No se sentía enamorada, precisamente, pero tampoco albergaba resentimiento ni un odio profundo como pensaba que debía tener en ese momento. Su sensación, difusa y contradictoria, era de obnubilación. Solo se dejaba llevar, sin saber por qué.

Luego de desayunar, Rubén la dejó sola con su hermana, reiterándole la advertencia de que no fuera a cometer la locura de intentar irse. Salió un momento y en poco tiempo estaba de vuelta con algo de ropa limpia. No era nueva ni la más apropiada, pero al menos no se veía tan asquerosa como la que llevaba puesta Patricia.

“Es mejor que te cambies de ropa y que te bañes primero. Mañana, o quizá hoy mismo por la tarde, nos marchamos. Vamos a pasar por la montaña hacia Y. Yo sé cómo hacerlo”. Patricia, sin poder reaccionar y sin salir de su estado de estupefacción, asentía en silencio. En algún momento, ambos se miraron y se sonrieron. “¿Me gusta todo esto?”, se preguntó en un instante la muchacha. No se lo pudo responder.

No le gustaba, pero tampoco le desagradaba; sobrellevaba una situación extraña. Vivir con su padre se le había tornado insoportable; con su novio, la relación era algo tensa por su negativa a mantener relaciones sexuales, y el poco tiempo transcurrido en el movimiento guerrillero le había abierto los ojos sobre el mundo y sobre una infinidad de cosas de cuya existencia ni siquiera sospechaba, aunque en todo momento un terror indecible la había acompañado. De todos modos, acostumbrada a una vida de lujos, extrañaba todas las comodidades que le reportaba ser hija de un magnate. Con Rubén no sabía exactamente qué pensar.

Prontamente estuvieron instalados en un apartamento en P., la ciudad capital del nuevo país. Patricia no podía creer lo que estaba viviendo. La indicación de Rubén había sido estricta: por un par de meses no debía salir de la casa (vivían en una torre de apartamentos, en el octavo nivel). El lugar no era lujoso, pero tenía todo lo necesario para vivir. Sin embargo, la mezcla de sentimientos la tenía maltrecha.

En este nuevo domicilio no había agua caliente para bañarse y eso la exasperaba. Esos pequeños detalles, nimios al lado de la traumática experiencia vivida apenas un tiempo antes, le abrían preguntas a las que no sabía cómo responder. Rubén se esmeraba por hacerle la vida cómoda. A los pocos días de su llegada a esa nueva morada, apareció una mujer algo anciana que se ocupaba de buena parte de los quehaceres de la casa, aunque algunos los compartía con la muchacha. Ella, la señora, cocinaba y no permitía que Patricia se entrometiera en la cocina; terminada de preparar la comida, guardaba celosamente todos los cuchillos lejos del alcance de la joven.

Esta mujer —Leticia se llamaba— prácticamente no hablaba con Patricia. Permanecía todo el día junto a ella, pero más que una ayuda doméstica parecía una cancerbera. Las pocas veces que se dirigía a la joven era en tono agrio, casi despectivo, recordándole siempre que Rubén se podría enojar por cualquier desatino que ella cometiera.

La joven fue entrando en una situación de miedo que no sabía cómo solventar. Lo curioso es que, junto a Rubén, se sentía cómoda. Se preguntaba si eso era amor o un sentimiento loco y desquiciado. ¿Cómo iba a ser posible? ¿Cómo iba a guardar cariño, y mucho menos amor, por quien la había violado? Sentía que iba a enloquecer.

Pese al estado de somnolencia en el que vivía, empezó a hacer planes. Recobrando lentamente la calma, pudo comenzar a pensar con cabeza fría qué hacer. Lo cierto es que se encontraba como extranjera en un país en condición de migrante irregular. No tenía ningún documento de identidad, por lo que, legalmente, estaba en un limbo. No disponía de dinero y estaba todo el día custodiada por una mujer que la aterrorizaba. Rubén salía por las mañanas y regresaba por la noche sin dar ninguna explicación. Cuando Patricia le preguntaba sobre qué hacía durante el día o cómo era su vida, el hombre se limitaba a responder con evasivas.

“Eso no te importa. Lo que sí es importante es que te sientas bien, y de eso me ocupo yo”.

Patricia iba estudiando cada detalle de la casa, de las rutinas, de cómo se manejaba Leticia y de los movimientos de Rubén. Era bastante evidente que esa casa era una prisión. No había torturas y las relaciones sexuales, que seguían siendo numerosas y muy placenteras, ya no tenían el sabor amargo de una violación. No se lo quería confesar a sí misma, pero las esperaba cada noche cuando el hombre regresaba.

Sintiendo que ya estaba repuesta del shock de lo vivido, juntando fuerzas, le preguntó un día a su rara y confusa “pareja” —se preguntaba qué eran en realidad— qué harían. Rubén, curiosamente, se mostró muy cálido al responder. Le propuso que, por ahora, era mejor no regresar a su país debido a la situación imperante. Le hizo saber que ella, por haber pertenecido a un movimiento ilegal, tenía orden de captura, por lo que, al poner un pie en ese territorio, inmediatamente caería presa.

Con dulzura y amabilidad —no quedaba claro si era real o fingida— le hizo saber que su intención era que, quedándose en ese país por el momento, ella pudiera terminar sus estudios universitarios. En su país, asistiendo a la universidad privada más cara, cursaba la carrera de mercadotecnia, y eso era lo que le proponía Rubén: que continuara. En cuanto a los papeles legales, él afirmó categóricamente que podía arreglárselos.

Toda esa información y la cuota de cariño que transmitía la dejaron sorprendida. Era cierto: no podía regresar a su país. Además, ¿qué diría ante sus compañeros de la organización? O más aún: ¿qué diría ante su padre? Se encontraba perdida, llegando a la conclusión de que lo mejor era seguir allí, con Rubén, a quien empezaba a ver con cierta gentileza. Un día, sin darse cuenta de por qué lo hacía, lo llamó “Monstri”. Rubén reaccionó airado, furioso: “¡Nunca más vuelvas a decirme así! Eso quedó en el pasado”.

Transcurridos un par de meses desde la detención y el paso por el funesto centro clandestino, la regla no le venía. Patricia pensó sin dudarlo: “Estoy embarazada”. Ante la duda, hicieron una prueba y sí: efectivamente, había un niño en camino. Después de muchos ruegos de la joven, Rubén finalmente accedió y consultó con un obstetra. Patricia pensaba que allí, sorprendiendo a todos, podría contar su historia y pedir auxilio, pero reflexionándolo con más tranquilidad, vio que eso era quimérico.

Si entraba a la consulta con su forzado esposo y se atrevía a hablar, las consecuencias serían inmediatas y terribles. Por otro lado, metería al médico en un problema, porque para él sería muy difícil reaccionar. ¿Llamaría a la policía? ¿Y qué podría decir ella en ese caso, dada la vulnerabilidad de su situación?

Pensándolo con frialdad en sus largos momentos de soledad, llegó a la conclusión de que, si bien no era esto lo que quería para su vida, las circunstancias la habían llevado a este escenario que, visto objetivamente, era el mejor. Podría seguir siendo una detenida ilegal en su país, lo cual era casi sinónimo de muerte tras pasar por indecibles sufrimientos, torturas y vejámenes; o, si sobrevivía a todo ello, la forzarían a abandonar por completo sus ideales para pasar a ser parte de lo que consideraba el enemigo: una informante, una colaboradora.

Aquello tenía para ella un sabor inaceptable, pues por nada del mundo quería ser una traidora. La otra opción era terminar convertida en un cadáver, quizá descuartizado y esparcido por ahí para que la gente viera ese macabro espectáculo con el que se enviaba un mensaje político.

Ahora estaba, sin haberlo buscado, con alguien que era, o había sido, miembro de ese enemigo, pero que al mismo tiempo —siempre con un carácter hondamente enigmático, plagado de confusiones, en un clima tan raro que no sabía si era un sueño o pasaba en la realidad— la hacía sentir que lo actual no era lo peor que le podía suceder. Hecho el balance, llegó a pensar que, a su modo, amaba a Rubén. ¿Su salvador, quizá? Sin duda, aunque con él había transitado los momentos más desgarradores de su vida, también —era innegable, no obstante doliera reconocerlo— había pasado los más placenteros.

Ahora, la próxima llegada de un hijo le alegraba sobremanera la vida. En algún momento pensó que sí: efectivamente, se podía entender la reacción de los rehenes suecos en aquel infausto 1973. “¿Será eso lo que me pasa?”, se decía.

El embarazo avanzó sin dificultades. Rubén, con dulzura, pero sin que lo que expresara dejase de ser una orden, le había indicado a Patricia que no saliera del apartamento para cuidar bien al niño que venía, y la joven acató.

En todos los meses de espera, la relación de la pareja no presentó mayores altibajos. En un par de ocasiones visitaron al ginecólogo que atendería el parto, mientras Patricia pasaba la mayor parte del tiempo en la casa. Las pocas veces que salía lo hacía en compañía de Rubén. La “vieja bruja”, como la muchacha había bautizado a su supervisora, siguió siempre ahí; parecía no cansarse nunca, no dormir y estar las veinticuatro horas del día controlando sus movimientos.

El parto transcurrió con normalidad y así nació un robusto niño al que llamaron Juan José. Para inscribirlo debidamente en el Registro Civil de ese país eran necesarios los papeles de la madre, los cuales, para ese momento, Patricia ya tenía. Rubén nunca le explicó claramente cómo los había conseguido, pero era evidente que eran falsos: ella tenía otro nombre y se indicaba otro lugar de nacimiento.

La joven estaba muy confundida con eso, porque ya no era quien creía ser. En realidad, seguía siendo Patricia M., hija de don Eugenio M. y de una madre biológica de quien nunca supo nada. O era Cecilia, el seudónimo que había usado desde que entrara en las filas del movimiento revolucionario armado. Pero ahora ya no sabía quién era.

Solo sabía a ciencia cierta que era madre a los veinte años, en un país extraño, conviviendo con alguien que la había violado, sin saber qué iba a ser de su vida, pero teniendo al mismo tiempo la confusa sensación, o dudosa certeza, de que ese monstruo violador la había salvado de una situación infinitamente más terrible. De momento, lo único en lo que pensaba era en hacer crecer a su bebé.

Poco tiempo después del alumbramiento, Rubén cambió. Fue un cambio bastante repentino: de una actitud más o menos cariñosa fue pasando muy rápidamente al desprecio hacia la madre y a un amor muy marcado hacia el niño. Después de las escenas de tortura no había vuelto a insultarla, pero ahora los insultos habían regresado. No había golpes como en aquel entonces, ni tremendas humillaciones como orinarle encima o hacerla gatear sobre sus propios vómitos producto de los vejámenes; ahora solo eran gritos e improperios. Claramente le decía que lo único que le importaba era Juan José, “mi angelito”, como solía llamarlo.

El mensaje era claro y brutal: Patricia sobraba. Eso la terminó de enloquecer, de ponerla en un cortocircuito total consigo misma, con la vida y con todo lo que estaba pasando. Si hasta ese momento, durante el embarazo, había podido llegar a pensar que Rubén era un salvoconducto para evitarle indecibles sufrimientos, ahora veía que no era así. Comenzaba otro tipo de padecimiento y de pesares, tal vez mucho más profundos. Antes, cuando era guerrillera, tenía claro dónde estaba; sus sufrimientos por la tortura se debían a su posición, de la que no se arrepentía. Ahora era otra cosa: desaparecía como ser humano.

El desprecio de Rubén fue haciéndose más evidente. Muchas noches no regresaba a la casa. Además de la carcelera que la cuidaba, otras veces llegaba una mujer que decía ser la esposa del torturador. Se instalaba en la casa cuando Rubén no estaba y se manejaba como si, efectivamente, ella fuese la dueña del hogar. Con voz de mando, solía darle órdenes a Patricia y en ocasiones la amenazaba diciéndole que podía perder a su hijo si “no se portaba bien”.

“¿Qué significaba ese ‘portarse bien’?”, se preguntaba Patricia. La experiencia le fue demostrando, rápidamente y a golpes, que consistía en seguir al pie de la letra lo que le imponía toda esa gente, que había pasado a ser prácticamente su único contacto. Sin forzarla de forma explícita con el uso de la fuerza física, todo ese grupo —incluido Rubén, por supuesto— le tenía prohibido salir sola de la vivienda. Las pocas veces que lo hacía, estaba acompañada del que había creído que era su “pareja”. Fue cayendo en un estado depresivo profundo; a duras penas amamantaba a su bebé.

La vida sexual con Rubén se había vuelto escasa. Incluso en eso, el hombre la despreciaba: ahora las relaciones se tornaron violentas, sin la más mínima consideración hacia la joven, ahora Cecilia. En más de una oportunidad Rubén le había hecho saber de forma cruel y muy rústica que no sabía cómo una “mierda” como ella había podido concebir un “príncipe tan hermoso” como Juan José.

El odio de la joven fue creciendo cada vez más. Vivía ahora una confusa mezcla de cólera, impotencia, sed de venganza y desprecio por la vida. Secretamente fue pergeñando un plan. En un descuido de su cuidadora, se apoderó de un cuchillo de la cocina que escondió convenientemente. Ese mismo día pensó que no valía la pena dilatarlo más: cuando la “bruja” fue al baño, de numerosas puñaladas mató al niño.

Alertada por los llantos del pobre bebé cuando era sacrificado, la cuidadora salió con urgencia para ver qué pasaba. También ella, no sin oponer resistencia, pero cayendo sucumbida ante alguien más joven, con más fuerza y, fundamentalmente, con un rencor acumulado que tenía que explotar por algún lado, recibió infinitas heridas mortales. Luego, la policía, cuando contó las incisiones, contabilizó más de treinta.

Cuando esa tarde llegó Rubén a la casa, le resultó extraño que la puerta estuviera sin llave. Su orden terminante había sido que la misma debía mantenerse siempre cerrada. Los dos charcos de sangre lo pusieron frenético. Ante el cadáver de su hijo lloró desconsoladamente; lo único que atinó a hacer fue maldecir a Patricia y jurar venganza.

La muchacha, con papeles falsos y temblando de miedo, pudo regresar a su país. Ya en Feudalia descartó terminantemente volver con su padre. Intentó volver a contactar a los compañeros de la organización, pero le fue imposible. Su existencia prometía ser un martirio, por lo que, luego de pensarlo infinitas veces, optó por la que le parecía la mejor y única salida posible: entró en un convento de monjas.