Nada habrá más entrañable que esos tiempos de escuela primaria, de seños comprometidas, de padres y compas que lo sabían todo. En algún lugar de este triángulo se forja el homenaje debido a aquella etapa de irresponsabilidad bien entendida. No parece que pudiera existir un plan mejor.
Father he enjoyed collisions,
others walked away.(Pearl Jam)
Si algo le apasiona a mi padre es la pesca. Nunca comprendo del todo por qué no se enreda más seguido en ese hobby. Ya está jubilado y nuestra casa queda a un colectivo del río. El 110 lo baja a tres cuadras y él se manda –casi siempre solo– para los barrancos que se abren detrás del cementerio, por la calle Los Perros al fondo. Ese lugar es suyo porque él lo ha descubierto, quién sabe cómo. Es su misterio y su secreto. Y por eso le es fiel. Un lugar jodido para andar ya en esos tiempos, pero donde –según mi padre– se encuentra el nido, el Triángulo de las Bermudas de los peces más insólitos y que, cuando sea grande, ya jamás en mi vida volveré a ver.
Mi padre lo sabe todo. Mientras tensa líneas en su habitación –para que no se corten o se gasten, me enseña–, me cuenta la diversidad que se arremolina en ese sitio oscuro del Paraná: sábalos, surubíes, bagres amarillos, dorados, rayas y hasta alguna que otra especie que se vino del mar. ¿Cuándo vamos?, tiento a mi suerte. Esta semana seguro, me entusiasma. Y me arma, de prepo, un mojarrero de anzuelo mosquito. Esa promesa me puede. Y por las noches, en la cama, me imagino pescando algún monstruo deforme, inclasificable, abisal.
Pero llega el sábado y ya sé que nada ocurrirá. Los sábados no pica, me asegura mi padre. Vamos el viernes que viene. Los viernes siempre algo se saca. Y se saca de lo lindo.
Tengo 11 años y estoy en 6.º. Ese lunes, la maestra llega inquieta. La van a supervisar en un acto a última hora del viernes. Mi señorita es una mujer seca, porosa. No es mala, pero no recuerdo que haya reído alguna vez. Quizás por eso no la tengo muy en cuenta. Soy de sus mejores alumnos, pero no me prodiga deferencia alguna. Nos llevamos bien y listo. El martes me llama al frente. Luego, para murmullo del curso y celo de mi amigo Taguá, llama a Grisel, la chica por quien ambos disputamos una solapada atención. Grisel no es la más linda, pero es muy inteligente, tiene ángel y gusta de estar entre nosotros dos. Varonera, le dicen las lindas. Pero yo la defiendo. Y Taguá también. Somos como un triángulo y nos entendemos bien.
Pero ahora, la maestra la elige a Grisel y, para rezongo de Taguá, me elige a mí. Van a recitar en público, nos dice. La vida de José de Calasanz. Va a estar el obispo y el gobernador. Y esto nos lo anuncia bastante nerviosa. Yo no veo el porqué. Son importantes, me dice. A mí no me parece que lo sean, no hacen nada por mí. Pero si hay que recitar, no hay problema: recitamos. ¿José de Calasanz? ¿Quién es? Debe ser pariente de las avispas, bromeamos con Grisel. La maestra nos mira seria. No le hace gracia nuestros chistes.
Mi memoria es en ese tiempo una máquina aceitada. La de Grisel también. Ese mismo día nos sabemos el texto. Lo exponemos de corrido, sin necesidad de machetes o palabras clave. Yo cierro los ojos y mientras recito me gusta saber que Grisel está mirándome, admirando mi capacidad. Porque yo hago lo mismo cuando la veo estudiando en casa, susurrando a sus carpetas, brillando en sus ojitos oscuros. O la veo jugando conmigo y con Taguá a la guarida, a la botellita, a las escondidas. Me gusta tenerla cerca, que se siente a mi lado y que me pregunte cosas. A veces lo elige a Taguá, ella. Y cuando lo hace, a mí me duele un poquito el corazón.
Llega el viernes. Me levanto tarde, como siempre. Y nada de extraordinario hay para mí ese día cálido y de puro sol. Es viernes, dice mi viejo. Vamos a pescar. Como intuyendo la complicidad, le recuerdo que tengo clases. Faltá y vamos, me dice preparando líneas. ¿O tenés algo importante hoy? Solo entonces recuerdo el acto de la salida. Pienso en Grisel, me gusta verla, pero también me gusta pescar. Pienso en Calasanz, en el pánico de la maestra, y acaso porque está en mis manos ser cruel, siento que no me importa. Digo que no, que no tengo nada, y me sumerjo en la expectativa de disfrutar un río a la siesta, el sol rebotando en el agua sucia, mi padre buscando mojarras, mis pies descalzos en la arena, tomando un mate cocido que mi padre prepara en una lata de Nido.
Solo de adulto me preguntaré por qué siempre una cosa es interruptora de otra. Ahora tengo muchas cosas que preparar.
Son las 14,30. Hace media hora que debería estar en mi salón. No sé por qué me invade la culpa. Pienso en el rostro desencajado de la maestra. ¿Y ahora qué hará? Mi parte de don Calasanz solamente me la sé yo. Ni Grisel la puede salvar. Pienso en ella, sentada con Taguá, y quiero estar ahí. Pero ya es tarde o eso me creo. Ya estamos casi saliendo a pescar. Mientras mi padre prepara las carnadas y yo ando buscando una gorra en mi pieza, suena el timbre de entrada. Es Taguá, que oficia como soldado de bandera roja, de una guerra muy particular.
—Dice la señorita que si Poli no va ya a clases, le pone un 1 (Uno) Insuficiente en todas las materias.
Sí, así en mayúsculas y subrayado me lo imagino cuando escucho eso que Taguá le dice a mi madre. Ambos, padre y madre en mi pieza, me miran espantados. ¿Qué pasó? Nada, hay un acto a la salida. Y yo tengo que actuar. Pero, hijito. ¿Cómo no dijiste nada? Ehmm… porque… me olvidé, es la mentira más noble que se me ocurre. Acaso porque mi padre siente algo de culpa, no dice nada. Es mi madre la que encuentra la solución. Andá y decile que te duele un poco la muela. Miro a mi padre. Andá, te espero en el río, salís y te tomás el cole. Mi padre, mi madre. Ellos lo saben todo. O como yo, que me sé la mitad de la vida de Calasanz. Con tanta sapiencia adquirida, nada puede salir mal.
Es momento de disfrazarme de actor. Me pongo el guardapolvo, tomo mis útiles. Mi madre me da un pañuelo grande. Ponete en la cara y entrá así al salón, me dice con una sonrisa, que es un mimo al corazón. Es lo que hago, y así vamos con Taguá y así me encuentro con la cara de terror de mi maestra. Me siento muy culpable ahora. Pero bueno, ya estoy acá. Me dan a tomar una Novalgina entre explicaciones desesperadas. Poli, sé que te duele, pero sos el único que me puede salvar, me confiesa la maestra. No me vayas a fallar, me ruega casi. Ante su tribulación no puedo sino aumentar mi farsa. Me siento y me recuesto contra el pupitre. Finjo llorar. Me sale tan bien que hasta logro preocupar a mis compañeros. A todos y atodos puedo engañar, menos a Grisel, menos a Taguá. Entre zorros no vamos a robarnos gallinas, me dicen. Reímos cómplices, escondidos en nuestro triángulo. Ahí solo cabemos los tres.
Pasa la tarde y en algún momento, en la merienda, me acuerdo de que debía fingir malestar al masticar. Pero ya nadie se embauca, como tampoco nadie menciona nada al respecto. Son las 4 y ahora está algo nublado. Pienso en mi padre, ¿habrá ido a pescar? Eso y en lo linda que se vino Grisel es todo lo que me importa. Ni el traje del gobernador, ni los anillos del obispo, ni los nervios de la maestra me generan alguna preocupación. Ni siquiera me distraen los celos de Taguá. Solo pienso en que llegue la hora y terminar el trámite. Cuando veo que falta poco, me siento feliz.
Estamos en el acto de salida y me gusta estar con Grisel, que ambos digamos nuestras partes con soltura y maestría, que nos saquen fotos juntos y que nos aplaudan y que nos feliciten y también feliciten a mi maestra agradecida. Ser saludada por personas importantes debe ser todo lo que desea en la vida. Quizás esté orgullosa de Grisel, de mí, de su astucia para elegirnos en esa ardua tarea como es la de explicar la vida y obra de don José de Calasanz. Un tipo que habrá sido un capo, que habrá hecho bocha de cosas, pero a quien le debo más que nada este ardid, este tiempo brillante en donde ninguna cosa es más importante que ir de pesca con mi padre o pasar una tarde con la chica más cara a mis deseos tempranos.
La señorita viene y nos da un abrazo, nos presenta al gobernador, al obispo. Los saludo vagamente, acaso algo fanfarrón. Y le doy un abrazo a mi maestra. Vio, seño, que no le fallé, le digo dichoso de su dicha. Le saco una risa, grande como una luna. Es la primera vez que la vemos plena de dicha. Los viernes siempre se saca algo, me digo. Y se saca a lo grande. Viste que sabía reírse, me susurra Grisel. Y se agarra a mi mano. Me gusta cuando hace eso, pero ahora yo ya no estoy ahí. Desde hace un rato, estoy pensando en subirme a un 110.
Solo de adulto me preguntaré por qué siempre una cosa es interruptora de otra. Ahora no tengo tiempo que perder.
Me encuentro con mi padre en el río. Ni me pregunta cómo me fue. Ya lo sabe. Mientras me esperaba, ha pescado varios relojitos, un pacú y algo que –me asegura– es un salmón. En este triángulo hay de todo, me recuerda. Ansioso, busco la caña que me armó. Dejá, me dice. Me enseña a encarnar con mojarras y a probar con anzuelos grandes. Ya está oscureciendo y recién empezamos. Tengo toda la noche para esperar por mi monstruo abisal. También tengo todo este tiempo para aprender de mi viejo, que lo sabe todo, como mi madre, como mi seño. O como Grisel, que se sabe la otra mitad de la vida de Calasanz.
Solo de adulto entenderé que no importa el día, siempre se saca algo. De cualquier nido. Y se saca de bien.
Ese viernes, saco mi primera boga. El lunes, ni bien me siento a su lado, Grisel me dice que nos sacamos 10.















