Acerca de las vocaciones…
En otras épocas las trayectorias profesionales se asemejaban a una prolija y obediente línea dibujada con regla. Sin embargo, con el tiempo, las vocaciones dejaron de ceñirse a ese molde y se fueron transformando en ríos rebeldes capaces de bifurcarse, regresar sobre sí mismos o descubrir cauces inesperados.
En veinticinco años dedicados a acompañar a adolescentes y adultos en procesos de autoconocimiento, elección de carrera y reinvención laboral, comprobé que, en numerosos casos, los talentos se resisten a vivir encerrados en una sola profesión y las vocaciones se animan a conversar entre sí, sin temor a contradecirse.
Uno de mis consultantes (a quien llamaré Tincho), se presentó en su sesión inaugural de orientación vocacional como “alguien muy confundido, que no sabe qué estudiar porque le gusta tanto la tierra como el agua”. Lo dijo en voz baja, casi avergonzado, sin sospechar que su metafórico motivo de consulta inspiraría, una década más tarde, la escritura de este cuento…
Una vocación anfibia
La primera vez que Tincho escuchó la palabra vocación creyó que se trataba de un animal.
Tenía cinco años y observaba –desde la ventana de la escuela– una hilera de hormigas que avanzaba transportando ramitas hacia una grieta del patio. La maestra había estado hablando acerca de profesiones futuras, sueños y oficios.
Cada compañero levantaba la mano para anunciar aquello que imaginaba para su vida: astronauta, médica, inventor, arquitecta, piloto, futbolista, bailarina, chef, acróbata, pintor...
Él, en cambio, seguía con la vista el recorrido de una hormiga cuya carga duplicaba su tamaño.
—La vocación es eso que nos llama —dijo la maestra.
Tincho giró la cabeza.
Si algo llamaba, pensó, debía tener voz.
Y si tenía voz, podía ser un animal. ¿Por qué no?
Durante semanas buscó rastros de aquella criatura misteriosa. Revisó árboles, plazas, techos y veredas. ¡Hasta les preguntó a sus padres y a los padres de otros niños!
—¿Vieron alguna vocación por aquí?
Las respuestas provocaban miradas extrañadas y silencios.
Su abuelo José fue el único que pareció tomar su duda con absoluta seriedad.
—Jamás vi una —contestó mientras cebaba mate y escondía la sonrisa detrás de la bombilla—. Aunque escuché una gran cantidad de historias.
—¿Qué historias?
—Dicen que las vocaciones son anfibias.
Tincho abrió bien grandes los ojos.
—¿Viven en el agua?
—Y en la tierra.
—¿Tienen patas?
—Tal vez.
—¿Y cola?
—Quién sabe.
Un anfibio desconocido le resultaba mucho más interesante que cualquier tarea escolar, así que, aquella mañana de octubre, Tincho insistió e insistió hasta convencer a su abuelo. Desde entonces, acordaron que sábado por medio visitarían la laguna donde crecían los juncos que el viento aún despeina, allí, detrás de las vías del tren.
No hubo un solo día en que olvidara anotar sus hallazgos al regresar:
Día 1: encontré una rana verde.
Día 4: ¡Hoy vi tres renacuajos!
Día 11: encontré un zapato.
Día 17: el zapato sigue aquí, un poquito más sucio, pero de la vocación, ni noticias…
Así fue, hasta 4° o 5° grado, cuando aquel paseo le dejó de atraer…
Entre los 10 y los 16 años, Tincho cambiaba de interés a cada rato.
Una semana quería aprender astronomía y la siguiente soñaba con construir barcos, restaurar esculturas antiguas o escribir novelas.
Ya, a punto de finalizar la escuela secundaria, había desarrollado la extraña costumbre de coleccionar comienzos. Asistía entusiasmado a las primeras clases de piano, de informática, de pintura, de ciencias, de fotografía… saltaba de una disciplina a otra, sin terminar ningún curso. A veces, incluso, comenzaba dos veces el mismo.
Frente a tal panorama, los adultos impacientes se empecinaban en ofrecerle consejos que él nunca había pedido:
—¡Tenés que decidir!
—Elegí una cosa ¡no te puede interesar todo!
—Y vos ¿qué querés ser?
A Tincho le crecía cada vez más el desconcierto: Los demás avanzaban en línea recta, él prefería las curvas.
Justo el día que decidió pedir la primera sesión de orientación vocacional, encontró la libreta de observaciones que había escrito junto a la laguna y leyó el último renglón:
—La vocación anfibia no aparece. Voy a seguir buscando.
Tincho sonrió.
—Los humanos suelen imaginar que una vocación es como una flecha (recuerdo haberle dicho, cuando me contó la anécdota con un dejo de preocupación), pero se parece más a un río.
Tincho permaneció en silencio.
—Un río atraviesa paisajes distintos —continué—. Bosques, montañas, ciudades, campos y aun así conserva su identidad. Hay quienes se sienten asfixiados cuando salen de su hábitat. Otros, en cambio, disfrutan en más de un lugar.
—¿Entonces alguien puede amar varias profesiones?
—Así es.
—¿Y cambiar? ¿Y equivocarse?
—¡Por supuesto!
Tincho se relajó en la silla, parecía aliviado.
—Durante años había creído que existía una única respuesta exacta, perfecta, escondida en alguna parte.
—Una etiqueta.
—Tal vez.
—Las etiquetas sirven para los frascos, me oí decir.
—Quisiera entender cuál es mi camino —admitió.
— Veamos ¿alguna vez te sentís tan abstraído en una actividad que te olvidás de mirar el reloj? ¿Qué estás haciendo cuando eso te ocurre? —pregunté (si de algo estaba segura era de no tener la respuesta definitiva que él buscaba, pero sí un manojo de preguntas que podrían resultarle muchísimo más útiles).
Tincho pensó. Y recordó.
Recordó las largas conversaciones con su abuelo y sus amigos, los textos escritos en cuadernos, las fotografías tomadas durante sus caminatas, los mapas que solía dibujar para comprender ideas y la alegría de conectar temas distantes.
—¡Me gusta descubrir relaciones entre las cosas!, exclamó.
—¿Qué más?
—Me gusta contar historias.
—¿Y qué más?
—Me gusta aprender.
—(Asentí expectante).
—¡Y me encanta compartir lo aprendido!
Sus ojos brillaron de una manera especial.
—¿Ves? Ahí tenés varias pistas.
—¿Pistas hacia dónde?
—Pistas hacia vos…
Epílogo
Tincho esperaba una revelación que lo sacara de ese molesto rincón, entre la curiosidad, los mandatos y el miedo. No la obtuvo, pero entendió dos cosas:
Que el principal objetivo de un proceso de orientación vocacional es el autoconocimiento, condición para elegir un camino.
Que la verdadera travesía comienza cuando alguien se atreve a escuchar todas las voces que habitan su propia vocación.
Su caso, como tantos otros, me llevaron a repensar mi rol como orientadora, a proponer la noción de vocación anfibia y a crear algunas de las técnicas o dinámicas que utilizo actualmente en mis formaciones y talleres.
Hoy, Tincho es docente en una escuela secundaria. También investiga. Y, cada tanto, escribe en una revista de ciencia para chicos… para chicos curiosos, como el que jamás dejó de ser.















