Había una vez…
o tal vez aún hay,
mujeres que caminaban entre el mundo visible y el invisible,
susurrando secretos al viento, recogiendo hierbas bajo la luna, sanando con manos calladas.

Cuando era chiquita, pensaba que las brujas llevaban sombreros puntiagudos, volaban en escobas y lanzaban hechizos desde calderos humeantes.
Las imaginaba en casas torcidas, rodeadas de gatos negros y risas estridentes.

Hoy sé que la historia de las brujas es mucho más vieja y mucho más humana que cualquier cuento de Halloween.

En los antiguos pueblos, mucho antes de que existieran los tribunales y las hogueras, las "brujas" eran las sabias del lugar.
Eran las que conocían las plantas que curaban, los remedios para el dolor, las palabras para acompañar un parto o una despedida.

No eran temidas, sino buscadas.
Eran un puente entre lo visible y lo invisible.
Con el tiempo, esa sabiduría empezó a asustar.

Y entonces, llegaron los juicios.

Las llamaron herejes, pecadoras, enemigas del orden.

Se construyó la imagen de la bruja malvada: la mujer que pactaba con el diablo, que envenenaba pozos, que volaba en las noches para reunirse en aquelarres secretos.
El sombrero puntiagudo, la escoba, el gato negro... no eran más que símbolos inventados para burlarse de ellas, para ridiculizarlas, para convertirlas en monstruos.

En los cuentos de hadas, las brujas fueron las villanas perfectas:
La madrastra que envenena manzanas.
La anciana que ofrece dulces para atraparte.
La hechicera que convierte en bestias a quienes no obedecen.

Durante siglos, la bruja representó el miedo a lo desconocido... y, muchas veces, el miedo a las mujeres que no se sometían.

Pero no todas las brujas de los cuentos eran malvadas.
En algunas historias, había brujas sabias que ayudaban a los héroes.
Mujeres misteriosas que vivían apartadas, sí, pero que guardaban en su soledad un poder silencioso.

Con el paso del tiempo, la imagen de la bruja fue cambiando.
Ya no era solo la vieja jorobada que lanzaba maldiciones.
También era la joven de ojos brillantes que conocía los secretos de la naturaleza.
La que hablaba con los árboles.
La que soñaba con otras vidas en medio de la noche.

Hoy, en este siglo que a veces parece tan acelerado que olvidamos respirar, la figura de la bruja ha vuelto a renacer.
No como un monstruo, sino como un símbolo.
Ser bruja hoy es confiar en la intuición cuando el mundo te pide razones.
Es hacer de los rituales cotidianos como preparar un té, encender una vela, escribir un deseo en un papel, un acto de magia.
Es cuidar tu energía, aprender a decir no, proteger tus sueños como quien protege una llama pequeña en medio de una tormenta.

Hay quienes dicen que todas llevamos una bruja dentro.
No una que lanza hechizos, sino una que recuerda.
Que siente.
Que transforma.

Ser bruja no es perfecto ni dramático como en las películas.

A veces es silencioso: como sanar una herida que nadie ve.
A veces es valiente: como elegir tu propio camino aunque tiemble todo a tu alrededor.

No sé si alguna vez volaré en una escoba (aunque admito que sería hermoso).
Pero sé que he volado en otros sentidos:
Cada vez que he dejado atrás lo que me hacía daño.
Cada vez que he creído en algo que todavía no podía ver.
Cada vez que he elegido confiar en mi propia magia.

Así que, si alguna vez escuchas un susurro que no viene de afuera, sino de adentro,
si sientes ganas de bailar bajo la lluvia,
o si alguna vez te sorprendes hablando con la luna,
tal vez sea tu bruja interna recordándote que la magia no está tan lejos como pensabas.
Tal vez siempre estuvo allí, esperándote.
Después de todo, las brujas nunca se fueron.
Solo estaban esperando el momento de volver.
Y ahora es nuestro turno.

Al final, creo que ser bruja es mucho más que todas esas imágenes que nos contaron. Es reconectar con algo dentro de nosotras que a veces olvidamos: la intuición, la sabiduría que viene de adentro, el poder para sanar y cambiar lo que nos duele. No se trata de magia de cuentos, sino de la fuerza real que tenemos cuando nos animamos a escucharnos, a confiar en nosotras mismas y a proteger lo que amamos.

Pienso que la figura de la bruja nos invita a recordar a todas esas mujeres, de tiempos lejanos o cercanos, que mantuvieron vivo ese fuego interno a pesar de las dificultades. Nos llama a vivir con más presencia, a atender esos susurros que vienen de adentro, a estar en contacto con la naturaleza y con lo que sentimos de verdad. Ser bruja es, para mí, un acto de amor propio y valentía, es elegir ser auténticas en un mundo que a veces quiere que seamos otra cosa.

Entonces, cuando pienses en la imagen de la bruja, deja a un lado los prejuicios y los miedos. Ella es un reflejo de nuestra fuerza, de esa sabiduría silenciosa y de la magia sencilla que vivimos cada día. Esa magia que no necesita hechizos ni varitas, sino solo nuestro corazón abierto y la confianza en nosotras mismas.

Las brujas nunca se fueron realmente. Estuvieron ahí, en cada mujer que se animó a soñar, a sanar y a transformar su vida. Y ahora, siento que es nuestro momento de tomar esa herencia, de abrazar esa fuerza y dejar que la magia vuelva a brillar, aquí y ahora, en cada paso que damos.