Pedro Suárez-Vértiz veía la vida de otra manera. Cantaba lo que pocos se atrevían a contar, aunque no fueran novedades, y era capaz de hacernos reflexionar aun en plena fiesta, con una frase escondida en una estrofa. No era un “fumón”, como seguían pensando quienes piensan poco —“Soy un loco de verdad, pero muy cobarde para ejercerlo”.

“Veía cosas que el común de los mortales no veíamos y, lo que es más asombroso, las decía con absoluta naturalidad”, escribió Beto Ortiz, un entrevistador de los buenos. La primera vez que vio a la gemela de su esposa, por ejemplo, a Pedrito no se le ocurrió que fuera una gemela sino un poltergeist. Se casó con ella dos veces; en el primer casamiento solo hubo dos novios asustados y una panza de ocho meses. En el segundo hubo fiesta y tres hijos; el menor es bonito, morenito y tiene ojitos delineados de turco.

Pedrito habló mil veces de cuánto amaba a su esposa, aunque su manera de explicar aquel amor siempre fue para morirse de risa. Nunca se le conoció un comportamiento inadecuado, pese a que los calzones siguieron lloviéndole encima y por debajo del escenario. Al inicio de su internacionalización, tenía terror a los aviones, no por miedo a morirse, sino “a que mis hijos se queden sin padre”, y cuando pudo pagar un seguro de vida, se le quitó la aerofobia.

De canción en canción, Pedrito fue mostrándole al mundo de qué estaba hecho. Le contó historias de amor (“Fue quizá que mi alma en tu cuerpo entró y no regresó jamás”) y de anti-amor (“Ella bajó la escalera, no fue la primera y un muchacho muy amable salió, ‘vamos, yo soy buena gente, tómate esto que hace calor’. Y en un segundo la puso a dormir, y en un segundo la pudo desvestir. Cuando ella abrió los ojos estaba tirada en un jardín”).

De regreso de una gira internacional, al entrar a su casa vio los retratos de sus hijos encima del piano y casi se murió de gratitud, aunque después nos contó que lo primero que pensó fue: “¡Paaasuuu! ¿Cómo llegué acá? ¡Soy un señor!”

Quizá para consolarlo, en su país nunca nadie lo llamó señor, sólo Pedrito. Pedrito se codeaba con los cantantes más reconocidos en los escenarios más importantes del mundo y, a la vez, seguía cantando en aquel Perú que conocía mejor que cualquier intelectual. “Creo que soy un peruólogo”, dijo, inventándose otra palabra. Era verdad, al fin y al cabo; lo había recorrido mil veces con una guitarra prestada al hombro, de pueblito en pueblito y de ciudad en ciudad, en el tiempo en que el terror reinaba solo por cumplir la promesa que se hizo a sí mismo: él se ganaría la vida como músico, aunque tuviera que trabajar como un burro y los piratas le robaran sus ganancias.

Lo había logrado y, al labrar el camino que su anhelo señaló, devolvió el derecho de la ilusión a toda una generación. Quizá fue entonces cuando comenzó a notar cuánto lo queríamos.

Sus conciertos en el extranjero congregaban a los peruanos desperdigados que iban a verlo felices para desgañitarse cantando las canciones de sus primeros amores y sus primeras borracheras. En agradecimiento, Pedrito les escribió Cuando pienses en volver, un huayno tocado a contrarritmo, una genialidad musical que sólo Pedrito pudo crear y que terminó siendo el himno de aquellos peruanos expulsados por los terroristas y la falta de plata —“Trabajas hasta muy tarde y no puedes descansar, las palabras de tu madre empiezan a sonar cuando tú te estás muriendo por un poco de amor:‘Hijito, sigue adelante, domina al corazón’ […] Cuando pienses en volver, aquí están tus amigos, tu lugar y tu mujer […] Cuando ya tú estés acá, trabaja hasta las lágrimas como lo hacías allá, sólo así verás que tu país no fracasó”.

Años después, mientras componía una balada sobre el desgarro del alma frente a la muerte, Pedrito no encontraba la forma de expresar con exactitud y belleza aquel dolor visceral hasta que se le prendió el foquito, llamó a nuestro tenor Juan Diego Flórez y él entonó el lamento que Pedrito buscaba. De nuevo, un peruano ayudó a otro peruano y el mundo supo que el Perú es mucho más que lo que los noticieros cuentan y los burros creen.

En uno de sus viajes, la tripulación reconoció a Pedrito y le cambió el asiento por uno mejor. Una aeromoza, que no estaba al tanto, le ordenó volver a su lugar y él tuvo tal ataque de pudor que no fue capaz de aclarar el malentendido. “Ese día descubrí que tenía algo más que un problema de estrés”, escribió años después, cuando no pudo cantar. El incidente no ameritaba esa reacción y menos aún los problemas para vocalizar que le siguieron. Así comenzó su peregrinación de neurólogo a neurólogo.

Le hicieron mil exámenes, no encontraron nada y lo mandaron al psicólogo, como suelen hacer los médicos cuando no entienden algo. “Esperaba algún tipo de desarreglo psicológico para atacarlo y recuperar mi buena vocalización, pero nada de eso ocurrió”, nos contó Pedrito por escrito cuando no pudo hablar.

“Pedrito está fumadaaazo”, volvió a decir la gente cuando escuchó alguna entrevista en la que no se le entendía con claridad. “Tengo un problema de mala vocalización, aunque los médicos dicen que no tengo nada”, explicó, pero pocos le creyeron.

En los conciertos en casa, las cámaras de televisión comenzaron a enfocar únicamente su boca. Sus amigos reporteros le confesaron que la orden era clara: grabar sus defectos de dicción para hacer un reportaje —mientras más tremendista, mejor. La prensa peruana erró, lo traicionó y dolió. “¿Qué tiene Pedrito?”, imprimió y gritó. “¿Qué tienes, hijito?”, lo tomaban del rostro, llenas de amor, en cambio, las madres peruanas que tuvieron la suerte de topárselo.

“Mi papá quiere conversar contigo”, le dijo una amiga y Pedrito fue, aunque estaba harto de médicos. Sin embargo, aquel era un especialista en trastornos raros y atinó. La enfermedad neuromuscular no tenía nombre en castellano, ni tampoco cura, y había empezado por atacar los músculos del habla —“Tenía seguros para todo: accidentes, infecciones, muerte, pero no para esto”. Pedrito lanzó una nota de prensa describiendo la situación, pero las cámaras querían grabarlo hablando mal y tuvo que detener toda presentación para “no regalar imágenes explotables, porque iban a seguir especulando […]. El cantante comentó lo siguiente cuando ya no podía hablar, por escrito: “Eso podía asustar mucho a mis hijos. ¡Carajo! ¿Qué querían escuchar? ¡Por Dios! No estaba preparado, pero asumí el reto y me lo tiré al hombro. Ya me tocaba un bajón […] La vida te pasa y después la entiendes… ¿Cómo que por qué? Porque así nomás es”.

Pedrito tomó todas las medidas que se le ocurrieron para poder seguir siendo cabeza de familia. Una de ellas fue escribir. Tuvo una columna en una revista; en ella reflexionó sobre la vida y siguió diseccionando el misterio de la inmortalidad del mosquito. Escribió como antes había cantado, en peruano y en simple, sobre lo cotidiano y lo trascendente. Quizá por pertenecer a una generación para la que lo político fue siempre incorrecto, no comprendió la novísima imposición de ser “políticamente correcto” o, si lo hizo, decidió ejercer su derecho a la locura y se dio el lujo de opinar como en el tiempo en el que el sentido común valía más que el derecho a ofenderse.

La vida le había pasado al cantante más exitoso del Perú y lo había dejado mudo, porque a los peruanos nos pasan esas cosas. Pero el morenito bonito con ojitos delineados se valió de la tecnología para escribir, pues había perdido la coordinación muscular necesaria para tocar un instrumento, pintar o esculpir. Pero él era artista, hijo de artista, nieto de artista y tenía que expresarse. Una editorial con buen ojo comercial le pidió un libro y fue su primer best seller.

En Yo, Pedro, Pedrito vació su alma. Nos contó sobre esa época horrible en la que lo diagnosticaron, a su estilo, intercalando la descripción de la sentencia pavorosa que recibió a los cuarenta y dos años con experiencias divertidísimas que explican por qué lo queremos tanto. La editorial publicó, después, un par de cuentos infantiles y otro testimonio de Pedrito. Fundó una banda que lleva su nombre, a la que encargó seguir tocando su música. También siguió componiendo y hasta logró presentar una canción con su voz gracias a la inteligencia artificial.

Aunque preso en su cuerpo, Pedrito siguió siendo Pedrito. Siguió habiendo vida, siguió habiendo amor y hasta siguió habiendo ilusión. Él había demostrado al mundo el valor del Perú y, quizá por ello, cosechó el amor de un país que ama poco pero suele hacerlo bien.

Recibió más reconocimientos que ningún artista peruano y, de vez en cuando, algún compatriota, de pie bajo su ventana, le dio serenatas con las canciones que él nos regaló. “Pedrito siempre se preguntaba por qué lo queremos tanto, por qué su nutricionista le aseguraba que nuestro unánime cariño hacía que le subiera la bilirrubina, sus defensas se elevaran y sus glóbulos rojiblancos se multiplicaran prodigiosamente”, contó Beto Ortiz. “Nací en el país correcto”, escribió el leal peruano.

Pedrito se reunió con Jesucristo el día de los Inocentes; veintiocho de diciembre de dos mil veintitrés, a los cincuenta y cuatro años. El día en que murió, solo el lamento que él concibió y que el tenor peruano Juan Diego Flórez cantó pudo expresar el desgarro que su partida causó. “El dolor no es eterno y pronto saldrá el sol”, nos siguió cantando Pedrito y, quizá por eso, volvimos a sonreír gracias al hombre que nos hizo el favor de ser peruano.

Nota

En la plataforma Meer se pueden ubicar tres artículos anteriores que completan esta serie sobre Pedro Suárez-Vértiz: Un cuento sobre Pedro Suárez-Vértiz, Los inicios de Pedrito Suárez Vértiz y El éxito de Pedrito Suárez-Vértiz.