Los proyectos culturales rara vez nacen de grandes planes estratégicos; algunos suelen gestarse en conversaciones casuales, en medio de fiestas o con una cerveza en la mano; StarNight 2.0 no fue la excepción.
El origen de mi colaboración con el colectivo DragNation se sitúa en diciembre de 2024, en un contexto personal complejo, emocionalmente cargado. En ese entonces, atravesaba un duelo y un proceso de acompañamiento familiar que me había alejado de la escena y de la producción artística. Sin embargo, incluso en los momentos más frágiles, el deseo de crear permanecía latente.
En medio de esa pausa involuntaria, conocí a Rashell Kinomoto, artista drag y directora de DragNation. Nuestro primer contacto fue sencillo: una conversación sobre teatro, performance y la posibilidad de compartir un taller con sus compañerxs. Ese intercambio, aparentemente casual, se convirtió en el inicio de un proceso colectivo que terminaría marcando mi práctica artística y mi forma de comprender la gestión cultural desde la disidencia.
El taller fue el primer espacio de articulación entre dos nichos: la escena teatral contemporánea y el drag. Lo que comenzó como una sesión experimental reveló no solo las diferencias de lenguaje entre ambas prácticas, sino también los puntos de convergencia. Reconocí que los procesos creativos se construyen colectivamente: escuchando, dialogando y ajustando el método a las necesidades.
De ese encuentro surgió algo más que un taller, surgió una alianza. Rashell me habló de StarNight, un proyecto que para ese entonces, fue un concurso drag cuencano. Desde ese momento, sabía que valía la pena aportar y así, sin saberlo del todo, comenzó una travesía que me permitió integrarme a DragNation.
En toda colaboración creativa surgen tensiones que, lejos de ser un obstáculo, se convierten en el motor que impulsa el proyecto hacia lugares más claros. Las primeras reuniones con Rashell fueron el punto de partida para comprender que StarNight 2.0 (la nueva edición), más que un certamen drag, necesitaba convertirse en una propuesta con fundamentos sólidos, tanto artísticos como conceptuales.
Rashell, con una trayectoria de más de diez años en el drag y una formación en diseño textil, aportaba una mirada centrada en la producción: cómo se vería el proyecto, qué debía incluir, qué impacto podría generar en términos visuales y de alcance. Por mi parte, mi aproximación se inclinaba hacia la preproducción: preguntarme qué queríamos transmitir, desde dónde partíamos y cuáles serían los pilares conceptuales que sostendrían todo el proceso.
Pronto descubrimos que, sin una dirección definida, las ideas se dispersaban y StarNight 2.0 corría el riesgo de expandirse en múltiples direcciones sin llegar a consolidar una narrativa-práctica clara. Este hallazgo nos obligó a replantear el enfoque, a establecer un vector que guiara el camino, sin perder la riqueza de la diversidad de propuestas.
La clave estuvo en el diálogo: reconocer que cada uno venía de lenguajes distintos y que era necesario construir un marco común. Esto implicó investigar, mapear antecedentes, revisar proyectos similares y nutrirnos de lo ya existente para no partir desde cero, porque hay otrxs que ya han creado. Esta búsqueda nos permitió deconstruir y volver a construir, formulando preguntas más precisas sobre qué podía ser StarNight 2.0.
También entendimos que el proyecto no podía sostenerse solo en la experiencia acumulada, por valiosa que fuera. Requería un marco teórico que lo legitimara frente a instituciones, empresas públicas y posibles aliados; y sobre el mismo público. En una ciudad como Cuenca, donde el drag aún enfrenta estigmas y prejuicios, era imprescindible mostrar que esta práctica no solo es expresión de la comunidad LGBTIQ+, sino también un lenguaje escénico con un potencial crítico-reflexivo.
Así nació la necesidad de fundamentar el proyecto en un soporte conceptual que explicara su pertinencia cultural. No se trataba solo de “hacer un show”, sino de demostrar que el drag podía convertirse en un dispositivo de diálogo, de visibilización y de co-construcción entre el público, lxs artistas competidores y lxs organizadores. Esa fue la base sobre la cual comenzamos a delinear el norte de StarNight 2.0, entendiendo que cada decisión –desde el diseño visual hasta la búsqueda de financiamiento– debía responder a un propósito mayor. Como se señala en el documento del proyecto StarNight 2.0:
(...) el arte Drag Queen va más allá del acto artístico de personificar lo femenino; desde su origen se considera una manifestación artística-política que desafía las normas socialmente establecidas de género, sexo y diversidad. Su evolución ha estado marcada por diversos contextos sociales y culturales que han permitido que esta expresión trascienda el entretenimiento para convertirse en un mecanismo real de resistencia y visibilización (...)
En ese proceso, se formuló el objetivo general que terminó por consolidar la esencia del proyecto:
Promover la visibilización del arte Drag en la ciudad de Cuenca, proporcionando espacios de expresión artística con el fin de fomentar la creatividad, la diversidad y el reconocimiento de las disidencias sexo-genéricas en espacios convencionales y no convencionales, mediante actividades que potencien las habilidades, destrezas y conocimientos sobre el arte drag cuencano y, a su vez, se fortalezca la escena cultural-artística local.
Este marco teórico no solo permitió justificar el proyecto ante instituciones, sino que también nos dio, como equipo, un punto de orientación claro. Gracias a él, la idea dejó de ser una serie de intuiciones dispersas y se transformó en un proyecto con dirección, capaz de responder a las preguntas esenciales: ¿para qué?, ¿desde dónde? y ¿hacia dónde?
Comprendimos que no bastaba con ofrecer un espectáculo llamativo, sino que el drag debía salir de los espacios marginales -espacios donde, aunque vitales, suelen perpetuar el consumismo sin reflexión- para convertirse en un dispositivo que genere pensamiento crítico. Este proyecto debía propiciar un espacio donde el público y las personas participantes pudieran repensar la escena drag: su contexto, su carga política, sus posibilidades narrativas.
El aprendizaje más valioso de esta etapa fue comprender que los proyectos culturales tienen una vida propia. No se trata de imponer ideas, sino de escuchar lo que el proyecto requiere. El nuestro demandaba estructura, investigación, diálogo, etc.
Aunque muchas veces se cuestiona la necesidad de términos académicos como “marco teórico” o “justificación”, descubrimos que conocer de dónde partimos y hacia dónde vamos es fundamental, más aún cuando el contexto social exige argumentos sólidos para respaldar una práctica artística históricamente estigmatizada.
StarNight 2.0 se configuró, entonces, como una semilla por germinar y en diálogo con quienes nos antecedieron y con quienes vendrán. Es un proyecto que no solo muestra, sino que cuestiona, aprende y comparte. Porque, al final, no se trata de enseñar, sino de co-construir un espacio donde el arte drag pueda desplegar todas sus potencias.















