Han pasado algunas horas casi sin saberlo. Es un sábado y estaba leyendo con la ventana abierta. A lo lejos alguien toca el piano. Siento que prepara una melodía y la música vuela por el aire y me hace pensar y me inquieta. El cielo está azul, es noviembre y no hace frío y una a una, las notas se quiebran. Dejo el libro y voy a la ventana para sentir mejor al intérprete solitario, que hace sonar las teclas, como cantos agudos de pájaros en lejana primavera. La música tiene una fuerza evocativa insuperable. Esta nos mueve y hace sentir. Los sentimientos después son seguidos de imágenes y la melodía inicia un viaje retrospectivo en nuestro propio ser y memorias. Este efecto evocativo es mayor cuando los tonos no son acompañados de palabras, pues en ese caso no puedo evitar seguir la letra y distanciarme de mí mismo. Las notas se siguen y resuenan con fuerza y siento el peso de ausencias, que arrastro conmigo sin darme cuenta.

El tema es triste y se repite penosamente como esas densas gotas, que caen cuando la escarcha se deshiela. El tiempo es perfecto y, a veces, la música corre, abandonando en silencio otras notas que esperan. Pienso a la dedicación y la perseverancia del músico, que toca el piano sin detenerse, escuchándose casi sin interrupción en una meditación perfecta. Sintiendo y repensando el tono de las notas para que la pieza vuele hacia las estrellas. Quizás en esto exista una comunión entre intérprete y oyente. No en los sentimientos evocados, sino en el viaje retrospectivo, que podríamos definir como una búsqueda.

Pequeños anillos que se expanden y que nos hacen sentir pesadumbre y desconsuelo, como si corriéramos sin llegar jamás a la meta o quizás sean los ecos de voces lejanas, que nos hablan en otras lenguas, usando la voz del agua para mojarnos de eternas penas. Pero en la música hay una lucha, una tensión, algo que se opone y que busca romper la cadena, como hace la luz del sol en el cielo lóbrego, después de una tormenta. O quizás sea un llanto, que presagia una noche sin fin, un funeral sin destino, donde la vida se corta y se niega. ¿Quiénes somos verdaderamente, si una breve secuencia de notas nos cambia y altera? En realidad no existe una continuidad absoluta en el ser y nuestro mundo está lleno de contradicciones o son las emociones que abren nuevas puertas y nos llevan por senderos que a menudo se contraponen. Estados de ánimo que se persiguen y cada uno de ellos tiene un espacio que no se comunica con los otros y la música sin darnos cuenta nos hace pasar de uno al otro y ante esa realidad empapada de sensaciones no puedo negar ser yo, como también lo soy en otros estados de ánimo, menos melancólicos.

Otro aspecto innegable de la música es su simplicidad. Esa sencillez casi cándida e hiriente que se logra trabajando y experimentando hasta tocar la esencia de la oscuridad más negra, donde ya no existen las palabras, donde los ojos no ven y donde resuena un sentimiento palpitante, que respira y muere lentamente, ahogándose en un hondo mar de piedras. A menudo me pregunto qué hay detrás de las palabras y mi respuesta es el silencio, como si este fuese la negación del verbo. Pero no es así, el significado de una palabra se nutre de silencios que la complementan. Si no fuese así, no existiría la música, que es otra manera de vivir las sensaciones.

La música es un lenguaje impregnado de emociones, que nos llega y golpea, entrando en nosotros como una puñalada, que nos mata lentamente, gota a gota, desangrando hasta que todo se detiene y el silencio nos despierta. Ante las notas no tenemos defensas y nos ofrecemos al destino sin saber lo que nos espera. La composición es de Erik Satie, la Gnossienne número uno, y lo que más siento es la descomposición de cada elemento en pequeñas secuencias de notas, que se repiten, como una lluvia de otoño, evocando en vano estaciones más tiernas. Por otro lado, la música y el lenguaje formal de las palabras surgen de la misma realidad o del mismo vacío y a veces, se funden en poesía o se distancian en el grito.

Quizás en la fuente que ambas vertientes comparten, la música y las palabras, podríamos encontrar tantas respuestas. Por el momento, lo que nos queda son sólo preguntas. Una vez leí que la muerte era la negación de la palabra y, si fuese así, sería incluso la negación de la música, cuyo significado está en la resonancia. Es decir, en las configuraciones de sentimientos capaces de crear y que seguramente varían de persona a persona. ¿Qué sería de la humanidad sin la música y las palabras?