Entre 1994 y 2004, cuando aún no existía la programación en el formato que hoy conocemos, cada tarde nos sentábamos frente al televisor para ver la serie de moda.
Un grupo de amigos treintañeros que experimentan todo tipo de situaciones, la incertidumbre que genera adentrarse en la vida adulta y la locura de estar aún con un pie en la juventud. El dinero, el trabajo, las relaciones amorosas, las urdimbres familiares, los traumas de la infancia o la persecución de los sueños son los temas con los que todos nos identificaríamos, siempre desde un estilo desenfadado muy particular, que resalta, por encima de todo, la importancia de rodearse de buenos amigos.
Friends se convirtió en un fenómeno sin precedentes. Una serie fresca y divertida en la que los seis miembros son igualmente protagonistas, que hoy, veinte años después de la emisión del último episodio, sigue captando nuevos adeptos; los viejos la siguen eligiendo, una y otra vez, queriendo formar parte del grupo de amigos que cualquiera hubiese deseado tener.
Con frecuencia pasa que nos encariñamos con los personajes de la tele; no es que los vivamos como parte de nuestra familia, pero, de alguna manera, están con nosotros: sentimos con ellos, nos enseñan, hacen que desconectemos de los problemas, nos permiten vivir otras vidas, nos duele su partida. Ya lo vimos con Verano azul, en aquel terrible episodio en que Pancho gritaba a los cuatro vientos «¡Chanquete ha muerto!», que desde entonces hace que se nos encoja el alma con el sonido de la guitarra que acompaña la letra «…algo se muere en el alma cuando un amigo se va…».
Tras diez años, el mítico Central Perk, frecuentado por los personajes sin descanso, cerraba sus puertas para siempre. El fin de una época para unos chicos que habían pasado de no tener experiencias especialmente reseñables a convertirse en seis de las caras más conocidas en todo el mundo; el éxito que habían cosechado era tal que en la última temporada llegaron a ganar un millón de dólares por capítulo.
Dejamos de verlos en las sobremesas (hasta que llegaron las reposiciones) para tenerlos en la gran pantalla; los responsables de las grandes producciones de Hollywood se los rifaban: tener entre el elenco a los actores del momento suponía un plus para que la película alcanzara el estrellato. Aunque no siempre resultó así. No obstante, todos saborearon las mieles del triunfo por más o menos tiempo.
Probablemente el personaje más carismático de la serie fuera Matthew Perry, el tío sarcástico que confesaba usar el humor para soterrar sus inseguridades, sin duda, el que más nos hizo reír a lo largo de todos esos años. Anteriormente a Friends, había participado como secundario en series como Los problemas crecen, ¿Quién es el jefe? o Sensación de vivir y, después, compartió cartel con grandes estrellas como Bruce Willis y Salma Hayek. Sin embargo, la carrera prometedora que todos auspiciaban se fue diluyendo sin remedio.
Las palabras «sé amable, porque toda persona que conoces está librando una gran batalla» supuestamente fueron dichas por Platón.
Quien fuera el célebre Chandler Bing, en 2022, sacó a la venta un libro autobiográfico, Amigos, amantes y aquello tan terrible, para poner sobre la mesa lo que había detrás de una aparente existencia gloriosa.
Parece que la idea de contar su historia tuvo que ver con un episodio reciente que, más que un buen susto, fue un billete de no retorno con el que milagrosamente se quedó a las puertas de la muerte, contra todo pronóstico. En su libro se abre un canal para compartir que comenzó a beber allá por los catorce años, cuando, tras la primera borrachera, descubrió que el alcohol le proporcionaba una placentera sensación capaz de hacer desaparecer el vacío que lo había acompañado desde siempre.
Poco antes de que consiguiera el que fuera el papel de su vida, leyó en algún sitio algo relacionado con Charlie Sheen y alguno de sus problemas con las adicciones, y pensó algo como «qué más da, si es famoso». En ese momento invocó al Todopoderoso y, de rodillas, profirió: «Dios, puedes hacer lo que quieras conmigo. Solo hazme famoso, por favor».
Cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad.
La bebida se instaló definitivamente en su vida y, con el tiempo, fueron ocupando su sitio todo tipo de opiáceos para hacerle compañía. Y comenzaron a sucederse los problemas: con 26 años ingresaría por primera vez para desintoxicarse, la primera de un total de 65 veces. Era tal la dependencia al alcohol y las demás sustancias, que en recientes entrevistas reconoce no recordar varios años completos de rodaje de la serie. Para rodar el propio episodio de la boda de Chandler y Mónica tuvo que salir de la clínica en la que se encontraba rehabilitándose.
Pese a ser consciente de lo afortunado que era, nada podía evitar que siguiera deslizándose por el tobogán de la autodestrucción. No escatima en aportar detalles a lo largo de las páginas, a la vez que recuerda a otros que tuvieron peor suerte (eso pensaba él) o, más bien, que cayeron antes: River Phoenix, con el que trabajó de muy jovencito, Heath Ledger y Chris Farley, tipos a los que admiraba, con un talento desbordante, que se fueron muy pronto. «Una injusticia», repite.
Hablar de injusticia implicaría ser víctima de algo ajeno a uno mismo, como una terrible catástrofe natural, pero lo que les pasó a todos ellos, incluido el propio Perry, es que acostumbraban a ponerse hasta las trancas, hasta que un día el cuerpo dijo que ya no más. Lo que no deja de ser una pena.
Según relata, el origen de todo comienza alrededor de sus cinco años, cuando, tras la separación de sus padres, residiendo en Canadá, le envían solo en avión a Los Ángeles para visitar a su progenitor, convirtiéndose en aquello que por entonces denominaban «menor no acompañado».
Los miedos e inseguridades forjados desde la infancia se escondían tras la fachada de bromas y chistes que evitaban confrontar el problema de sus sentimientos, el pavor a quedarse solo y la fobia al abandono.
Las historias de amor que protagoniza son infinitas, todas ellas boicoteadas en el momento más álgido por el temor a que ella se dé cuenta de que no es suficiente y se marche, dejándolo, una vez más, en la más absoluta desolación.
Una de aquellas historias truncadas fue la de la mismísima Julia Roberts. Explica cómo, durante meses, se mandaban faxes en los que abiertamente tonteaban, hasta el punto de dejarlo todo para llegar a casa y comprobar si tenía un nuevo mensaje; las horas muertas al teléfono. Y lo cuenta de una manera tan tierna y tan sencilla que hace que sonrías, porque es igual a aquellos amores adolescentes que ya quedan tan atrás: la inocencia, los sentimientos a flor de piel, las mariposas en el estómago. Y los imaginas sonriendo delante del aparato, como si no hubiera más. Sin glamour, sin artificios, solo el amor en su máxima esencia.
Ese terrible miedo al abandono lo llevó a convertirse en consumidor habitual de alcohol y todo tipo de opiáceos durante toda su vida. A engancharse y desengancharse sistemáticamente. Mientras le llovían oportunidades, siempre a punto de echar a perder. Se había convertido en una celebridad; el sueño que tuvo un día se había cumplido con creces, pero en vez de estar en fiestas en las que sería el centro de atención y disfrutar de lo que los dioses le habían concedido, lo único en lo que pensaba era en estar en su apartamento drogándose.
Resumiendo mucho, el libro resulta ser un periplo a través de la drogadicción, con interludios de escenas ocupadas por relaciones amorosas y proyectos laborales, ambos abocados siempre al fracaso. Con una experiencia mística en la que algo que identifica como Dios se le manifiesta, a modo de señal para recuperar la coherencia y, de paso, su vida.
Sin embargo, tras el calvario al que ha sido sometido durante décadas, afirma en las páginas del libro haber alcanzado la sobriedad definitiva, haber puesto fin a todas las adicciones y estar preparado para caminar hacia una nueva vida en la que poder enfrentarse a sus miedos, encontrar a la compañera con la que poder quedarse y, por qué no, formar una familia. Al fin se percibe suficiente para sí y para los otros, y merecedor de las cosas buenas que estén por llegar.
Después de 377 páginas de recaídas, cuesta confiar en ello. Pero vuelves a ver al chaval desbordante de carisma y simpatía y piensas en cómo es posible que detrás de las cámaras hubiese tanto sufrimiento.
Cuando de pequeño iba con su padre, esa figura tan especial que un día partió poniendo por medio miles de kilómetros, eran Batman y Superman. Regresa a ello para poner el broche final al libro con la clave que, en lo restante, le ayudará a esquivar la amenaza constante de aquello tan terrible: para hacer frente a las vicisitudes y desafíos de la vida solo deberá preguntarse «¿qué haría Batman en mi lugar?».
Apenas un año y pico tras la publicación del libro, Matthew Perry fue encontrado muerto en el jacuzzi de su casa: la causa fue el ahogamiento accidental debido a la pérdida de conocimiento por la ingesta masiva de ketamina (mucho más elevada que la que debiera tomar para el tratamiento de la depresión que padecía).
Aquel día, cuando los informativos nos dieron la noticia por televisión, volvimos a experimentar el mismo sentimiento de tristeza infinita que tuvimos con la muerte de Chanquete, solo que Chandler Bing había muerto de verdad.
En las imágenes obtenidas por satélite, los paramédicos ya han retirado el cuerpo sin vida del actor. En su lugar, como si de un guiño macabro se tratase, la piscina en la que claramente se distingue la figura del inconfundible murciélago.















