No se habla de otra cosa. En los bares, miran como un extraterrestre a quien dice no saber nada del tema. En los parques, los chavales se olvidan del botellón y se arremolinan en torno a los bancos de rigor para discutirlo. En las residencias, todos se afanan por prohibir al personal comentarios al respecto, no vaya a ser que la discusión se lleve por delante a algún corazón delicado. España es un clamor. Todo el mundo lo sabe. Sí, en efecto, Torrente, presidente, la exitosa sexta película de la saga Torrente, perpetrada por Santiago Segura, es una mal disimulada copia de Ali G Is In Da House, la comedia de Sacha Baron Cohen.

Lo confirman, por supuesto, los números. Las primeras estimaciones cifran entre los seis y los ocho millones de euros el presupuesto que Segura ha dedicado a Torrente 6; y entre cinco y siete millones de dólares se dice que empleó Baron Cohen en la primera de sus creaciones, que ha resultado, por cierto, ser la menos polémica, por increíble que parezca. Las dos películas son, además, inversiones con retornos casi idénticos. Si Torrente anda ya más cerca de los 30 millones de euros que de los 25 en cuanto a recaudación, Ali G rondó, dicen, los 23 millones de dólares en 2002. Al cambio, considerada la inflación de los últimos 25 años y deflactado el IRPF, dividido todo entre el patrón oro y sumados el TAE y el Euríbor, cifras calcadas. Palabrita de experiodista económico.

No obstante, a Ali G y a Torrente los emparenta, ante todo, su argumento, en el que dos tipos hasta cierto punto ridículos, sin oficio ni beneficio y de moral distraída se ven envueltos en una trama mucho más grande que ellos mismos, un juego de poder en el que, aupados por un carisma difícil de definir y una cierta capacidad de entender los problemas reales de la gente, sin comerlo ni beberlo, ocupan finalmente puestos de representación política. Torrente acaba su película convertido en presidente del Gobierno, y buena parte de Ali G Is In Da House (traducido en España como Ali G anda suelto, vaya usted a saber por qué) se centra en la actividad legislativa del líder de los chungos del oeste (¿o era el este el que molaba?) en el parlamento británico.

Incluso calcan algunas escenas: ambos ganan enteros ante el electorado tras participar en un debate electoral. Eso sí, con matices. A Ali G lo salva únicamente la suerte: su rival se inmola públicamente reconociendo un caso de zoofilia tras una acusación inventada. Segura, en cambio, se empeña en hacernos creer mediante el poder del guion que las respuestas de Torrente, que hemos escuchado un millón de veces entre carajillo y carajillo (ya saben, aquello de que “si los maricones se quieren casar, que se casen y se jodan, como todos”), son ingeniosas.

El hecho es que las dos películas son buenas hijas de su tiempo. A Baron Cohen, el personaje de Ali G le sirvió para dar un toque de atención a una clase política que, a principios del siglo XXI, se percibía ya como demasiado lejos de los problemas reales. Ofreció una solución: volver a los orígenes. Por el camino, subrayó lo mucho que había de impostura en ciertos desvíos de esa cultura urbana ligada al hip-hop tan de comienzos de los años 2000. Ali G es ridículo porque trata de ser un gánster, pero vive con su madre; tunea su coche, que no supera los 50 kilómetros por hora; viste tratando de emular a gente como Tupac, pero rapea torpemente y se cae al intentar hacer un paso de breakdance.

En ese sentido, sin ponernos muy intensos, cabe decir que es un personaje cervantino. Es imposible no acordarse de Don Quijote viendo (¿o fingiendo ver?) gigantes en los molinos de viento cuando Ali G saluda a Ricky, el blanquísimo personaje interpretado por Martin Freeman (Fargo y Sherlock, entre otras muchas apariciones) al grito de: “¿Y qué se cuece por el barrio, negro?”.

Segura, por su parte, abre Torrente, presidente con una advertencia: “Cualquier parecido con la realidad es una putada”. Es una verdad a medias. Porque, más que parodiar la realidad, esta versión de Torrente imita lo que Segura piensa que es España. Lo hace, todo hay que decirlo, sin ninguna inspiración: Nox es Vox, Pedro Sánchez es Pedro Vilches y Mariano Rajoy es Mariano Rajoy (curioso: a la mayoría de los personajes de derechas se les invita a hacer de sí mismos) en una versión del multiverso en la que gana las elecciones generales en España un fascista. Terrible augurio por venir de quien viene, el hombre que nos cuela una y otra vez los bodrios más taquilleros, el mejor olfato del cine español.

Pero he aquí la verdadera cuestión. Más allá de que, en mi opinión, la cinta de Baron Cohen sea una sátira bastante más mordaz, talentosa, sutil y, desde luego, ciertamente mejor escrita que Torrente, presidente, creo que las separa algo fundamental: la intención y la fe en la sociedad que retratan. Ali G es idiota, pero no deja de ser un tipo bienintencionado que se mete en política para salvar el centro educativo en el que hace algo parecido a dar clase a los niños del barrio (y afeitar las cejas de los alumnos aventajados). Es una constante en la obra de Baron Cohen: por muy provocativas y polémicas que sean sus historias, siempre hay una luz colándose por una rendija. Torrente, en cambio, se mete en política para ganar dinero y enchufar a sus amigos, lo cual es una forma como otra cualquiera de decirnos que esa es la razón que los mueve a todos.

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Ali G Is In Da House (Universal Pictures; portal Imdb).

Sí, la realidad nos ofrece cada día la poderosa tentación de pensar que esto es así. Cuando escribo estas líneas, se cumplen ya unas cuantas semanas de una interminable sucesión de noticias relacionadas con tramas de corrupción que tienen que ver con el PSOE y el PP, los partidos mayoritarios. Por supuesto, terreno abonado para el Torrente de turno. Pero Torrente no tiene razón, por mucho que Segura se empeñe en dársela. Si he de elegir, me quedo con Ali G y su eslogan, aquello de keep it real: seamos legales, seamos fieles a nosotros mismos. Intuyo que muchos optarían por lo mismo que yo, digan lo que digan las encuestas. Antes idiota y crédulo que fascista. Qué quieren que les diga.