Era el año 2001, en la Dirección General de Biodiversidad (DGDB) del Ministerio del Ambiente venezolano, cuando lo conocí por primera vez. Don Luis José Cova era, para ese año, un hombre de 60 años, moreno, de mediana altura, muy locuaz y atento para con todos. Yo no lo entendía.

Confieso que siempre me ha incomodado el trabajo burocrático del Estado y nuestra realidad nacional demuestra que el gobierno siempre es lento, ineficiente y muy torpe. Y, en esa oficina del piso nueve de la Torre Sur de El Silencio, en el centro de Caracas, a la mayoría del personal para finales de la década de los noventas e inicios de los 2000, los veía como representantes del infame modelo. ¡Me equivocaba! Y con Luis más.

Don Cova fue afable conmigo desde los comienzos; yo, por mi parte, fui distante y desconfiado. Él, elocuente como siempre, se acercaba hablando de las cualidades positivas de nuestro trabajo, de curiosidades y de situaciones graciosas. Lo recuerdo perfectamente cuando sucedieron los eventos del 11 de septiembre de 2001. Como periodista e internacionalista que es, tomó la noticia con cautela y análisis. Dijo: “Eso no es accidente, es terrorismo”. Otros compañeros minimizaron o se regodearon ignorantemente de tan graves eventos; Luis los colocó en su exacta dimensión.

Allí comenzó la amistad. Supe que era una persona valiosa y seria. Empezamos hablando del mundo, de política, y luego coincidimos en la fascinación por la vida silvestre, la historia, la cultura y el deporte.

Después vinieron salidas de campo hacia el oriente del país. Me enteré de que él nació en Cariaco y conocía bien Cumana e incluso nuestro destino durante casi los 20 años siguientes: Macuro. Mi compañero inicial de viaje era el biólogo Agustín Quijada, quien pertenecía a esa camada de excelentes profesionales que tenía la DGDB, provenientes, la mayoría, de la Universidad Central de Venezuela. Agustín, en sus cuarenta, era solo unos años mayor que yo, pero conocía más del trabajo con el Ministerio y sobre tortugas marinas, que eran el objetivo de conservación de la oficina en el Golfo de Paria.

Volviendo a Luis, él, como periodista ambiental, cubría nuestro trabajo. Sin embargo, se ofrecía como apoyo en logística y, especialmente, en la comida. Él siempre dice: “Conmigo nadie se alimenta mal”. En el año 2005 se me asignó la coordinación del proyecto en el Golfo de Paria. Agustín tenía otro rumbo, pero Luis comenzó a acompañarme en algunos viajes. Aun así, en la mayoría de esos años hasta 2007, mi persona hacía en soledad aquella larga ruta.

En la oficina tenían una norma informal, aunque prudente y segura: siempre viajen dos. Me di cuenta de que Luis era buen planificador; empacaba una semana antes y la comida era selectamente cocinada por uno mismo. Yo comía fuera todo el tiempo, hasta que me enfermé del estómago en una de esas salidas en solitario. Definitivamente, este cambio era más sano, económico y sabroso.

Incluso nos llevamos un buen licor para los ratos libres. Recuerdo una vez, manejando yo y con él de copiloto, que nos volteamos en una curva fuerte de Clarinesque, llena de arenilla. Tres carros más se fueron, pero el accidente no pareció grave más allá del susto. Desde allí nos asignaron chóferes, lo que aumentó la amistad con los mejores pilotos: Adán Reyes y Edgar “Maracucho” Vargas. También dieron lugar peripecias con otros choferes no muy santos…

Luis me invitó a su casa, me presentó a su esposa Meri, en paz descanse, y a sus dos hijos. Incluso extendió el círculo con sus amigos personales. Meri se encariñó con mis dos hijas, mi esposa e incluso, siempre que la invitábamos, llegaba con comida y/o un regalo para todos.

Nos reuníamos en el trabajo, comíamos juntos, compartíamos cafés, tés y muchas reuniones de trabajo. Sin embargo, lo mejor eran las salidas de campo. Entre 2005 y 2008, trabajamos intensamente con otros programas de sondeo de fauna silvestre con cetáceos en Mochima y Araya. No obstante, el proyecto que más fruto dio y se mantiene es el de Tortugas Marinas en Macuro.

De 2001 a 2019, fueron 18 años de viajes continuos con él, tanto en avión, carro y lanchas desde Caracas hasta ese último pueblo del nororiente de Venezuela, donde no hay carreteras y los servicios de electricidad y las comunicaciones siguen comprometidas.

El programa vio una época dorada continua y generosa de financiamiento estatal. Alcanzaba para viajar holgado, comer afuera, alojarse en buenos lugares y para cualquier eventualidad. Los resultados de conservación fueron pioneros para la DGDB en la región: control de la depredación ilícita, educación ambiental de la comunidad local y entender los aspectos generales de la ecología de esas especies en riesgo de extinción. Mientras, Luis orientaba, aconsejaba y solucionaba.

Las noches de campo eran una experiencia que todo biólogo, naturalista o turista deseaba experimentar. Allí, Luis hizo gala de su logística; qué comprar para acampar, qué mejorar y qué comer, por supuesto. Sus conversaciones, para mí, eran amenas. Él hablaba con todos los del pueblo.

Siempre en mi recuerdo estará preparar las hamacas y accesorios y hacer el trabajo de campo. Además, era un fotógrafo de naturaleza excelente. Todo lo que a mí se me pasaba, él lo completaba.

Mi prioridad eran los datos científicos y el cumplimiento de las leyes de protección de naturaleza, sin embargo, este programa en el Golfo de Paria no hubiese logrado tanto sin él. Luis convencía mejor a los directores; sus relaciones interpersonales eran respetuosas del prójimo, desde el más humilde del pueblo hasta el más poderoso señor (o señora).

Lo mejor de todo era el whisky moderado con abundantes snacks de recompensa cuando el trabajo estaba listo. Reitero lo de las comidas porque es una memoria tan agradable la de conseguir un buen pescado fresco del Golfo, prepararlo, acompañarlo de una buena ensalada con tostones fritos y salados por uno mismo. Hasta vino llevábamos.

Los años más duros fueron de 2013 hasta 2020, cuando la crisis económica venezolana nos estalló en la cara. Muchos decían: “Cierra el proyecto”. Otros pocos contradecían: ¡Si lo cierran, volverá la depredación de vida silvestre y todo lo que hicieron se perderá!

La mejor solución se encontró: buscar fondos privados e internacionales. Luis encontró el primer filántropo nacional, Saúl Gutiérrez (QEPD). Aunque Luis fue jubilado a sus 65 primaveras, siguió ayudando e incluso cumplió casi sus 80 antes de su último viaje en el año 2019, cuando su salud y fuerza disminuyeron. Ya hace más de seis años que don Cova no va para Macuro. Su maravillosa esposa, Meri, murió hace más de una década, un hijo se fue a Estados Unidos, las reuniones disminuyeron y muchos de sus amigos se han distanciado. Sin embargo, tiene a su hijo mayor con él, a muchos familiares a quienes visita frecuentemente, y nos seguimos viendo un par de veces al mes para hablar de todo, chequear el programa en Paria, y rememorar esos días de gloria.