Promesa
Voy a dejar la puerta entreabierta, lo prometo, aunque me arrepienta, aunque me sude la mano, aunque me tiemble la carne y rechine los dientes, te lo juro que cumpliré mi palabra. No le echaré cerrojo; dejaré el umbral con una pequeña rendija. Ni la cierro ni la abro de una vez porque me dijiste que es por las aberturas, los huecos y las grietas por los que pasan esos semivientos que fueron nuestras verdades a medias, que, en realidad, fueron nuestros puntos de encuentro.
¿Te acuerdas de mí? Me muero si dices que no. Te echo de menos. Quisiera verte, pero más que todo, quisiera escucharte. Todos los días cruzamos una puerta de algún tipo: ya sea una puerta de la conciencia o una puerta de entrada a nuestra vergüenza. ¿Qué significa para ti esa puerta? No le creo a René Magritte, que asegura: “Esta puerta cerrada está, sin embargo, abierta…” No lo sé; tal vez sí que tenía razón. A modo de prólogo
Corro lo más rápido que puedo, con el aire que revienta en la cara. Escucho el zumbido del viento que se entremete en los laberintos de las orejas. Oigo un zumbido que va transformándose en melodías que he reconocido alguna vez, en algún lado. Algún lado. A pesar de que el volumen es como una piedra afilada que me corta los oídos y quisiera parar para golpearme la cabeza e intentar callarlo, sigo corriendo.
Al final del camino sé que encontraré la puerta de madera. Esa que dejé entreabierta para que fluya el semiviento. A la abuela y a sus hermanas les encanta sentarse allí, en sus sillas de palo blanco. Siempre suelen acomodarse allí, frente a la casa de la puerta de tablones de madera enmarcada por las ramas floreadas de la buganvilea. Solía poner una gran cesta de garbanzos verdes recién cocidos a los que les echaba sal de grano. A mí me gustaban con chile piquín y mucho limón, mejor si estaban tiernitos. También dejaba una cubeta para echar la basura. Para aventar la piel de la vaina, porque esa sí que no se come. Un día, vi a mi abuela soplar su aliento al ojo de la cerradura, como si quisiera dejarle el cierzo personal marcado.
Sigo corriendo porque quiero llegar a escuchar sus historias, sus risas, hasta sus regaños. Quiero llegar a recargarme en la puerta y poner atención a todo lo que dicen. Cada tarde, tienen una nueva historia que contar. Era magia. Eso era. Era olor a humedad y polvo, a flor y tierra. Era eso a lo que olía lo sagrado. Su reino era cálido y firme. Era la seguridad de estar en el mundo en el que se tejen las historias. Era el amor fraterno a prueba de todo. Tomé una siesta antes de empezar el viaje. Desperté con los pies y las manos congelados; por eso salí corriendo, a pesar de que afuera está oscuro y hace frío. Salí corriendo, apresurado, pero tomé la precaución de dejar la puerta entreabierta.
Abue, cuéntame un cuento
Corro como un chiflido al viento. Siento que la piel de la cara se agrieta por el frío. Dejo de sentir la punta de los pies y de las manos; imagino que ya traigo los dedos negros. Un cálido aliento que sale de mis fosas nasales se congela de inmediato al entrar en contacto con el aire. Me pregunto por qué no dejo de correr y me tomo un respiro. Es como si alguna especie de imán me jalara a cruzar el umbral. No tengo el nervio para detenerme. No tengo fuerza de voluntad.
Abue, cuéntame un cuento. Había una vez un niño parado frente a la puerta de madera, rodeado de montones de letras amarillas dobladas frente a sí. No, abue, ese cuento no. Ay, no me digas que te da miedo. Ella sabe que me da pánico. ¿Cuál quieres? Ya sé: te voy a contar el del barquero al que le tienes que dar una moneda para que te cruce al otro lado de la laguna. No, mejor ese tampoco. ¿El de la puerta? ¿Quieres hacer preguntas sobre la puerta? ¿Estás bromeando? No, abue, no. Ese menos. Bueno, bueno, no llores. Basta, seca las lágrimas. Sólo recuerda. Ya sabes lo que tienes que hacer con esa puerta.
Claro que no sabía, pero no me atreví a preguntar. En general, a la gente no le gusta que le hagan preguntas; sobre todo si las preguntas son de carácter extraño. Quise moverme, pero no supe a dónde ir; todo parece raro y desconocido. Miro a mi alrededor. La puerta de madera enmarcada por las ramas de la buganvilia tiene una flor que sirve como asa. Mejor escucha el cuento y no intentes entrar ahí. Te llegará el momento de pasar. Aléjate de ahí. Espera tu tiempo. Pasaré primero que tú; luego pasarán ellas. ¿A dónde llegarás, abue? A un lugar en el que me vas a poder encontrar.
Del otro lado
Las imágenes de la puerta polvorienta cambian rítmicamente por las imágenes del soleado patio interior con una silla de palo blanco en el centro y otras iguales rodeándola en un círculo perfecto. Se disuelven una a otra frente a mis ojos a tal velocidad que me mareo. Siento que el viento helado me avienta hacia atrás. Se desencadena un reflejo de sobresalto. Se me sacude todo el cuerpo. Me despierto.
El olor familiar de los garbanzos verdes viene de alguna parte. Es el mes de noviembre; fue cuando ella traspasó el umbral montada en el semiviento. Yo no la vi partir. ¿Quieres hacer preguntas sobre mi puerta? ¿Estás bromeando?
Una noche, al entrar en un apartamento, se me rompieron las llaves en el ojo de la cerradura y me quedé en el lado exterior de la puerta. Me agaché para ver y sentí esa brisa delicada que formaba un remolino en el hueco del cerrojo. Sí, era eso. Era el aliento. Era su aliento. La puerta es una barrera movible que delimita la frontera entre el aquí y el allá.
Semiviento
Voy a dejar la puerta entreabierta, lo prometo y no me arrepiento. Te juro que cumpliré mi palabra. No le echaré cerrojo; dejaré el umbral con una pequeña rendija. Si ni la cierro ni la abro de una vez, es porque te respeto. Más que eso, porque quiero verte. Ven cuando quieras. Ven si quieres. Ya no tengo miedo. Ya no voy a llorar. Siento que es por las aberturas, los huecos y las grietas por los que pasan esos semivientos que fueron nuestras verdades a medias. Y, ojalá, sea ese viento frío en el que tú y yo volvamos a hablar.















