Mala semana. El verano se acaba y el DuoMar comienza a alejarse de la playa, en dirección a la ciudad. El clima cambia y, con él, los lugares que frecuentan los turistas, y, bien sabido es, los DuoMar trabajan para los turistas.
Las cuentas se acumulan y las monedas escasean: una historia conocida. La paciencia de los muchachos es entonces más corta, el humor más tenue; algunos conocidos miedos rozan la espalda.
Habían recibido noticias de que los turistas abundaban ahora en Montjuïc, gracias a las vistas y la Fuente Mágica, y los DuoMar se dirigen hacia allí un mediodía de fines de agosto de 2009.
Llegaron con sus instrumentos al sitio y, apenas unos minutos después, fueron abordados por otros cazadores de turistas: guitarristas chinos, vendedores de maravillas, etc. Imposible tocar allí. Hay que buscar otros horizontes.
Y hacia el horizonte mismo se dirigen nuestros héroes. Luego de discutirlo un poco, se disponen a llegar a la cima de Montjuïc, en busca del bar del museo del fuerte. No saben qué les espera allí arriba: ¿la policía?, ¿un dueño del bar hostil?, ¿escasez de turistas?, ¿pérdida de tiempo?
A medida que suben la cuesta, que mide varios cientos de metros de largo, se hace más empinada y las preguntas más apremiantes. Con una guitarra eléctrica a sus espaldas, un amplificador metido en una mochila que bambolea frente a su pecho, y empujando su bicicleta barranca arriba, Ignacio llega al pico de su enfado y comienza a proferir insultos al aire en cuanto idioma se le ocurre. Está harto de la policía, de la crisis, de la inestabilidad del trabajo callejero.
Fred, que transporta un saxofón, está más liviano de equipaje y de ánimos (en días así, Ignacio se pregunta por qué demonios no eligió tocar la flauta travesera) y conmina estoicamente al dúo a continuar. El esfuerzo continúa y finalmente llegan a la cima.
Los dos muchachos, vestidos con ropas livianas de playa y acarreando cada uno un instrumento, más una bicicleta y un amplificador, hacen lo posible por pasar desapercibidos entre un mar de turistas extranjeros cargados de cámaras fotográficas. Pasean disimuladamente, saludan al guardia de seguridad de la entrada y atraviesan el túnel de entrada al fuerte, que es muy similar al puente de un castillo medieval, listos para enfrentar al dragón y rescatar algunas virginales monedas.
Se instalan en una esquina del fuerte, con una magnífica vista de Barcelona a sus pies. Los turistas pasean, conversan, fotografían.
Empieza la función. Todo va bien: venden un par de discos, reciben algunos aplausos. Sin embargo, instantes después aparece un guardia de seguridad, interrumpiendo su ejecución.
—Aquí no se puede hacer desorden público —dice con apatía el segurata.
Tensión y silencio en el rostro de los muchachos.
—Pero esto, para mí, no es desorden público —continúa el robusto empleado—; esto es arte, así que, por mí, continuad.
Dicho esto, el guardia se retira; los muchachos recuperan el aliento y la interpretación.
Cling, cling, monedas en la gorra. Minutos después, aparece un señor bajo y malencarado que se aproxima rodeado de un séquito de colaboradores. Sin duda, algún tipo de autoridad. Interrumpe al dúo en medio de un tema, de forma casi violenta.
—Que os invito a una copa, venga —les espeta.
Ignacio no puede evitar pensar que están siendo amablemente invitados a retirarse. Entre sonrisas nerviosas, los muchachos continúan tocando; comienza el segundo set y los dedos ya están más calientes. Este es el momento en que la interpretación comienza a disfrutarse más. Pocas canciones más tarde, aparece el hombre de autoridad nuevamente.
—¡Hombre, dejad los instrumentos, que os invito a una copa! —insiste.
Esta vez, los muchachos obedecen. Dejan sus instrumentos, desenchufan cables y se dirigen a la terraza del bar que este señor regenta. Allí entran en plena conciencia de todo.
Este señor, que llamaremos Pau, es un auténtico bonachón y todo el bar, es decir, todos sus empleados, es un reflejo de esto. Los camareros se niegan rotundamente a servir más cava a su jefe, ya que opinan que ha tenido demasiado. Hasta el encargado de la seguridad participa del clima distendido del lugar. Los DuoMar son así invitados a comer, a beber y a reír, todo por cuenta de Pau.
Con el estómago lleno, llega la hora de hacer cuentas. El dúo se activa y comienza la función mientras los acompaña un bello atardecer de un día de verano en la cima de Montjuïc. El Mediterráneo se extiende a sus pies, Barcelona poco a poco enciende sus luces y el jazz inunda el aire.
La gente del bar se va animando a bailar. Los abuelos y los niños primero. Las damas, después. Los hombres miran desde el fondo, sonrisa y cava.
Muchas canciones más tarde, el día se retira, la noche avanza y es hora de marchar. La tertulia finaliza; alguna muchacha brasileña se acerca a saludar y Fred consigue una cita; las cosas no dejan de mejorar, piensa el dúo.
Caminando cuesta abajo (¡cuánto más fácil es la cuesta abajo!), los muchachos conversan animadamente, repasan los eventos del día y dividen el botín. Descienden de la montaña por sinuosos caminos arbolados, rodeados por una oscuridad en la que flotan millones de luces de la ciudad.
—Ja, ja, en un momento, mientras maldecías en la subida, dijiste “This is not life!” —recuerda Fred.
—Ni me acuerdo —contesta Ignacio. ¡Qué bronca que tenía!
—¿Pero no te das cuenta? “This is not life”, esto no es vida… —Esto que nos pasó hoy no te pasa todos los días —continúa Fred. Ignacio ya había atosigado a su compañero con alguna historia que había escrito, y Fred conocía su afición por la escritura.
—Deberías escribir lo que nos pasó hoy —sentenció Fred.















