Segunda y última entrega de este cuento dividido en cuatro actos –El prejuicio; El misterio; La injusticia y El mensaje-, que narra los malentendidos a los que se enfrenta un enigmático personaje al llegar a un puerto (cuya ubicación geográfica desconocemos), portando un mensaje críptico.
En la entrega anterior, luego de descubrir que la nota que Otro llevaba en su puño estaba escrita en una lengua incomprensible, los medios de comunicación contribuyeron a aumentar el caos y el detective sumó a un grupo de doctores y “sabios” para continuar con su innecesaria investigación.
El viaje de “Otro”, tal es el nombre del protagonista, simboliza la lucha por el entendimiento, la empatía y la inclusión en una sociedad marcada por la discriminación y el temor frente a lo desconocido (es decir, aquello que considera distinto). A lo largo de su travesía, el misterio se va dilucidando, dejando a la vista tanto las costuras de la intolerancia como el impacto sanador del lenguaje cuando se presenta envuelto en una de las capacidades propias de la poesía... brindar cobijo.
3° acto: La injusticia
Lo primero que hicieron —por supuesto, a despecho— fue enjaularlo. Sugerían que una vez administrado el poderoso medicamento recetado (según un meticuloso cronograma), el sujeto permaneciera encadenado y esposados los brazos a su cama, para brindar seguridad a cada dama que paseara por allí su desconcierto.
El infalible electrocardiograma terminó revelando el desacierto de médicos, científicos, filósofos… y avivando el ridículo debate.
Entre placas, discusiones, reflexiones, ecografías, análisis, proezas y algún que otro indescriptible disparate, una junta de dos mil especialistas intentó —sin irse por las ramas, ni engañarse a sí mismos con promesas— arrancarle, a lo incierto, sus certezas…
Hubiera preferido no ser yo quien lo volvió a encontrar ese otro día. Idénticas, mi sorpresa y sus tristezas. Distinta, esta vez, la geografía.
En un agosto frío, gris, nevado, lo habían trasladado, con las dos manos juntas, a este desierto inmenso.
Lo vi tan asustado e indefenso, tan solo y sin preguntas, que pregunté en su nombre. Y me respondió un hombre con voz de no saber: —Yo no sé todavía si hay algo que temer, buscamos una vía, alguna solución…
Lo cierto es que en el lugar del que venía, no había ni un experto que pudiera declarar con certidumbre o convicción, si el ser exótico moribundo en la camilla (que no soltaba el papel con el enigma y nos hincaba la astilla de la duda), merecía nuestro castigo o nuestra ayuda.
Quedaba, como única semilla, la mágica intuición de Galatea, quien —invirtiendo por completo el melodrama y conociendo, como él, su propio estigma— hizo pulsar de vida cada escama al descender de su hipocampo con premura.
Zambulló en esta trama su ternura, su sonrisa serena de sirena, sus imperfectos dedos de alquimista… y se ofreció —con heroica valentía— a ser ella misma, terrenal deidad, quien abriera el puño apretado de su amado.
Ante la inefabilidad de lo observado, habiendo oído latir su corazón y sin haber comprendido el jeroglífico (del que ya una palabra se había deshojado), huyó raudo el forense del salón. No habría autopsia y tamaña confusión sería difícil de cargar sobre sus hombros.
Una breve observación les dio la pista a los que investigaban entre escombros cada mínimo detalle, cada arista, del desquicio de aquel caso ya cerrado.
Cuando la conclusión estuvo lista, el equipo —saliendo del asombro— estableció dos o tres nuevas prohibiciones (por puro miedo a perder el viejo vicio) y le otorgó aquel permiso tan ansiado.
4° acto: El mensaje
No se supo hasta hoy —hasta este instante— lo que les contaré más adelante: Otro está aquí, radiante y vivo, recobrando su auténtico motivo.
—“Es lamentable que una feroz sospecha… haya originado un desafuero… tan doloroso e impune hasta la fecha”, recita, ahora, el juez indiferente (luego de su silencio reiterado), arrugando el papelito con la mano.
—¿Otro es un ser humano? Alguien se está animando a proponerlo sin que nadie ostente prueba alguna que amerite cuestionarlo o detenerlo.
¡Legítimo lugar recuperado! Sobreviviendo al prejuicio (obstinado y añejo), por obra de la duda: ¡Lo es! ¡Otro es humano!
Queriendo interpretar su mensaje cifrado, le pido a Galatea, en un acto reflejo, que sostenga un espejo.
Y en esta tierra pálida —casi como una escuálida Penélope moderna en su acción sempiterna, pero contradictoria— Otro va destejiendo su reciente pasado, de a poco y de memoria:
odaromane …númoc erbmoh nU
Sabiendo que jamás ha sido peligroso, ni capaz de matar o hacer algún destrozo, comenzará de nuevo con esa cicatriz. ¡Hoy, día de mudanza!
Se ha instalado en mi cuento, con su amor, Galatea. Con eso ya le alcanza para verse feliz… ¡feliz y empoderado!
Ni invento, ni capricho. El espejo lo ha dicho. Él simplemente es:
Un hombre común… enamorado.















