Viajar por la Carretera Austral es arrojarse a la aventura y aprender a atravesar todo tipo de fronteras. En esta primera entrega se recorren Icalma, Puerto Montt, Hornopirén y Chaitén, territorios donde la vida cotidiana se construye entre volcanes, fiordos y la persistencia del trabajo humano.

Icalma: adentrarse en el silencio

El viaje comenzó por Icalma. Icalma significa, en mapudungún, “espejo de agua”. Es un pueblito que da nombre al paso fronterizo que separa los territorios de Chile y Argentina. Apacible, calmo, a orillas del lago Icalma, de origen glaciar. Cuando uno traspasa el límite internacional e ingresa al territorio chileno a través de este lugar, da la sensación de que el tiempo se ha detenido. Por eso, el viajero respetuoso debe bajar la ventanilla y escuchar. Escuchar el suave oleaje del lago, el cacareo de las gallinas de las chacras y los graznidos de los caiquenes que se agrupan al lado del agua.

Luego de algunos kilómetros por una ruta que oscila entre el ripio y un prolijo asfalto, aparecen los primeros poblados, Melipeuco y Cunco, yno queda la menor duda de que ya no estamos en territorio argentino. La fisonomía urbana cambió y el clima también. Aflora la humedad en forma de llovizna, de pastos de un verde encendido; y empiezan a verse las hortensias, en una gran y hermosa variedad de colores, y esas pintorescas construcciones de tablas de madera en los frentes.

Todavía quedan alrededor de 400 km para llegar a Puerto Montt y, en el camino, pasamos de las pequeñas carreteras asfaltadas con algunas casas a los costados, a las grandes autopistas que permiten observar las urbanizaciones de lejos y desde arriba. Y se suceden nombres propios en español y en mapudungún: Las Hortensias, Villarrica, Llaullao, Huellelhue, Puyehue, Malihue, Los Robles, Quinchilca, Menao, Los Cerrillos, Río Bueno, San Pablo, Osorno, Cancura, Frutillar, Llanquihue, Puerto Varas, Alerce, hasta llegar a Puerto Montt.

Puerto Montt: entre el puerto moderno y el bosque milenario

Una ciudad que parece haber encontrado un suave equilibrio entre el avance de la industria y de los capitales internacionales, y una vida que aún conserva el pulso de una época en la que todo transcurría con mayor lentitud. Las tribus urbanas, con sus excéntricos cortes de pelo y ropajes vintage que ya casi no se observan en otras partes, conviven con los enormes y nuevos centros comerciales y las grandes cadenas de comida rápida que se repiten en distintos puntos de la ciudad.

Pero basta tomar la ruta para que ese mar de vehículos que rodea las rotondas del centro desaparezca rápidamente. A pocos kilómetros emergen parques nacionales poblados por milenarios bosques de alerces y extensos espacios verdes de chacras donde la vida poco se parece al ritmo apurado del centro urbano.

Así, a poco más de 40 km hacia el este, se encuentra el Parque Nacional Alerce Andino, con unas 20.000 hectáreas de bosques y lagunas donde, durante los días de sol y calor, los visitantes deben convivir con la paciente insistencia de los tábanos del lugar.

Un poco más de 20 km hacia el oeste de la ciudad de Puerto Montt se encuentra Monte Verde, un yacimiento arqueológico con evidencia de asentamientos humanos del Pleistoceno tardío que resulta fundamental para repensar el poblamiento americano. La datación reconocida y aceptada de uno de los sitios del yacimiento es de aproximadamente 14.500 años AP, lo que cuestiona los fechados previamente consensuados para el continente americano, que situaban la presencia humana en menos de 13.000 años.

En Puerto Montt comienza el km 0 de la Ruta 7: la Carretera Austral. Con emoción, la pisamos con el caucho de las cubiertas del auto y comenzamos una travesía que pronto se verá interrumpida por la primera barcaza, porque la particular fisonomía de Chile hace que, en este y otros tramos, la ruta continúe por mar. Subimos a la embarcación y, en un emocionante primer cruce, atravesamos el estero Reloncaví. El viaje de poco más de 30 minutos que une Caleta La Arena con Caleta Puelche, ofrece un primer anticipo de lo que vendrá: un mar de un azul profundo acompañado permanentemente por la Cordillera de los Andes, que observa, atenta y vigilante, cada paso de los viajeros que deciden adentrarse en sus imponentes tierras.

Hornopirén: la vida cotidiana bajo el silencio del volcán

Hornopirén es un pequeño pueblo tradicional al pie del volcán homónimo, donde resulta indudable la influencia de los inmigrantes alemanes en la cultura, la arquitectura y el aspecto general de algunos poblados chilenos. Hoy pienso en Hornopirén y recuerdo el placer de esas enormes porciones de salmón grillado; el trekking hacia las hermosas cascadas del Río Blanco, con sus aguas lechosas de deshielo; el Mercado Costumbrista; los tábanos siempre dispuestos a picar al caminante; el volcán, que observa como un mudo testigo el devenir de la vida cotidiana del pueblo; y la siguiente travesía en barcaza.

Chaitén: un pueblo emergido de las cenizas

Llegar a Chaitén por tierra desde Hornopirén no es nada fácil. Si bien uno puede leer sobre la necesidad de reservar la barcaza con tiempo en temporada alta para asegurarse un lugar para cruzar el auto, nada termina de cobrar verdadero sentido hasta que se llega a Hornopirén, uno se acerca a Somarco para comprar el pasaje en ferry y se encuentra con una larga fila de personas locales y turistas de todas partes del mundo que reciben exactamente la misma respuesta: “el ferry está lleno y no hay lugar hasta dentro de varios días”.

La opción es comprar igualmente un pasaje que uno sabe que quizá no le sirva y, con convicción y un poco de desparpajo, situarse varias horas antes para ver si la suerte acompaña y se logra entrar en la barcaza. Porque, si lo que se desea es continuar la Carretera Austral hacia el sur, no hay más alternativa que subirse a ese ferry y seguir bajando hacia Chaitén.

En la fila, un empleado nos desea suerte y comienzan los cálculos: el tamaño de la embarcación, el tipo de ticket colocado en cada parabrisas, la hora de llegada y la cantidad de vehículos que deben cruzar —motorhomes, camionetas 4x4 con tráilers, camiones de abastecimiento, motocicletas y unos pocos autos tipo hatchback—. La cuenta es imposible. Pero subir al ferry, pese a todo, parecía remotamente posible. Tuvimos suerte o calculamos bien, o un poco y un poco, pero la cuestión fue que logramos embarcar.

El viaje a Chaitén es largo y agotador. A las más de dos horas que tarda el ferry en unir Hornopirén con Leptepu —la primera parada— hay que sumarle los 10 km por tierra en caravana, atravesando un sector del Parque Nacional Pumalín Douglas Tompkins para ir desde Leptepu hasta Fiordo Largo. Luego sigue el segundo tramo en barcaza, entre Fiordo Largo y Caleta Gonzalo, que dura unos 30 minutos. Finalmente, tras descender de la embarcación, queda un trecho extenso y terroso —que después supimos se debía a las cenizas de la erupción del volcán Chaitén en el año 2008—, muchas veces recorrido de madrugada, hasta por fin llegar al pueblo.

Al arribar, fue como si Chaitén estuviera cerrado. Esa noche nos tocó dormir en el auto. Sin embargo, nada logró opacar la alegría de la travesía que acabábamos de realizar. De Chaitén nunca voy a olvidar la calidez y amabilidad de su gente, las empinadas y resbaladizas escaleras del trekking al volcán, los desayunos de Amparo, los completos en Chispita, el Museo de Sitio y la impactante historia de la erupción de 2008, que puso en jaque la existencia misma del pueblo y cambió su fisonomía para siempre.