Este pasado marzo, durante las vacaciones de primavera y gracias a la invitación de mi hija mayor, Daniela, y su esposo, Cris, nos aventuramos con ellos y sus chamos, Manuel Mauricio, Inés Margot y Aquiles Marcelo, a visitar Panamá. Lo mejor del viaje sería compartir algunos días con nuestra sobrina Verónica, su esposo Rafael y su hijo, el inteligente y simpático Lucas. Igualmente, era importante para mí y mi esposa poder compartir, aunque fuera por unos momentos, con mi prima Betty y su esposo Nicolás, quienes, para “ensalzar” nuestro encuentro, también invitarían a sus hijos, Nicolás y María Eloísa, profesionales e independientes, con un futuro más que promisorio.

Gratamente sorprendidos por la amabilidad de los panameños que encontramos en todo nuestro recorrido (¡desde nuestra salida en Austin!), recorrimos Panamá Viejo, la antigua capital del país, destruida por el corsario galés Henry Morgan (1635-1688) en 1671, así como el actual Casco Antiguo, fundado en 1673 en una pequeña península sin nombre propio, rodeada de arrecifes rocosos.

Desde antes de nuestro viaje, Daniela nos había comentado su interés en visitar el Valle de Antón, ubicado a unas dos horas de la ciudad de Panamá. Como un viaje de “ida y vuelta” sería muy forzado, decidió que pasáramos al menos un par de noches en el lugar. Este es un pueblo establecido dentro de un volcán extinto desde hace miles de años. Mientras disfrutábamos de los paisajes y pueblos que recorríamos en nuestro camino desde la ciudad de Panamá hacia el Valle, no podíamos dejar de notar la similitud con los pueblos y las carreteras venezolanas. Todo tenía ese “sabor tropical” que extrañamos de nuestro país de origen.

Igualmente, sabiendo que pernoctaríamos en lo que alguna vez fue un volcán activo, se me “paseaba” por la mente una de las historias leídas en mi niñez: Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne (1828-1905). Esa extraña y maravillosa aventura ficticia en la que el brillante y excéntrico geólogo y profesor de incansable curiosidad científica Otto Lidenbrock, junto a su temeroso sobrino Axel y el guía islandés Hans Bjelke, se internan en las entrañas terrestres a través del cráter del icónico estratovolcán Snæfellsjökull, en el oeste de Islandia, para, después de múltiples peripecias, salir por un conducto del Stromboli, en el archipiélago de las islas Eolias, frente a la costa norte de Sicilia, en Italia.

Antes de convertirse en tierra firme, la futura Panamá formaba parte de un arco volcánico, resultado de la subducción de la placa tectónica de Cocos bajo la placa del Caribe. Las rocas más antiguas del país son basaltos que marcan el inicio de su historia geológica. Cuando esos volcanes submarinos crecieron hasta emerger como islas, comenzó el proceso de sedimentación y posterior colonización de los espacios, ahora terrestres, por elementos de flora y fauna.

Aunque aún se debate cuándo ocurrió exactamente el cierre del pasaje oceánico entre el Pacífico y el Caribe, es indudable que dicho evento tuvo un enorme impacto en el clima y la fauna mundial, facilitando un intercambio biótico significativo y alterando los patrones de circulación global, lo que contribuyó a la glaciación en el hemisferio norte.

Igualmente, cambió drásticamente la circulación termohalina global (también conocida como la “cinta transportadora oceánica”), un sistema de corrientes profundas impulsado por diferencias de densidad, determinadas por la temperatura y la salinidad del agua. Este sistema transporta agua, calor y nutrientes a nivel mundial, regulando el clima terrestre al mover aguas cálidas hacia los polos y frías hacia el ecuador. El cierre del pasaje oceánico entre Norteamérica y Suramérica impactó, sin duda, la evolución humana y quizás pudo haber sido uno de los catalizadores de nuestro desarrollo como especie bípeda.

Al consolidarse el istmo de Panamá como puente terrestre hace unos cuantos millones de años (hasta hace relativamente poco se pensaba que fue hace unos 3 millones, pero estudios recientes revelaron que pudo haber sido hace entre 10 y 15 millones de años), el volcán del Valle de Antón, un estratovolcán hoy extinto, formó parte de ese puente. Tras intensas erupciones hace millones de años, se formó su gran caldera de unos 6 km de diámetro. Algunos estudios estiman que la última actividad significativa fue hace cientos de miles de años, pero la caldera actual se formó hace unos 56 mil años.

Inactivo el volcán y ya constituida la caldera, esta se convertiría en un lago. Pero luego de miles de años, la erosión rompería algunas paredes y el agua acumulada se drenaría. El colapso de las áreas erosionadas del volcán dejaría una depresión que, con el tiempo, se llenaría de vida, flora y fauna que formarían los ecosistemas actuales de bosques nublados en las zonas altas de las paredes y un valle fértil en su interior. Grupos humanos eventualmente se irían asentando en el lugar. Hoy en día, se considera el segundo cráter habitado más grande del mundo.

Se estima que los primeros pobladores de Panamá llegaron durante el periodo llamado paleoindígena, hace entre 9 mil y 11 mil años. Aquellos primeros cazadores nómadas se irían convirtiendo en sociedades complejas organizadas que practicaban la agricultura y la orfebrería.

En la región del Gran Coclé, donde se encuentra el Valle de Antón, se consolidó una subcultura que celebra el mestizaje y la herencia de los siete pueblos originarios de Panamá: Ngäbe, Buglé, Guna, Emberá, Wounaan, Bribri y Naso Tjër Di. Aparentemente, con una mayor influencia de los Ngäbe, quienes terminaron por colonizar el área, se muestran tradiciones ligadas a la tierra y se reconocen como grandes agricultores y artesanos.

Aunque el distrito del que forma parte el Valle de Antón se estableció a fines de 1855, la zona ya contaba con pobladores y actividad ganadera desde la época colonial. Más aún, antes de la llegada de los españoles, los miembros de los grupos indígenas de aquel gran mestizaje eran naturales del lugar y de sus alrededores. El pueblo que hoy conocemos como El Valle de Antón, aunque no tiene una fecha exacta de fundación, comenzó a ser ocupado por nuevos pobladores en el siglo XIX, siendo el año 1860 una referencia clave.

Las comunidades de la zona valoraban y aprovechaban las aguas termales de origen volcánico por sus propiedades terapéuticas y medicinales. De igual manera, estos habitantes establecieron caminerías hacia las fuentes de agua provenientes de las laderas de las antiguas paredes del volcán.

Explorando junto a mi esposa, mi yerno y dos nietos por uno de los senderos, nos encontramos con un joven, parte de un grupo de porteadores que llevaban bloques y materiales para construir un tanque que eventualmente surtirá de agua a la comunidad, ya que el antiguo se dañó. Me quedé conversando con él; estaba muy interesado y era conocedor de la historia del área.

Llevaba parte de la comida para los trabajadores (se acercaba la hora del almuerzo) y se había detenido a descansar. Aproveché el fortuito encuentro para preguntarle por las leyendas de la zona. Una de estas, me dijo, no es exclusiva del Valle, sino que está esparcida por casi todo Panamá: la Silampa. Original de una región al norte del Valle, está asociada con las noches frías y de intensa neblina (¡lo cual no es raro en el Valle!, acotó). Es un ente fantasmal blanco, de niebla muy densa, que acecha al desprevenido para atacarlo.

Me contaba que, durante la época en que los conquistadores españoles llegaron a Panamá, una bella princesa indígena se enamoró de un guerrero. Pero esta era una relación prohibida. Al intentar escapar juntos, fueron capturados. El padre de la joven, que andaba en busca de su hija, al encontrarlos, asesina al guerrero. Ante tal traición, el espíritu de la noche, que había otorgado poderes al guerrero, se transformó en odio y venganza, apoderándose de la joven y convirtiéndola en un ser maligno. Ella terminó matando a su propio padre a mordiscos, hasta convertirlo en un esqueleto.

Curiosamente, el sendero por el que nos encontrábamos conversando era el camino hacia la India Dormida, una formación montañosa natural que se asemeja a la silueta de una mujer acostada. El día anterior, desde el mercado comunal del centro del pueblo, nos habían señalado ese perfil en la montaña.

El joven continuó hablando, indicándome que esta sí era una leyenda autóctona del Valle. Otra princesa indígena, Flor del Aire, hija de Ubarragá Maniá Tigrí (también conocido como Urracá), quien fue un legendario cacique indígena Ngäbe que lideró la resistencia contra los conquistadores españoles en Panamá durante el siglo XVI. Reconocido por su guerra de guerrillas, su astucia y por no someterse nunca, es considerado un símbolo de patriotismo en Panamá.

La hermosa muchacha se enamoró de uno de aquellos guerreros españoles que intentaban usurpar sus tierras y conquistar a su gente. Pero ese era un amor imposible. Sin embargo, la joven ignoró el amor que le brindaba Yaraví, el guerrero más bravo de su tribu. Yaraví, al ver que Flor del Aire se había enamorado de un soldado español, desesperado, se suicidó lanzándose desde lo alto de una montaña ante los ojos de la princesa. Ella, para no traicionar a su gente, decidió no volver a ver al español.

Vagó entonces por montañas y valles llorando su desventura, hasta que la sorprendió la muerte sobre las playas que bañan el mar Caribe, mirando hacia las montañas que la vieron nacer. La tierra, compadecida, decidió perpetuar el recuerdo de la princesa y de su triste historia de amor, imitando su figura. Esa es la silueta que observamos desde el mercado del pueblo al mirar hacia el sector norte-noroeste. Ella es parte integral de la cadena montañosa que delimita el borde del volcán: la montaña de la India Dormida.

Ya escuchábamos los gritos de mis nietos, que me llamaban para disfrutar con ellos de uno de los tantos pozos formados por el río Antón. Antes de detenerme a conversar con el joven historiador, subíamos un sendero junto al río, bordeando una de las laderas de la India Dormida. Estábamos en un buen tramo más arriba de la Piedra Pintada, una enorme roca volcánica convertida en un enigmático monumento arqueológico. No quería despedirme del joven sin preguntarle por esa curiosa estructura.

Está cubierta de petroglifos precolombinos que incluyen formas que parecen humanas, líneas diversas que parecen delinear un mapa y trazos que parecen tener más de mil años y cuyo significado es desconocido. Algunos comentan que los patrones tallados en la piedra representan el cráter, los ríos y los cerros que rodean la región. Otros indican que podrían corresponder a los tiempos de siembra y de cosecha de los cultivos precolombinos de la zona. Otros dicen que representan a deidades y que la gran piedra es un altar.

El joven me comentaba que lo que sí parece cierto es que era un lugar de reunión de los grupos que habitaron la zona, con la intención de comunicar hechos y decidir acciones en las que debía involucrarse la comunidad.

Para mí terminó siendo más interesante no saber cuál es el propósito real de tales “mensajes grabados” en esa piedra (y otras más pequeñas que se encuentran en los alrededores), porque transforma ese objeto histórico en un misterio vivo que estimula la imaginación, el asombro y la interpretación personal. Se me antoja pensar que este arcano posiblemente estimule una conexión espiritual y emocional más profunda con el pasado, convirtiendo la visita al lugar en una experiencia peculiar y enigmática, en lugar de una simple lección y una respuesta históricas.

Definitivamente, no había ninguna razón para pensar que viviríamos una aventura similar a la que nos contó Julio Verne. El lugar que mi hija escogió para pasar esos días está en una empinada ladera. Estábamos completamente rodeados de un bosque de grandes árboles, cubiertos de líquenes y abundantes epífitas, con un maravilloso y tupido sotobosque y arropados casi constantemente por una tenue neblina.

Las ráfagas de viento producían sonidos sobrecogedores, especialmente por las noches. Aves e insectos volaban a nuestro alrededor y eran fáciles de observar y escuchar. Si no hubiera sabido que estábamos en el Valle de Antón, a poco más de un par de horas de la ciudad de Panamá, podría haber pensado que nos habíamos transportado hasta Rancho Grande, en mi Venezuela natal.

Referencias

O’Dea A., Lessios H.A., Coates A.G., Restrepo-Moreno S.A., Cione A.L., Collins L.S., De Queiroz A., Farris D.W., et al. 2016. Formation of the Isthmus of Panama. Science Advances 2(8)

Verne J. (1931) Viaje al centro de la Tierra. Barcelona: Editorial Sopena. 72 pp.