Desde hace tiempo he querido escribir acerca de por qué algunos dedicamos buena parte de nuestro tiempo al tango: lo escuchamos, lo bailamos y nos autodefinimos como “tangueros” o “milongueros”.

No me refiero a por qué se baila, sino por qué lo bailamos nosotros. Cada uno de nosotros. Ni por qué se escucha, sino por qué lo escuchamos nosotros, individualmente.

Tal parece que el tango ha terminado por ser un género anacrónico. Dice Sergio Pujol en su excelente libro “Historia del Baile”, cuya lectura se recomienda en la Diplomatura en tango de la Universidad de Buenos Aires

En las milongas remozadas se busca el tango olvidado, y la ceremonia es encantadora, aunque también algo patética. Tanto los viejos como los nuevos bailarines se esfuerzan por recordar cómo era aquel baile, de aquella Buenos Aires, de aquella Argentina; incluso el psicólogo y milonguero Rubén Terbalca afirma que el tango, muerto como hecho social, sobrevivió como un factor de vinculación; sostendría su idea el hecho de que, para los sectores populares, hay otros ritmos que ocupan el centro de sus vidas.

Si esto es así. ¿Cuáles son los factores que explican, a nivel colectivo, esta "resurrección" del tango a partir de los noventa? ¿Y cuáles son las razones particulares que nos llevan, varias veces por semana, a vestirnos para la ocasión y pagar puntualmente la entrada a la milonga?

Ante todo, quiero decir que a mediados de los años ochenta el espectáculo coreográfico musical "Tango Argentino", ideado y dirigido por los coreógrafos Claudio Segovia y Héctor Orezzoli, produjo una verdadera explosión y el retorno de nuestro género musical popular urbano a la consideración mundial. De la mano de Juan Carlos Copes y María Nieves, María y Carlos Rivarola, Mayoral y Elsa María, Nélida y Nelson, Mónica y Luciano Frías, Virulazo y Elvira, Gloria y Rodolfo Dinzel, el tango retornó a las pistas de baile de los cinco continentes. Pensar que en 1983 Enrique Cadícamo dijo: "El tango era un recuerdo".

Actualmente hay milongas —lugares donde se baila tango— en los cuatro puntos cardinales. Pero el tango no radica sólo en las milongas, que vienen a ser la punta del iceberg. Bajo la superficie permanece oculto su riquísimo patrimonio cultural.

Bailamos música, pero en las piezas cantadas también bailamos letras, muchas veces exquisita poesía, escrita por formidables letristas como Alfredo Le Pera, Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo, Celedonio Flores, José María Contursi, Cátulo Castillo, Francisco García Jiménez, pero que también abrevó en textos de grandes escritores como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Roberto Arlt... y también poetas "extranjeros" como Rubén Darío, Amado Nervo, Alejandro Dumas, Antonio Francisco Prévost, Henry Murger, Paul Geraldy, Lupercio Leonardo de Argensola, que hacen del tango un maravilloso arcoiris, un abanico multicolor. Allí están el amor, el desamor, la amistad, el barrio, los amigos, la madre, los hermanos, historias de vida.

Vale un párrafo aparte el contenido de cantidad de letras de tango que reflejan claramente devenir social, usos y costumbres argentinas. En mis seminarios y conferencias siempre digo que los primeros "periodistas" europeos fueron los juglares, músicos ambulantes que en la Edad Media iban de un pueblo a otro, cantando, contando, en una plaza o un mercado, acompañados de sus laudes, vihuelas, cítolas, rabeles, los sucedidos en pueblos vecinos. En consecuencia, si alguien quiere saber la verdadera historia de una sociedad, en forma sencilla, no académica, nada mejor que ir a las letras de su música popular.

  • Los estudiosos del asunto opinan que hay dos razones para este resurgimiento, específicamente en Argentina:

  • Una conflictiva vida nacional, malestar social, incertidumbre económica, crisis familiares, que traen a muchos la añoranza por tiempos idos, que tratan de recrear, a la consigna de que "todo tiempo pasado fue mejor".

  • Las milongas constituyen un medio para vincular al creciente sector de solitarios que deambula en las ciudades argentinas.

  • Al respecto, agrega Sergio Pujol que "hay una considerable influencia de la nueva cultura de la nostalgia sobre el tango y sus bailes. En una época en que las novedades escasean, la apelación al pasado puede resultar reconfortante."

Algo de cierto habrá en estas afirmaciones, pero pienso que hay algo más, que resulta inaprensible para los sociólogos, historiadores y demás estudiosos de los fenómenos sociales y culturales.

Por supuesto que, a pesar de las protestas en contrario, hay quienes ven en la milonga un ambiente propicio para conquistas amorosas.

Por supuesto que entre los frecuentadores de las milongas no faltan los que, disconformes con el presente, huyen hacia el pasado, buscando refugio en el tango.

Por supuesto que también aportan a las milongas aquellos que necesitan llenar la vaciedad de sus vidas con la actividad que fuere.

Y los que toman a los locales bailables como un club social... y a los habitués como grupo de pertenencia.

Y los que ven en el tango una actividad física, o un hobby, o un negocio.

Y sobre todos ellos algunos buitres revolotean buscando el rédito que sea.

Pero los "opinólogos" parecen olvidar, en su análisis, a aquellos que desde siempre han estado allí y constituyen el verdadero sustento del tango, como originalísima y auténtica expresión cultural y artística de la Argentina.

No los arribistas, ni los oportunistas, ni los seguidores de modas, ni los trashumantes del arte, ni los nómades de las actividades socioculturales, ni los amantes de lo exótico. No aquellos que, en definitiva, prefieren mirar el océano bravío del tango tan sólo desde las orillas, sin atreverse a hundir aunque sea los pies en sus aguas.

Me refiero al producto genuino, a los bailarines que aún dicen "presente" en las milongas luego de cincuenta o más años de gastar la suela de sus zapatos en las pistas de baile porteñas. Los que nunca se fueron y aguantaron los años de decadencia atrincherados en los pocos reductos tangueros que mantuvieron en alto su estandarte, frente al avance de los sucesivos ritmos que desfilaron por las pistas de todo el país: mambo, cha-cha-chá, samba, merengue, bolero, rock and roll, twist, cumbia, música disco, salsa, lambada, reggae. Los que mantuvieron viva la llama del fuego votivo del ser ciudadano argentino.

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Ovidio José Bianquet (14 de febrero de 1885 – 7 de febrero de 1942) fue un bailarín de tango argentino, conocido como «El Cachafaz».[En su honor, el 7 de febrero se instauró como el Día del Bailarín de Tango en Argentina.

También me refiero a aquellos que, más tarde, elegimos el tango bailado porque es una de las expresiones estéticas más bellas y entrañables que se conocen. Los jóvenes audaces que abrazaron al tango como a una novia, y los maduros asombrados al "descubrir" aquello que, desde el principio, formó parte de su paisaje cotidiano.

Me refiero a los que elegimos rescatar y salvaguardar y difundir este auténtico patrimonio cultural que nos define, nos describe, nos justifica... y da cuenta de nuestros orígenes y evolución como seres humanos. Un género musical que unió a sectores sociales en principio irreconciliables, al embrujo de su ritmo retozón, picaresco, elegante, suntuoso, sensual, melancólico... como un gran caleidoscopio donde caben todas las emociones, todas las historias personales, todas las categorías humanas y sociales.

Los que se atreven a hundirse hasta la coronilla en las aguas bautismales del océano tanguero y emergen con un apelativo que los acompañará hasta el fin de sus existencias: "milonguero".