Mi viaje a Costa Rica tenía un propósito: descubrir el país que tantas personas me habían recomendado y darle continuidad al viaje que mi madre no había podido realizar. Encontré un voluntariado en la zona norte, provincia de Guanacaste, playa Flamingo, que me permitió familiarizarme con el país y recorrer sus alrededores. Después de quince días, mi estadía había sido suficiente en ese sector y debía tomar una decisión sobre cuál sería mi siguiente destino.

Nicaragua estaba a dos horas de distancia, por lo que un viaje era prometedor; sin embargo, el Caribe me llamaba. Me habían hablado mucho de la provincia de Limón, particularmente de Puerto Viejo de Talamanca. La inteligencia artificial también me lo había recomendado por mi modo de viajar, así que decidí explorarlo. Dividí mi cruce del país en dos partes: la primera parada sería en San José para pasar la noche y a la mañana siguiente viajaría hasta Puerto Viejo. En el segundo trayecto del bus conocí a un hombre que era guardaparques del parque nacional Cahuita, una de las principales razones por las que elegí Limón como destino. Sabía que los osos perezosos eran un atractivo de Costa Rica y Cahuita era el lugar ideal para observarlos.

Conversamos durante todo el camino sobre el país y su cultura. Además de su trabajo formal como guardaparques, forma parte de una revista cultural, lo cual capturó mi atención y despertó mi deseo de saber más. Me recomendó algunos lugares por conocer en Puerto Viejo y nos despedimos cuando llegó su parada.

Arribar a Puerto Viejo fue como sentirse en casa y, al mismo tiempo, me sentía atraída por una cultura distinta a la mía: la cultura afrocaribeña. Después de realizar el check-in en el hostal, administrado por una argentina muy amable, fui a probar el famoso pollo caribeño con rice and beans. Fue una de las comidas más deliciosas que he probado; la sazón era exquisita y el restaurante había elegido un mix de afrobeat para acompañar la comida. Saboreé cada bocado al ritmo del son africano. Mientras comía, contemplaba a las personas pasar, admiraba su vestimenta e imaginaba cómo sería la vida en este lugar.

Puerto Viejo me llenó de sorpresas. En medio de una caminata de exploración por las boutiques y tiendas de souvenirs, me encontré con una amiga que había conocido en México el año pasado. Había querido conocerla más en su momento, pero no intercambiamos números a tiempo y perdimos el contacto. Ahora estaba aquí, más de seis meses después, en un encuentro inesperado en las calles de Puerto Viejo. A partir de ese momento, decidimos continuar nuestro viaje juntas.

Mi tiempo en Costa Rica sería corto, pues las islas de Panamá me estaban llamando y quería cruzar la frontera para conocer Bocas del Toro. Decidimos hacerlo por nuestra cuenta en lugar de contratar un shuttle, es decir, un bus lanzadera. La aventura de atravesar un país y sumergirte en otro se vive más si lo descubres en el proceso.

Después tomamos un bus público, llegamos a la frontera de Sixaola donde obtuve un sello nuevo en mi pasaporte, pasamos migración, pagamos los impuestos necesarios y cruzamos a Panamá. Pronto llegaríamos a las islas de Bocas del Toro.

El último trayecto lo hicimos en lancha, uno de mis transportes favoritos porque me permite disfrutar la libertad del viento en mi piel y en mi cabello. Es un espacio de no tiempo en el que simplemente soy y me dejo llevar por el momento. Después de 45 minutos llegamos a Colones, la isla principal de Bocas.

Nos dirigimos a nuestro hostal y fue una gran sorpresa todo lo que venía incluido: clases de yoga en la mañana y eventos sociales todas las noches. La isla tenía vida propia. También sentimos un respiro de los precios elevados de Costa Rica. Recorrimos las calles, encontré artesanías que podía llevar a casa y reservé un tour para conocer la isla de Zapatilla, donde tenía intención de ver los elementos principales de su fauna como aquellos perezosos que había buscado desde Costa Rica, estrellas de mar o diversos peces en un breve espacio de snorkel.

La isla Zapatilla era impresionante. Digna de los paisajes que se imprimen en un rompecabezas. Su agua era turquesa en diversos colores, de un modo similar al mar de San Andrés. Había un sendero natural en medio de la selva que me recordaba al recorrido por el parque nacional de Cahuita. Disfruté el tiempo del tour sumergiéndome en el mar de aguas tibias que me invitaba a nadar, a flotar, y me llevaba con una sutileza única hacia el otro lado de su orilla. Las palmeras, los árboles y la arena blanca se habían vuelto una constante en mi camino por las playas.

El tiempo de snorkel fue hermoso y me recordó a mi primera vez buceando en San Andrés. Pero esta vez vi algo distinto; una marea de peces amarillos que giraba en torno a mí. Me detuve a mirarlos mientras admiraba el arrecife de coral debajo de mis pies. Pude divisar a los perezosos desde un árbol muy lejano, lo cual no satisfizo mi deseo de contemplarlos. Las estrellas marinas también fueron un destello en medio de las olas y de la lluvia.

En la noche disfruté del karaoke y de las clases de salsa. Pude sentir la sangre latina corriendo por mi cuerpo, que me llevaba a mover mis caderas y seguir los pasos, recordando las lecciones de mi hermana cuando era pequeña. Mi estadía fue completamente agradable, pero estaba por terminar pronto y mi deseo genuino era quedarme. Los amigos que había conocido en el camino continuarían su rumbo hacia Colombia; otros explorarían Panamá y yo debía iniciar mi regreso.

Me despedí de Bocas con una larga caminata hacia sus letras para tomarme una foto y ofrecer una visita a playa Estrella, que fue uno de los lugares más hermosos de mi viaje. Había subestimado a los perezosos y las estrellas de mar debido a la lejanía en la que los divisé durante el tour, pero esta vez sería distinto. Tomamos un bus hacia playa Estrella y llegamos después de un recorrido de 35 minutos. La costa nos invitaba a caminar por un sendero natural, similar al que había visto en Cahuita y en isla Zapatilla. Después de la caminata, llegamos a una playa calmada y turquesa.

Mi enfoque estaba en encontrar un perezoso, pero cuando decidí meterme al mar, pasó algo totalmente inesperado. Bajo mis pies estaba rodeada de estrellas marinas y el agua era tan transparente que me permitía ver incluso la arena encima de ellas. Las estrellas se movían de manera natural, formando distintas combinaciones, y una de ellas se acercó a mi pie. Mientras tanto, varios peces de un color blanco transparente empezaron a nadar entre mis piernas. No quise moverme. Lo que estaba experimentando era único y se sentía como un acto de magia.

Cuando emprendimos el regreso, las personas del lugar nos informaron de que había un perezoso a la vista y nos indicaron dónde encontrarlo. Ahí estaban, después de varios intentos de encontrar uno, cuando ya había aceptado que quizá no vería uno lo suficientemente cerca, pude contemplar a tres perezosos en el árbol. Uno de ellos era una madre que cargaba a su bebé en brazos. En el momento en el que los observé, empezó a columpiarse en la rama, brindando un espectáculo.

Caminamos de regreso al autobús, no sin antes probar un ceviche con mariscos de la región. Era picante, pero delicioso. Llevaba pulpo, pescado, camarón y una concha roja que solo se encontraba en sus costas. El tiempo era justo para mi regreso y fue una maratón llegar de vuelta a Puerto Viejo con los minutos exactos para tramitar mi salida del país y nuevo ingreso.

De vuelta en Puerto Viejo, pude observar cómo el pueblo había cambiado. Estaba vacío —todos se habían ido a Bocas. A la mañana siguiente pude recorrer un sendero que llevaba a la playa de Cócles y que me habían recomendado desde el primer día. Tomé un bus hasta Manzanillo para recorrer una reserva más y tuve una vista impresionante desde un acantilado. El mar celeste profundo rugía ante mis pies y yo observaba su belleza con respeto. Caminé un poco más por los senderos hasta encontrar un árbol inmenso que seguramente conocía la historia de todos los pueblos y me alisté para cerrar mi tiempo en Puerto Viejo.

La parte final del trayecto transcurrió en San José, donde visité el Museo del Jade, una experiencia que me permitió dimensionar la conexión entre México y Costa Rica. Mis primeros minutos en el museo me susurraban algo conocido. Las figuras precolombinas eran familiares para mí. Las había visto en algún otro sitio. Entonces encontré la explicación: el jade era extraído de Guatemala y la técnica de trabajo de las figuras venía de las culturas del sur de México. Por otro lado, el manejo del oro venía desde Sudamérica.

Este descubrimiento me permitió comprender la grandeza de nuestras raíces y de los pueblos que nos antecedieron. Costa Rica, al igual que Panamá, constituye un puente entre Norteamérica y el sur. Lo refleja en su biodiversidad de fauna, flora, ecosistemas y también en su cultura, la cual lleva consigo la historia de este fragmento de la humanidad.