Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte.
(Miguel de Unamuno)
Hay viajes que comienzan mucho antes de la partida. Nacen de un vago desasosiego, de una suerte de desajuste entre el hombre y su entorno inmediato, como si la vida, al repetirse demasiado, acabara por perder su íntimo secreto. Entonces aparece el impulso de marcharse. No siempre por ambición ni por aventura. A veces se viaja por una antigua tristeza sin nombre, por una necesidad de cambiar de cielo, de idioma, de rumor humano, para escuchar mejor lo que dentro de uno insiste en hablar. Existe también la nostalgia atávica por el paraíso perdido, en forma de la pegajosa añoranza de aquel lugar remoto en que el emigrante perdió su lar (poesía “lárica”; Jorge Teillier, Efraín Barquero). Los irlandeses llaman a este fenómeno anímico “homesikhnes”; los gallegos “morriña”, los portugueses “saudade”; los galeses dicen “hiraeth”…
Lo experimentamos como una nostalgia motivante e impulsiva: hay que conocer aquellos territorios recibidos desde el relato de los ancestros (devanceiros –qué linda palabra gallega–). Los emigrantes lo conocen bien desde su experiencia; los hijos de emigrantes lo hemos vivido como nuestra propia búsqueda de imposibles respuestas: ¿De qué parecía huir mi padre cuando se lanzaba a caminar, a campo traviesa, con el pretexto de la caza, kilómetros y kilómetros, sin una meta precisa? ¿Qué esperaba, luego de los almuerzos de fin de semana, cuando miraba la calle a través de los vitrales de la Casa?
Stendhal (Henri Beyle), tan sensible al estremecimiento de la belleza, comprendió que viajar no consistía únicamente en trasladar el cuerpo de un lugar a otro, sino en exponer el espíritu a la conmoción. Italia fue para él una revelación, casi una fiebre: ciudades, templos, pinturas, no eran simples objetos de contemplación, sino episodios de intensidad interior, voces acalladas que surgían del inconsciente de la memoria. Pero toda intensidad lleva ya en sí una nota melancólica, porque anuncia su propia fugacidad. El viajero contempla una plaza, una fachada bañada por la luz de la tarde, una sala silenciosa donde un cuadro parece respirar, y sabe, en el mismo instante del arrobamiento, que aquello no le pertenece. Lo bello se ofrece y se retira. Nos hiere con su aparición y con su imposibilidad.
Tal vez por eso, ciertos viajes nos dejan menos alegría que nostalgia: porque hemos entrevisto una forma superior de plenitud y debemos luego regresar a la vida ordinaria, como si fuésemos más pobres que antes de embarcarnos. Sin embargo, el auténtico viajero sabe que no hay partida inocente. Todo viaje encierra una renuncia. Se deja atrás una casa, un olor familiar, una rutina hecha una cierta forma de amparo. Y al mismo tiempo, se intuye que aquello que se va a buscar tampoco será plenamente alcanzado. Quizás allí reside la melancolía esencial de los viajes: en ese doble movimiento de pérdida y deseo, de lejanía y promesa. Porque el viajero es otro cuando llega al lugar originario, y este tampoco es el mismo del pasado o de la ficción testimonial.
En Stefan Zweig, la melancolía del viaje adquiere un acento todavía más hondo. Ya no es sólo la tristeza de lo pasajero, sino la conciencia de una civilización amenazada por el nazismo destructor. Sus desplazamientos por Europa tienen algo del peregrinaje por una patria invisible, hecha de música, pensamiento refinado y social, diálogos con pares ahora en proceso de aniquilación. En sus páginas, las ciudades no son meros decorados, sino depósitos de memoria espiritual. Viena, París, Salzburgo, Bruselas o Roma aparecen como estaciones de una cultura que se creyó eterna y que, sin embargo, llevaba en su interior las semillas de su propia ruina.
Zweig viaja como quien ama y presiente la pérdida. Mira el mundo con gratitud, pero también con un dolor cada vez más nítido. El viaje deja entonces de ser descubrimiento para convertirse en despedida. Ya no se trata de llegar a otros lugares, sino de asistir al desmoronamiento de un orden moral y estético. Hay en ello una tristeza mayor, más grave que la simple nostalgia del viajero: la de quien comprende que no solo envejecen los hombres, sino también los países, las lenguas, los modales, las certezas de una época. El exilio, en su caso, terminó por convertir al viaje en una patria de nadie, sellada por la tragedia del suicidio compartido con su joven amante, el 22 de febrero de 1942, cuando la bélica Alemania estaba aún en el cenit de su potencia militar.
Joseph Conrad, por su parte, llevó la experiencia del viaje hasta sus zonas más sombrías. En sus libros no hay complacencia turística ni exaltación ingenua del horizonte. El mar, los puertos remotos, los ríos interminables, la selva y las colonias son escenarios donde el hombre queda librado a su verdad más incierta. En Conrad, viajar no embellece: despoja. Lo que se abandona en tierra firme no son sólo las costumbres, sino también ciertas ilusiones acerca de la moral, la dignidad o el progreso.
Sus personajes avanzan por geografías vastas, pero el verdadero trayecto ocurre en el interior de la conciencia. Cada milla recorrida parece acercarlos menos a una meta que a una pregunta. ¿Qué queda del hombre cuando se rompen los pactos visibles de la civilización? ¿Qué voz interior prevalece cuando el mundo se vuelve extraño y hostil? En esa intemperie, la melancolía no proviene solo de la distancia, sino del conocimiento. Se vuelve triste quien ha visto demasiado. Quien ha comprendido que el viaje exterior puede desembocar en una revelación amarga sobre la condición humana.
Camilo José Cela, Nobel de Literatura 1989, caminante recio y observador despiadado, devuelve el viaje a la tierra seca de los caminos y de las aldeas de Castilla-La Mancha. En él no hay la ebriedad estética de Stendhal, ni el refinamiento elegíaco de Zweig, ni la oscuridad oceánica de Conrad. Hay polvo, fatiga, posadas, conversaciones breves, gentes curtidas por la necesidad y una España recorrida con ojo severo, pero nunca indiferente. Cela viaja a ras de suelo. Escucha el habla popular, mira los cuerpos cansados, registra la pobreza sin disfrazarla, buscando en sus señales la afectividad sin apellidos de lo humano.
Sin embargo, en esa rudeza aparece también la melancolía. Quizás una de las más verdaderas. Porque no surge de la nostalgia de un esplendor perdido, sino de la cercanía con una vida humana disminuida por el tiempo, la soledad o el abandono; el rostro de una sociedad escarnecida por la Guerra Incivil y por la ferocidad de la posguerra. El camino hispano de Cela está lleno de una dignidad callada, de seres anónimos que parecen llevar sobre sus hombros el peso de generaciones enteras. El viajero que los mira no puede permanecer intacto. Comprende que viajar no es sólo desplazarse por el espacio, sino aceptar el contacto con realidades que cuestionan nuestra comodidad moral.
Estos cuatro ilustres viajeros, tan distintos entre sí, parecen unidos por una misma intuición: todo viaje importante nos transforma, porque nos hiere y nos desvela. No hay conocimiento sin alguna pérdida. No hay verdadera contemplación sin conciencia de fugacidad. Se dirá que viajar ensancha la mirada. Es cierto. Pero convendría añadir que también la entristece. O, mejor dicho, la vuelve más compleja. El que ha partido muchas veces ya no se deja engañar por la simple novedad. Sabe que las ciudades admirables tienen también su sombra, que los paisajes perfectos duran apenas un instante de luz, que los encuentros más memorables suelen ser los más irrepetibles, que los añorados parientes ya no son los mismos; tampoco los espejos de las habitaciones extraviadas. Sabe que cada estación de tren, cada puerto, cada hotel de paso, contienen una secreta lección sobre lo transitorio.
Tal vez por eso recordamos ciertos viajes con una emoción difícil de nombrar. No es felicidad pura. No es dolor puro. Es una mezcla de gratitud y desamparo. Hemos estado en un lugar donde algo de nosotros despertó, pero ya no podemos regresar a ese instante sino por la memoria. Y la memoria, como bien saben los escritores viajeros, es siempre un país que se recorre a solas.
Viajar, al final, no nos aparta de la condición humana. Nos la revela con mayor nitidez. Nos enseña que todo pasa: la luz sobre una catedral, el rumor de una lengua extranjera, el olor de un puerto, la juventud con que cruzamos una plaza desconocida; los olores de la mesa servida, la complacencia del vino y el tacto del pan… La melancolía de los viajes nace de esa evidencia, pero también de su paradójica belleza. Porque justamente por ser efímero, el mundo conmueve. Y el viajero, como el escritor, intenta salvar algo de ese temblor, como si cogiera con los dedos la última metáfora.















