Cada vez que voy a España, algo pasa.

No es una frase hecha ni un recurso narrativo. Es una constante. Mi hijo Diego bromea con que debería avisar a la Guardia Civil, al servicio meteorológico y a medio país antes de aterrizar. Yo me río, pero con los años he aprendido que, en mi caso, España no es un destino: es un punto de quiebre.

Mi historia con ese país empieza antes de mí. Mi abuelo era asturiano, de Cabrales. Crecí con esa herencia viva, con relatos de montañas, de un origen que siempre sentí cercano. He caminado por ese pueblo, he visto la casa, he tratado de reconstruir, desde la memoria familiar, algo que también me pertenece.

También, de forma literal, España es parte de mi identidad. Tengo la nacionalidad española —y se la he transmitido a mis hijos—, así que no es solo un lugar al que viajo: es un territorio al que pertenezco, una raíz que sigue viva en mi historia.

España es un país de belleza profunda… pero también de memoria intensa.

Durante décadas vivió bajo la amenaza de ETA, una organización terrorista que marcó generaciones con atentados, miedo y una tensión constante que se sentía incluso en la vida cotidiana. Aunque el grupo anunció el cese definitivo de la violencia en 2011, su huella sigue siendo parte del relato contemporáneo del país.

Quizá por eso, cada vez que regreso, la vida se mueve.

En 2006, durante un viaje que apenas sería una escala en Madrid antes de continuar hacia París, entendí por primera vez lo que eso significaba. Salimos del aeropuerto para pasar unas horas con mi mamá. Caminamos por El Retiro, sin saber que, mientras tanto, algo estaba cambiando.

Al intentar regresar, nadie quería llevarnos. Las rutas estaban cerradas. Un taxista nos lo dijo sin rodeos: había explotado una bomba en la Terminal 4.

Aquel atentado fue uno de los últimos grandes golpes vinculados a ETA. Dos personas murieron y el país volvió a enfrentarse a una herida que llevaba décadas abierta.

Lo que siguió fue desconcierto, tensión y una noche compartida con las madres de las víctimas. No había redes sociales; no había inmediatez. Solo una realidad suspendida.

Yo, periodista, tomé una decisión que marcaría mi vida: no reportear. Elegí ser hija, ser esposa, ser persona.

A mi regreso a México, ese episodio no pasó desapercibido. Con el tiempo, vendrían tensiones profesionales que culminarían en mi salida de TV Azteca. Esa historia merece su propio espacio y algún día la contaré con detalle.

Pero ese fue el inicio.

Años después, en 2020, regresé a España buscando algo más profundo: un reinicio. Venía de un proceso personal complejo; necesitaba salir, cambiar de escenario, reconstruirme.

Y entonces llegó 2021.

La tormenta Filomena cubrió Madrid con una nieve histórica. La ciudad se detuvo. Yo no estaba preparada: no tenía ropa adecuada, no sabía moverme en ese entorno. Me caí, me levanté, volví a intentar. Durante días, salir era imposible.

España, como muchas veces en su historia, volvía a ponerse a prueba ante un evento extraordinario.

“Año de nieves, año de bienes”, dicen allá.

Yo quise creerlo.

Pero ese año tenía otros planes. Mi papá me pidió que regresara a México. Al hacerlo, me dio una noticia que transformó todo: mi hermana tenía cáncer.

No lo sabía.

Ese momento marcó un antes y un después. Volví para acompañarla, para cerrar distancias familiares, para estar presente en sus últimos meses. Falleció el 8 de octubre de ese mismo año.

España había sido, una vez más, el aviso. El movimiento previo al verdadero cambio. Y aun así, regresé.

España también es un país que vive entre tradición y transformación. La monarquía, encabezada hoy por el rey Felipe VI, sigue siendo una institución clave, aunque no exenta de cuestionamientos en una sociedad cada vez más crítica y diversa. Esa convivencia entre historia y cambio se siente en sus calles, en su gente, en su manera de resistir y reinventarse.

En 2024, viajé a Valencia para celebrar mi cumpleaños con mi mejor amiga desde la infancia. Era un viaje ligero, sin grandes expectativas. Pero como ya es casi tradición en mi historia, algo volvió a suceder.

La DANA llegó con una fuerza inesperada. No era solo lluvia: eran ráfagas que levantaban objetos, pequeños remolinos en plena calle, una sensación constante de vulnerabilidad. Me refugié en una iglesia, donde, entre desconocidos, encontré palabras de calma en medio del caos.

Horas después, la ciudad era otra.

Zonas enteras estaban inundadas. Coches flotaban como si fueran parte de un paisaje irreal. Personas que ya lo habían perdido todo —muchas de ellas refugiadas de otros conflictos— volvían a empezar desde cero.

Los días siguientes dejaron de ser un viaje. Se convirtieron en un acto de servicio.

Doné sangre. Caminamos hacia comunidades afectadas. Entramos a refugios improvisados donde convivían historias de pérdida acumulada: guerra, migración, desastre natural. Llevamos medicinas, alimentos, juegos para los niños. Escuchamos. Acompañamos.

Ahí entendí algo que no se aprende en la comodidad: que perder el control no siempre es una tragedia, a veces es una revelación.

Días después, cuando la emergencia inmediata comenzaba a ceder, estuve también presente en las protestas ciudadanas que exigían la dimisión de las autoridades por la gestión de la DANA. En Valencia, el malestar se transformó rápidamente en indignación colectiva. Se cuestionaron los tiempos de respuesta, las decisiones tomadas —y las no tomadas— y la ausencia de quienes debían liderar en un momento crítico.

Conforme avanzaron los días, trascendieron versiones que apuntaban a que uno de los responsables se encontraba en asuntos personales mientras la crisis escalaba, lo que intensificó aún más el reclamo social. Yo estuve ahí, no solo como testigo, sino también documentando, escuchando y entendiendo cómo, después del desastre natural, emerge otra tormenta: la de la exigencia de rendición de cuentas.

Mi regreso a México, esta vez, tampoco fue sencillo. Tenía un boleto de vuelta desde Madrid, pero las vías de tren desde Valencia estaban colapsadas. No había rutas claras. Salir del país se convirtió en un rompecabezas logístico.

Lo que debía ser un regreso en días terminó siendo un proceso de más de un mes. Un tiempo suspendido, inesperado, que —como todo en mi historia con España— terminó enseñándome algo.

España, para mí, es eso.

Es el país donde las cosas se desordenan para reacomodarse. Donde los eventos externos —una bomba, una tormenta, una nevada— dialogan con procesos internos que yo misma no siempre logro anticipar.

También es el lugar donde fui feliz sin saberlo. Donde se inició mi maternidad, e incluso adonde he viajado con mis hijos y con mi madre, tejiendo memorias que hoy son parte esencial de quién soy. Donde comenzaron y terminaron etapas que definieron mi vida.

España no me recibe con calma. Me recibe con movimiento. Y quizá por eso siempre vuelvo. Porque en ese aparente caos, hay una verdad que en ningún otro lugar encuentro: que no tengo el control… y que está bien no tenerlo. Algún día, cuando mis hijos ya estén encaminados, quiero vivir allá. No como visitante, sino como alguien que regresa al origen. Quiero terminar mis días en España. Porque hay lugares que no solo se visitan.

Se habitan incluso cuando estás lejos. Y España, en mí, nunca se ha ido.