El Perú respiraba con las justas, estaba en shock; acababa de recibir el Paquetazo, un paquete de medidas económicas. Las hiperinflaciones solo se derrotan a lo bestia y, aunque el nuevo gobierno ganó las elecciones porque había jurado que no lo daría, lo dio. Se subieron los precios de todo de un solo golpe, a lo bestia. La plata que una familia de clase media gastaba en un mes, por ejemplo, alcanzó solo para el pan de unos días, que no se podía comprar porque las tiendas cerraron al no saber cuánto cobrar, o quizás por la vergüenza de tener que cobrar tanto por un pan. El sueldo mensual de la mayoría, que ya era insuficiente, equivalió de súbito a menos de 20 dólares. Fue peor que terrible. Miles se encomendaron a la Virgen, se mandaron mudar y el mundo se llenó de peruanos.

Las disqueras se fueron al diablo, como miles de empresas. Pedrito Suárez-Vértiz rezó por un milagro que hiciera que alguien financiara el tercer disco de su banda, pero su tierra gritaba tanto y tan alto que su voz se perdió entre los millones de ruegos que llegaron al cielo desde el Perú. O quizás no.

No tenía ni un centavo cuando se enteró de que iba a ser papá. “Vendí todos mis amplificadores e instrumentos para poder pagarle una habitación en la clínica a tu mamá… Te convertiste hasta hoy en la locomotora que hace avanzar los vagones de mi vida. Me tuve que convertir en solista para sacar adelante a ti, a tus hermanos y a tu mamá”, escribió años después, cuando no pudo cantar, a su hija mayor.

Con una guitarra electroacústica que su hermano le prestó, Pedrito comenzó a trabajar como un burro y recorrió un país doliente, de pueblito en pueblito y de ciudad en ciudad. Juntó cada pago, casi invisible de tan poquito, cantando que iba a “perseguir a la estrella fugaz”. Grabó su primer disco, austerísimo y solo en casete; luego de canción en canción y finalmente, en el novísimo formato de CD. La “estrella fugaz” se enamoró del morenito bonito con ojitos delineados de turco que tanto la perseguía y concedió su deseo: el disco fue su mayor éxito hasta entonces. Una disquera internacional lo contrató y ganó un triple disco de platino a nivel nacional.

El número de discos que un artista vende en su propio país es el caché que le abre las puertas al extranjero. El reconocimiento, de haber representado el número real de ventas, hubiera sido el Infinito Platino, pero en el Perú los piratas no habitan el mar, sino el mundo del arte. “¡El último de Pedrito, el último de Pedrito!”, coreaban los vendedores ambulantes durante el rojo de los semáforos. Es un símbolo de estatus para los escritores o cantantes peruanos ver su obra pirateada.

Y mientras bailábamos sacudiendo las caderas como desgraciados, sobreponiéndonos al terror de las bombas, secuestros y asesinatos, Pedrito nos contaba, como quien cuenta poco, que la muerte no existe porque una flor y un colibrí le habían dicho que “algo inmenso hay después”, o que cuando los ojos de una mujer son muy bellos, a nadie le importa que el amor no more en ellos. El primer premio internacional llegó desde Panamá.

Las musas que participaron en la concepción de Pedrito intervinieron una vez más y un peruano ayudó a otro peruano. “Tú eres un clásico en vida, la voz de nuestra generación, nuestro Springsteen”, le dijo en público Jaime Bayly. En secreto, lo llevó a conocer a Emilio Estefan. Su talento dejó turulato al rey de la música en castellano, aunque Pedrito, tan distraído como su mamá, casi ni cuenta se dio, pues estaba estupefacto frente a las guitarras autografiadas por los Rolling Stones. La reunión fue secreta, pero unos cuantos se enteraron y sugirieron a Pedrito que publicara sus fotos con Estefan; “No creo que a él le guste que yo ande haciendo marketing con un momento de confianza que gentilmente me regaló”, respondió, retratando su alma y su casta.

Tiempo después, el nieto del patriota tarapaqueño volvió a matarnos de risa con la historia de un “autito colosal” que, una vez, mientras saltaba como una rana, fue abordado por un policía; “Tiré el asiento para atrás, ‘A ver, mi amor, quisiera ver en carne viva aquellas piernas que toqué en la oscuridad’. Mi auto era una rana, saltaba oyendo blues. Entró una luz incandescente. Ella me dijo: ‘Los marcianos nos vinieron a llevar’. Bajé del auto con cuidado, se me acercó un verde señor1: ‘Disculpe, jefe, no me lleve, soy cantante y le prometo hablar de usted en esta canción’”. Luego nos mató de ternura, contándonos que una flor le había desvelado el misterio de su llanto al alba —“Mi amor es un ser que se eleva con las alas y por la noche está conmigo, durmiendo sobre una rama”.

Viajaba Pedrito y triunfaba, sin campañas publicitarias millonarias, a puro talento y trabajo, cuando un día, su disquera le asignó un productor musical de los gigantes. “La única explicación que pude darme fue la influencia de Estefan”, escribió mucho tiempo después, cuando no pudo cantar. Y entonces, los hispanohablantes de todo el mundo comenzaron a conocerlo de verdad. Las entrevistas tontas revelaron sus modales estupendos, las dirigidas por expertos en música demostraron que de verdad era un genio musical, y las más bonitas expusieron la belleza de su alma.

Notas

1 En Perú, el término “verde señor” se refiere a los policías que llevan uniforme verde