En el marco de la hecatombe provocada por la guerra civil española —donde, por un lado, los nacionalistas contaban con el apoyo de los nazis y de los fascistas italianos y, por otro, los republicanos de izquierda eran respaldados por la Unión Soviética—, Ernest Hemingway (1899–1961) escribió una de sus novelas más importantes: Por quién doblan las campanas (1940).

La experiencia bélica y periodística de Hemingway se refleja en la obra, pero también en el epígrafe —una estrofa de John Donne—, que permite vislumbrar una parte esencial de la intención del autor.

[…] No man is an Iland, intire of it selfe; every man is a peece of the Continent, a part of the maine; if a Clod bee washed away by the Sea, Europe is the lesse, as well as if a Promontorie were, as well as if a Mannor of thy friends or of thine owne were; any mans death diminishes me, because I am involved in Mankinde; And therefore never send to know for whom the bell tolls; It tolls for thee.”[…]1

[Ningún hombre es una isla, completa en sí misma; cada hombre es un fragmento del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva un pedazo de tierra, Europa queda disminuida, igual que si se llevara un promontorio, o la casa ancestral de uno de tus amigos o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque formo parte de la humanidad. Por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.] (Traducción propia.)

En un contexto de guerra, lucha y bravura, resulta casi natural la presencia de elementos simbólicos; de ahí que podamos leerlos de manera literal o, bien, detenernos a reflexionar sobre aquello que constituye el trasfondo del relato. Un símbolo se define, según la Real Academia Española, como:

Figura retórica o forma artística, especialmente frecuente a partir de la escuela simbolista, a fines del siglo XIX, y más usada aún en las escuelas poéticas o artísticas posteriores, sobre todo en el superrealismo, y que consiste en utilizar la asociación o asociaciones subliminales de las palabras o signos para producir emociones conscientes.

Gracias a los símbolos, expresamos ideas y asociamos a los objetos representaciones de aquello que queremos decir: la campana que tañe, el puente en cuya destrucción se insiste, entre otros motivos que esta obra alberga y que ya han sido estudiados, sin duda, en numerosas ocasiones. Por ello, me interesa emprender una lectura distinta, a partir de dos ideas que el epígrafe me sugiere y que, por lo que representan para mí, quisiera llamar símbolos: el amor y el hombre.

Pero ¿es posible considerar al hombre como un símbolo? Para responder a esta pregunta, conviene remitirnos al Banquete de Platón, específicamente al discurso de Aristófanes, quien relata cómo Zeus, para impedir que los hombres se rebelaran, decidió debilitarlos separándolos en mitades. De ese mito nace también el amor de los unos por los otros, pues este nos recuerda nuestra naturaleza primitiva y sugiere que, al reunirnos mitad con mitad, regresamos a una perfección originaria.

[...] Desde hace tanto tiempo, pues, es el amor de los unos a los otros innato en los hombres y restaurador de la antigua naturaleza, que intenta hacer uno solo de dos y sanar la naturaleza humana. Por tanto, cada uno de nosotros es un símbolo de hombre, al haber quedado seccionado en dos de uno solo, como los lenguados. Por esta razón, precisamente, cada uno está buscando siempre su propio símbolo.[...]

Hemingway anuncia, como preludio de su obra, la importancia de los lazos que nos unen como individuos y el hecho de que la muerte del otro nos afecta, nos empequeñece, porque al morir aquellos con quienes estamos ligados, algo en nosotros también se ve disminuido. Por quién doblan las campanas nos concierne precisamente por eso: porque un día también doblarán por cada uno de nosotros.

Bajo la premisa de los dos símbolos que propongo, la guerra enmarca la idea de cómo los hombres podemos aniquilarnos unos a otros en una barbarie que repetimos una y otra vez, olvidando que, al dañar al otro, dañamos también esa mitad de la que habla Platón. Así, se vuelve paradójico pensar que es la humanidad misma la que está en peligro, puesta en manos del propio hombre que la constituye.

En esta novela, envuelta en la desgracia de la guerra, Hemingway nos acerca a la muerte de diversos personajes mediante situaciones en las que algunos se preguntan si existe justificación para matar a otra persona, otros consideran la muerte un medio para alcanzar fines materiales y otros la asumen como cumplimiento del deber; no faltan, incluso, quienes experimentan una suerte de goce al matar.

Hemingway, no obstante, no propone un enfoque moralizante, porque la guerra no puede representar otra cosa que la barbarie. Sin embargo, el autor introduce también un hilo de esperanza al incorporar un elemento fundamental en la vida de los hombres: el amor. Aunque los personajes puedan volverse indiferentes ante la muerte, la novela conserva la posibilidad de que, aun en ese contexto desolador, el amor siga siendo posible. Y acaso sea eso lo único capaz de salvar a la humanidad.

Aristófanes también habla de la importancia del amor y de la manera en que los hombres han ignorado su poder: si lo conocieran de verdad, serían capaces de levantar templos y altares para ofrecerle sacrificios, pues es protector y médico, remedio de muchos males que impiden a las personas alcanzar la felicidad. En la novela puede reconocerse, de forma casi inmediata, el amor entre los personajes principales, Robert Jordan y María: un amor grande e idealista que le permite a Jordan encontrar razones para luchar, aun después de haberse desilusionado de la causa republicana.

Robert y María permiten advertir, además, la importancia de la reciprocidad entre dos seres que, pese a sus distintas posturas y misiones, se reconocen el uno en el otro. Robert cree en el amor, a pesar de las ideas materialistas que niegan su existencia; reconoce en María a su verdadero amor y la imagina como esposa, hermana e hija: aquello que nunca ha tenido y, al mismo tiempo, aquello que lo completa. Ese es el verdadero amor: el que nos permite reconocernos en el otro. El amor valiente de Robert por María otorga sentido a su muerte, porque si los demás pueden salvarse, él ya no se ve disminuido, y subsiste la esperanza de que la humanidad de la que habla Hemingway desde el inicio logre trascender.

Notas

1 Se conserva la ortografía original del texto de John Donne. El pasaje está escrito en Early Modern English (inglés moderno temprano, ca. 1500–1700), no en Old English (inglés antiguo), por lo que formas como Iland, intire o selfe reflejan convenciones ortográficas de la época y no errores de transcripción.