Desde el fondo de mis recuerdos de niño, busco constancia de haber estado alguna vez en aquel viejo cementerio, ese mismo que, de reojo, suelo ver como unas ruinas que colindan con las carreteras del sector, no menos abandonado y precario, en el que ya muy pocos habitan y con el que, por razones laborales, debo toparme en el camino.

Es una imagen vaga, vaporosa y descolorida que me lleva, cuando menos, sesenta años atrás. Aquel lugar tenía una puerta principal a modo de único ingreso, construida debajo de una estructura en forma de arco de hierro forjado. Era de color plomizo y cada hoja se abría de par en par, como si fuera un libro a través del cual pasaban los dolientes acompañando la carroza fúnebre con su viajero al olvido.

En 1951, Juan Rulfo publicó en la revista América el cuento ¡Diles que no me maten! Fue una de las colaboraciones editoriales que habitualmente consignaba en el impreso junto a las fotografías tomadas por diversos lugares de México, mientras desempeñaba su profesión de agente de ventas de la marca de neumáticos Goodrich-Euzkadi. Una labor trashumante por apartados lugares de la geografía nacional que, para entonces, era su fuente principal de sustento.

Aquel ilustre desconocido, no se dedicaba con exclusividad a la literatura, pues ocupaba su tiempo viajando por razones laborales y en los momentos en que la ocasión lo permitía, tomaba las fotografías de aquellos parajes desconocidos para el común de las personas. Desempeñaba este oficio con verdadera pasión, como suele ocurrir con quienes son animados por esas fuerzas inmateriales que gobiernan sus impulsos para buscar, en el mundo que les rodea, la esencia invisible de las cosas que para el resto de los mortales pasan desapercibidas.

Este ejercicio de auscultar el entorno social y paisajístico que observaba le permitió asomar su mirada al México rural; a un país en plena transición, donde la modernidad urbana apenas emergía en un mundo campesino que se desvanecía en el silencio, el polvo, el arraigo de sus muertos y las escaras de una guerra civil. El país de sus imágenes, como luego sería el de sus textos, estaba colmado de ancestrales soledades, retratado con su aguda observación para captar fielmente la agreste panorámica de una nación de extravagantes contrastes.

¡Diles que no me maten! fue incluido posteriormente en el celebrado libro de relatos El llano en llamas, publicado en 1953 por el Fondo de Cultura Económica; obra que, junto a Pedro Páramo, logró convertirse en la importante referencia literaria que todavía representa.

El ejemplar que ahora mismo tengo en mis manos agrupa ambas publicaciones en una edición de la editorial Oveja Negra (1984); ha permanecido conmigo por varias décadas junto a otros libros de formato similar. Es una versión de tamaño media carta, sin mayores pretensiones en su cubierta, como si quisiera con ello pasar desapercibida a la mirada curiosa del lector a través de un caminar en puntillas con el mayor de los sigilos.

El caso es que no me habría detenido en el libro nuevamente, si no fuera por el hecho de descubrir la adaptación cinematográfica realizada en 1984 —casualmente la misma fecha del libro ya amarillento que ahora mismo examino— del relato ¡Diles que no me maten! producida por un venezolano de origen merideño con el auspicio de la Universidad de Los Andes.

Se trata de una realización fílmica a cargo del cineasta Freddy Siso con un elenco de figuras destacadas del cine venezolano. Siso formaba parte, en aquel momento, del movimiento del Nuevo Cine Venezolano y el Tercer Cine.

Sin embargo, a quien agradezco —como en una sincronía velada desde los antojadizos caprichos del azar—, realmente la oportunidad de retomar la obra de Juan Rulfo, fue a aquel recuerdo con el que inicié este manuscrito al cruzar por las cercanías del viejo y abandonado cementerio.

No tengo presente que tuviera su nombre sobre la fachada metálica, no obstante todos lo conocían. En su patio central, por decir de algún modo, un camino principal por el que los deudos en procesión conducían a sus difuntos a su último y perenne lugar en esta tierra, dividía el camposanto en dos porciones. Así, algunos tramos del apenado trayecto eran escoltados por grandes bóvedas construidas por los más pudientes y vanidosos del pueblo, intentando con sus rústicas maneras emular un estilo gótico que al final resultaba en una copia artesanal de ordinaria presencia en este mundo de fantasmas, mientras que, en el otro extremo, como en una extensión de la vida terrenal, se divisaban al resto de los residentes eternos organizados a ras de tierra, sin más pretensiones que las mostradas en vida.

Aquel recuerdo del lugar vino acompañado de un aire cargado de un aroma a flores naturales flotando como un vaho congelado en medio de los presentes. En derredor, una vegetación silvestre coronada con unas florecillas amarillas cuyo nombre nadie conoce se aferraba al suelo en los márgenes del trayecto sin más riego que el de las lluvias de medio año.

Al final del camino —suena fatalista, pero, en efecto, fue así—, frente a una pared de un blanco percudido, mi recuerdo se detuvo junto a una fila de personas bajando un ataúd de quien ahora permanece en mi más remoto olvido.

Antes de que existiera el boom latinoamericano, Rulfo (1951) ya había derribado en su narrativa la frontera entre la vida y la muerte. En sus historias, los fantasmas caminan junto a los vivos —no como un truco de terror o artificio narrativo, sino como una realidad cotidiana del campo mexicano—; algo que, en cierto modo, también ocurre en muchos de nuestros pueblos latinoamericanos. Basta recorrer algunos de los caminos desolados de nuestra geografía nacional para encontrar, por ejemplo, al recodo de esas largas carreteras que conectan los llanos venezolanos, algún santuario con imágenes de cera acompañadas de velas encendidas, flores, ofrendas y toda clase de abalorios que manifiestan una devoción a prueba de todo razonamiento secular por las ánimas que habitan en el universo pactado con fe ciega por los lugareños.

Ahora bien, ustedes se preguntarán por qué he dedicado estas notas a un autor sobre el cual tanto se ha escrito, cuando además casi todo se ha contado sobre él. La respuesta a esta interrogante es muy sencilla: más allá del placer de revisitar a un autor de culto, he querido rescatar del olvido una pieza fundamental de nuestra cinematografía.

Me refiero a la producción fílmica venezolana que antes he citado: ese “Llano en llamas venezolano” que Freddy Siso realizó en 1984 y que hoy casi nadie recuerda; entre otras razones, porque muy pocos han tenido el privilegio de verla.

Al cruzar por lo que sobrevive de la vía y carreteras colindantes con el antiguo cementerio, decidí detenerme a un lado y, desde la ventana de mi vehículo, miré hasta el fondo de las ruinas, como queriendo reconstruir la historia de mis recuerdos. En segundos tomé la determinación de bajarme y caminar hasta donde me fuera posible; una fila de tumbas, dispuestas en paralelo con la carretera que ya se integraba al camposanto, mostraban todavía sus cruces apuntando al cielo, como indicando con aquella pose erguida el único verbo que pueden expresar los que ya no tienen voz: aún sigo aquí. Algunas de ellas tenían todavía visibles sus nombres, fechas de nacimiento y su obligado: QEPD.

Por respeto a su memoria quiero omitirlos; pero los vi y escribí en una hoja improvisada nombres que quizás algún día formen parte de un relato. Los vecinos que se han resistido a mudarse, como los difuntos sin más opciones, seguro sabrán sus nombres porque, al verlos mientras caminan las calles de su cercanía, saltan evidentes las cruces con sus nombres y fechas atestiguando el tiempo que ha transcurrido. No existe un cercado que delimite los espacios entre vivos y muertos, por lo que el vecindario es una comunión de ambos mundos, rindiendo un surrealista tributo al abandonado camposanto que lleva por nombre La Rosita.

El caso es que, al ver la película de Freddy Siso, se percibe que —aunque narra una historia distinta— guarda una absoluta fidelidad a la estructura narrativa de la creación literaria de Juan Rulfo. Así, el personaje principal de la trama, Juvencio Nava —al igual que en el relato—, es interpretado por el actor venezolano Asdrúbal Meléndez. En el reparto, la actriz Flor Núñez representa a la mujer de Juvencio con el nombre de Luvina; detalle que me llamó la atención porque, con ese nombre, en la obra El llano en llamas, el autor incluye un cuento con dicho título. Se trató, a mi modo de ver, de una licencia de guionista que se tomó el director de la cinta para su trabajo fílmico, como para que no quedaran dudas sobre la relación de su producción con la obra rulfiana.

En la película —y no entrego más detalles para que se decidan a verla y a la vez, si no han leído la obra del autor mexicano, pues, igualmente pueden leerla; es un buen momento para hacerlo porque es una verdadera joya narrativa—, el personaje principal, tras vivir 35 años huyendo por el asesinato de su compadre, finalmente es capturado y fusilado por instrucciones del hijo de la víctima.

Dicho así, la inclinación natural de quien lee esta breve descripción sería conmoverse por el malogrado compadre; pero, en realidad, la vida suele ser mucho más compleja que una afirmación o juicio de veintitrés palabras. Por lo general, está cruzada por una cartografía de sombras e injusticias que prohíja un destino determinado, como es el caso de Juvencio y su compadre: un círculo de hierro que les invito a descubrir en ambas obras.

El filme, de una hora y treinta y cinco minutos, obtuvo el Gran Premio Simón Bolívar en el Festival de Cine de Mérida en 1984, consolidando a Freddy Siso como un destacado realizador al capturar en ¡Diles que no me maten! la atmósfera de angustia; la de una culpa erosionando el alma por el miedo, junto al paisaje fantasmagórico que describe en sus textos, como su sello personal, el autor de todo este cosmos narrativo.

Así que no dejen de ver y leer la obra; tomen su tiempo para ello, porque hay placeres que no admiten prisa.