Agua tupida
Santiago tenía dos hermanas. Eran gemelas, idénticas. Las conocí a través de las fotografías que trajo a clase para uno de los proyectos del semestre: acostadas, boca abajo, sobre la superficie de la alberca en un condominio en Cuernavaca, tenían la misma complexión, el mismo largo de pelo, los mismos lunares en los brazos.
Nos inscribimos a un taller de fotografía análoga, que podías tomar como materia optativa en la carrera. No nos conocíamos. Yo tenía una Minolta ’98, de mi misma edad, y él una Olympus ’76. En realidad, creo que nadie sabía usar bien las cámaras, pero nos inscribimos para aprender —algunos, incluso, se preguntaban dónde estaba el botón de encendido. Fermín, el maestro, se sonreía con incredulidad: había alumnos suyos que no conocían la tecnología analógica. Cuando nacieron, tenía décadas ya en desuso.
Asumo que Santiago ya había recogido un par de veranos intentando descifrar su propia cámara. En la Ciudad de México todavía es fácil, además, conseguir rollos frescos. Hay quien va al centro, a la calle de Donceles, e incluso puede escoger marca y año. Hay quienes no nos complicamos tanto y los pedimos por internet. De inicio, Santiago y yo no hablamos mucho. Pero por sus presentaciones, entendí que él los conseguía con un amigo que, en ánimo de ayudarle, le regalaba rollos en blanco y negro echados a perder, que de todas formas ya no iba a usar.
Cuando vas empezando, dijo en clase alguna vez, en realidad no importa si arruinas rollos así. Y estuve de acuerdo con él. Luego proyectó en pantalla su primera entrega. Dos imágenes en blanco y negro de sus hermanas, boca arriba, flotando sobre una cama de agua tupida. Ni siquiera los químicos de revelado pudieron mostrarme sus rostros, dijo. Se rió tosiendo.
Cuarto oscuro
El laboratorio estaba en la planta baja del edificio A, me acuerdo. Escondido, como lo están los cuartos oscuros, al fondo de un pasillo largo y esbelto, como antesala, tenía un salón de juntas, donde Fermín nos enseñaba sobre la historia de la fotografía y nos daba referencias para empezar a imitar en nuestros primeros intentos. Las sillas eran blancas y de plástico, pero la universidad las describía como ergonómicas. Tal vez, para justificar el gasto. Al fondo, sobre una pared igualmente blanca, había una pantalla a la que podías conectarte para mostrar tus avances.
Aunque parte del curso era aprender a revelar las fotografías en hojas físicas, Fermín insistía en que las viéramos proyectadas de manera digital. Cuando alguien le preguntó por qué, respondió con parsimonia: quería que pudiéramos verlas a detalle, sin mancillar con la grasa de las manos la imagen impresa. El papel es para ustedes, dijo, como si soplara polvo de una repisa. Y continuó con su clase.
Después de la primera semana de entregas, Fermín nos pidió que empezáramos a diseñar un ensayo fotográfico. Nos dio carta libre, con la única condición de que la línea temática general fuera reflejos. Seis fotos, curadas con una narrativa más o menos editorial, en la técnica analógica que quisiéramos. Tendríamos el resto del semestre para terminarlo, nos dijo, y como fecha de entrega se estableció el 11 de noviembre: 11/11. Recuerdo que, aunque las respuestas del grupo rayaban a menudo en la apatía, la sugerencia logró rascar su interés.
Ese día no entramos al cuarto oscuro para nada. Me acuerdo de que Santiago se quedó sentado después de que acabara la clase, con la mirada clavada en su computadora. Al salir, escuché cómo Fermín se acercó a él, para ver si tenía más preguntas. Santiago volteó la pantalla con la imagen de sus hermanas sobre la alberca. ¿Qué hago con esto?, le preguntó.
El maestro intentó guardarse el sobresalto.
Bajo el agua
Tenía hambre. Después de clase, fui directo a la cafetería de la universidad. Eran las cinco de la tarde, más o menos, y la luz de otoño se filtraba a través del ventanal, dibujando sombras de árboles sobre el piso. Largas, esbeltas y frágiles. El filtro del vidrio dibujaba una textura suave sobre el piso, como se miran los rayos del sol bajo el agua. Pensé en las gemelas.
Pedí un café lechero y me senté en la barra. A los pocos minutos, a través del ventanal, vi a Santiago sentarse en la terraza. Sintió la mirada y se volvió con un movimiento seco. Le sonreí con los labios apretados, sin saber si me estaba viendo. Devolvió el mismo gesto. Tomó sus cosas y cruzó la puerta de la cafetería. Dejó todo —la computadora, el estuche de la cámara, una cartera— en la silla de al lado. ¿Te molesta si me siento? Negué con la cabeza.
En México, las estaciones no son muy marcadas. Será la latitud, no sé. Pero en otoño, las tardes en Santa Fe, al poniente de la Ciudad de México, son frías y hoscas. El sol es silencioso y el cielo tiende a ser azul, azul, sin nubes. Casi hostil. El tiempo se siente pesado. Los pasos se hacen más lentos, con resistencia. Algo de eso se distinguía a través del ventanal. Me di cuenta de que ya era septiembre. El 16 es fiesta nacional.
¿Qué vas a hacer en el puente? Me preguntó. No se me da romper el hielo, pero sin duda él lo estaba intentando. Cada año, me dijo Santiago detrás de un espresso cargado, su familia se iba a Cuernavaca en estas fechas. Tenían una casita en un condominio de Burgos, la zona más linda de la ciudad. Al centro, compartían alberca con otras seis familias. Sus hermanas disfrutaban pasar toda la tarde tomando el sol, me dijo, como lagartijas. Y coincidí, en las fotos sí se adivinaba algo de reptiles en ellas. Pensé que tenían escamas en la piel.
Le pregunté si había tomado sus fotos ahí. Luego me arrepentí, porque evidentemente así había sido. No le costó trabajo contarme cómo había sido. En verano, después de varios meses de vivir en Cuernavaca, le llegó un paquete de rollos Ilford. Son rollos caros, reconoció, pero un amigo se los daba. ¿El mismo que mencionaste en clase? Sí, ese. La sombra de las ramas le atravesó el rostro.
Sacó una hoja de contacto que había hecho con el mismo rollo de ese verano. No era como las que habíamos visto en clase, en las que salía todo el rollo con las fotos en recuadros chiquitos. Me mostró algo distinto. Parecían fotos que había impreso, roto y vuelto a armar a mano. De derecha a izquierda, tenía la foto original de las gemelas en la alberca. A un costado, la misma foto partida en dos, con los pedazos encontrados. Y hacia la izquierda, la foto completa de sus hermanas, atravesada por el velo de un rollo fotográfico, del que sólo se adivinaba la silueta. Abajo de eso, tenía un recuadro chiquito que, según él, era el resultado de una cámara que él mismo había hecho con una caja de leche.
Asumí que era lo mismo que le había mostrado a Fermín. Me invadió el mismo tremor, como un golpe debajo del agua.
Fotograma
Después de esa tarde, no volvimos a coincidir. No hasta que nos vimos de nuevo en clase, ahora sí, en el cuarto oscuro. Santiago llegó al final. El tráfico, perdón, y aventó sus cosas sobre el escritorio común. Fermín apostó a que traeríamos, sin falta, rollos por revelar. Y tuvo razón.
En la isla al centro del salón, Fermín dispuso tres charolas. Dos con químico para revelar, y una con agua para enjuagar las fotos. Te tenías que poner guantes para trabajar. Algunos traían bata. Fermín apagó la luz y se encendió un foco rojo. Es la única luz que no va a manchar sus proyectos, explicó. Pensé en las peceras adecuadas para especies exóticas, que necesitan una temperatura especial para sobrevivir.
Mis fotos no eran espectaculares. Quiero pensar que ni siquiera eran muy interesantes. Tanto así, que no recuerdo qué entregué al final del semestre. Lo que sí sé, es que no puedo borrar la impresión que Santiago colgó para secado. Además de revelar una nueva hoja de contacto —otra vez, en blanco y negro—, repitió el encuadre de sus hermanas. Esta vez, boca arriba.
Estaban acostadas sobre el agua, con las piernas suavemente separadas. Sus cabezas apuntaban a direcciones opuestas, de manera que se rozaban el rostro con los pies. El pelo se desdibujaba debajo de la superficie, y parecían sostenerse con las manos. Ambas traían un bikini que parecía negro. A una le cortó, a propósito, el rostro, de la nariz para arriba. La otra sonreía con los ojos cerrados. El granulado de la imagen se mezclaba con las ondas suaves en la superficie del agua. Como Ofelias, dijo Fermín.
Acabó la clase y dejé mis propias fotos en el cuarto oscuro, secando. Fermín nos dijo que podríamos recogerlas en un par de días, para terminar de pulir la entrega final. Al salir del salón, me sentí como saliendo del agua. Me di cuenta de que podía respirar mejor. Otra vez, eran las cinco de la tarde. Y una vez más, las sombras de los árboles se imprimían en el piso, debajo y sobre mis pies. El cielo azul y hostil sugería una tarde todavía más fría, seguro con tráfico en el camino a casa. No quería ya pensar en las fotos de Santiago. Había algo inquietante en las imágenes que no podía quitarme de encima. Se me erizó la espalda.
Ese día no tenía más clases. Decidí irme a casa. En el camino al estacionamiento, el cielo se oscureció. En otoño los días exhalan más rápido. Llegué al coche, abrí la cajuela, dejé mis cosas. Acomodé la cámara en una esquina para evitar que se resbalara en un movimiento brusco. Al sentarme frente al volante, vi un pedazo de papel atorado en el parabrisas. Intenté quitarlo con el movimiento del limpiaparabrisas, pero no funcionó. Apagué el coche, abrí la puerta y me dispuse a quitarlo con la mano.
Me congelé. Era uno de los fotogramas de las gemelas sin rostro, en los que sólo se veía el cuerpo y parte del cuello. Quiero una tuya así, decía en el anverso.















