Se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo cuando sintió el frío en el brazo derecho y la pierna derecha. No era precisamente el frío de la ausencia, era más bien un frío medio húmedo, como aquella sensación desagradable que te queda luego de tener mojados los zapatos o la ropa.

Esa sensación lo llevó al día que había corrido desesperado desde su casa hasta la casa de su amiga. Ese día llovió, y había pensado que si su amiga lo estuviera acompañando la llevaría en la espalda para que no mojara sus pies. El anterior raciocinio desconocía estúpidamente el hecho de que la lluvia cae de manera perpendicular y que sobre los pies o mejor arriba de los pies está la cabeza, lo que llevaría a concluir que al llevarla en la espalda ella no solo empaparía su cabeza sino todo su ser, incluyendo los zapatos. Ese era un efecto inesperado del amor. La estupidez.

Volviendo al camino a la casa de su amiga, es importante indicar que en un día soleado lo habría recorrido en unos 15 minutos, corriendo. Pero como ese día estaba lloviendo, el paso no era tan ligero. Ya casi llegando al conjunto de casas donde ella se encontraba, nuestro protagonista tropezó y cayó de bruces. La mano no tuvo mayor importancia, pero el pantalón en la rodilla sí. Este se rompió. Al ser preguntado por su amiga, nuestro protagonista alegó un asalto sin dar más detalles, frente a lo que la amiga, muy consternada, le preguntó... "¿luego querían robarte el pantalón?".

El frío que sentía entonces era como el del día del suceso del pantalón roto. Un frío húmedo. Intentó meterse más, pero descubrió que estaba atorado, atascado, inmóbil. Su pierna derecha y su brazo derecho estaban húmedos, pero viendo de frente el problema solo veía su rostro. Entonces sentía una cálida ventisca que subía desde su pie izquierdo y que lo despeinaba. Raro, porque son cálidas las nalgas, la pierna y el brazo izquierdos y la cabeza, pero frías las extremidades contrarias.

Antes del atasco estaba intentando leer una reseña de sus antepasados. El texto indicaba suficientemente que sus antepasados solo guerreaban por tierra y prestigio. Al instante pudo darse cuenta de que desde aquella época el ser humano ha sido tan estúpido como la excusa de los ladrones de pantalones. Vaya ridiculez. Sin embargo, llegó a pensar que, si había algo que merecía la pena, era la tierra y el poder, para lograr el amor que te volvía estúpido, todo un bucle.

Es como si todo terminara donde comenzó. En realidad, como lo recordaba, su amiga era más que una amiga. Una mujer diminuta de piernas fuertes pero delgadas, con pecas, cabello castaño rubio, ojos color miel. Era miembro del grupo de porras de su colegio, y era también novia de un imbécil contorsionista. Entonces, ella es incrédula, él, imbécil y yo, un estúpido, qué trío. La cosa es que ella lo amaba a él, yo a ella y pues él era un imbécil a secas.

Lo del pantalón, es decir, lo del roto, fue una locura. Es que el hueco no fue exactamente en la rodilla, lugar donde debió quedar, el hueco no era redondo, era más bien una línea, como si un tijeretazo hubiera arrebatado parte de su ser (me refiero al del pantalón).

Así las cosas, me veía verme, casi mitad por fuera y mitad por dentro. Mientras eso ocurría, recordé que, en un viejo libro de los Gnomos, David había encontrado un grupo de orcos que se habían quedado atorados de la misma manera. Pues a mí me sorprendió en ese momento mucho, pero mucho la idea de verse a sí mismo, de observarse desde fuera. Algo similar me había ocurrido al escuchar al maestro Piero, al ver las cosas pasar, como decía la célebre canción: "Paso yo mismo y me veo sentado mirando la gente que pasa a mi lado".

En definitiva, una locura; cómo era posible verse a sí mismo como ve a la gente pasar, era genial, loco. Pues bien, así me encontraba yo, mitad dentro, mitad fuera, viéndome verme, medio frío, medio caliente. ¿Cómo había ocurrido eso? Ni bien levantado en la mañana, había caminado hasta el corredor, y con una mano en la cabeza y otra en mi parte delantera caminaba sigilosamente en dirección al baño. Como al final del corredor queda el espejo, aproveché la oportunidad para mirar el lugar exacto de la comezón, y fue entonces cuando todo ocurrió, adelanté el brazo derecho y la pierna derecha y siguieron a través del espejo.

Lo más increíble no era el frío húmedo, era el absoluto desconocimiento del otro lado. Me sentía como Alicia, por supuesto, lejos de parecerme a aquella audaz niña, mi audacia no tenía nada que ver. LLevaba en esa absurda posición más de dos horas y aún no estaba seguro, no sabía si quería cruzar el espejo y vivir en el frío o volver a pensar en aquella sensación que te da el hecho de tener la ropa y los zapatos húmedos, luego de una lluvia intensa en la que rompes tu pantalón producto de una imaginaria huida.