Desde muy chica escuché que los cangrejos caminan en reversa. La sentencia de mi madre era siempre la misma: no seas como los cangrejos que, en vez de ir para adelante, van para atrás. Son los únicos animales que prefieren retroceder en vez de avanzar. Eso último —lo de la preferencia—, no sé si es cierto o no. Pero, es falso que caminen de espaldas. Lo cierto es que caminan de lado. Dicen que pueden moverse en otras direcciones, pero, por la estructura de sus patas, son más eficientes si caminan de lado. Pobres crustáceos, su fama les precede y ellos ya no se pueden echar atrás para enmendar su imagen. ¿Podrán? Lo más seguro es que no les importe lo que piensan de su andar.
Cuando me caí, acabábamos de salir del mercado. Era el primer día soleado después de haber tenido una semana de tormentas con aguaceros, truenos y relámpagos. Había charcos en las calles y banquetas. El cielo estaba muy limpio, sin nubes, tal vez, enfadado de tanto llover, se permitió clarearse. La fragancia a hierba húmeda me recordó el olor a la menta, a la hierbabuena. Estaba de tan buen humor cuando me fracturé el peroné que jamás imaginé que terminaría en cirugía.
Sólo diez minutos antes de que mi pie quedara atorado en un hoyo de la acera, perdiera el equilibrio y me fuera de bruces, había estado contemplando una pecera con cangrejos que estaba en la sección de pescados y mariscos del mercado. Me quedé atónita mirando un pedazo de poliestireno que hacía las veces de letrero. En letra roja y bien visible decía: Cangrejos de agua dulce. Debajo, en negro, se leía: Para freír o como animal de compañía. Francamente, la combinación me pareció desconcertante, casi indecente. Al pensar en el destino de esos pobres animales, se me hizo un nudo en la garganta. Tal vez, eso era lo que iba pensando cuando me caí.
No he podido dejar de pensar en esos pobres bichos desde que estoy convaleciente. ¿Habrá alguien que considere en serio llevárselos para convertirlos en sus mascotas? Y, luego, ¿qué? Después de un tiempo, su destino será ser comidos por sus amos. No sé. Se requiere tener un nivel de soledad profundo para considerar un cangrejo como mascota, en vez de tener un perro o un gato. Claro que los mamíferos son más demandantes. Hay que limpiarlos, alimentarlos a diario, bañarlos. A los perros hay que pasearlos y las cuentas del veterinario son caras. En ese sentido, un crustáceo es una mascota fácil. Hay mucha gente sola.
Con la inmovilidad en la que me dejó la fractura, no me podría hacer cargo de una mascota que requiriera tanta atención. Todo en mi vida se ha ralentizado. Ir al baño es una aventura, un escalón se convierte en una barrera. La cotidianidad se movió de lugar. Lo mínimo ahora es un reto. Pero, a un cangrejo sí que le podría echar alimento en la pecera. Lo malo es que no tengo pecera. Así que habrá un cangrejo menos que pueda ser salvado de servir como plato fuerte. Los enfermos somos muy demandantes. Encima, nos da por sentirnos solos.
Sí, es extraño. Al mirar a los cangrejos apiñados en el agua, estaba pensando que nos separaba sólo un vidrio, pero su lado y el mío pertenecen a mundos totalmente distintos. Tan distintos como lo son la mínima distancia que hay entre la enfermedad y la salud, la prosperidad y la pobreza, la cordura y la demencia. Cada uno, desde nuestro lado, estamos separados por esas líneas que se dibujan en forma instantánea y nos aíslan del resto de los seres vivos. A veces, pienso en esas cosas, mientras estoy sentada en el sillón, o recostada en la cama —no puedo hacer mucho más que estar quieta, pero la mente no se inmoviliza; es al revés, se activa más—.
Entre las sábanas y los cojines que me ponen para estar más cómoda, alargo la mirada a la ventana y veo cómo la luz del día empieza a iluminar mi habitación y la acompaño hasta que declina y se convierte en penumbra. Imagino que hay gente corriendo por las calles, que se apresura a llegar a sus actividades. Acorto la mirada y veo mi pierna izquierda, quieta, rígida a causa del vendaje del que sobresalen los dedos que apenas si se pueden mover. Me pregunto si recuperaré la movilidad al cien por ciento. Pienso y pienso. Lo hago porque me lo pide el corazón. El corazón o esa parte del cerebro que quiere drenar estas ideas para poder respirar profundo y aligerar la tristeza. Lo hago en silencio para no hacerme pesada. Los enfermos pesan.
Pero, para aligerar la tristeza hay que darle su espacio, dejar que crezca, como una especie de burbuja de jabón y darle tiempo a que reviente y cumpla con su cometido. Si no, ahí se queda la amargura en el paladar, el nudo en la garganta, el peso en los hombros y el dolor se anida en el cuerpo. Lo peor es el miedo. La sensación es ambigua. Aunque es el mismo lugar, el simple hecho de que nos hayan puesto un cristal transparente —real o ficticio— puede dar la impresión de que estamos en otro lado.
La casa se hizo diferente, mi baño se alejó, las dimensiones se volvieron complicadas, la escalera es un lugar de terror del que prefiero alejarme. Sí, parece que estamos en una dimensión distinta y no tenemos que ver nada con los que están del otro lado. Un enfermo, un demente, un pobre no están del mismo lado que un sano, un cuerdo o un próspero. Un angustiado no está en el mismo lugar que una persona feliz, aunque estén en el mismo cuarto. Pero, puede ser que, si apartas la barrera, de inmediato formes parte de lo que hoy te aísla.
Apartar la barrera. Ese es el reto. Para conquistarlo, debo hacer mis ejercicios de rehabilitación, dice el doctor. Tomar la medicina, obedecer. Eso me acerca a apartar la barrera, pero no la quita. Lo que la quita es ponerme de pie y caminar con autonomía; no puedo apoyar el izquierdo. Después de la cirugía, quedó una cicatriz de seis centímetros que cruza el tobillo y un moretón en la parte inferior que se parece a la mancha mongólica con la que nacen los bebés asiáticos. No duele tanto, pero, no puedo apoyar el pie. La gente sana se mueve en libertad, los enfermos no. Para caminar, debo usar o muletas o andadera. Mejor andadera. Camino como cangrejo. No como los cangrejos a los que se refiere mi mamá, sino como los de la vida real: de lado. Despacio. Torpe.
Desde niña he caminado al frente. Esa ha sido la consigna: hacia atrás ni para agarrar vuelo. Siempre igual, siempre adelante. Cuando he estado triste y me bloqueo, imagino en lo que debo hacer para seguir avanzando. No me está resultando. El miedo me paraliza. Levantarme con un solo pie es un desafío, que para los que están del otro lado del cristal es algo sencillo. No te asustes. Relaja los hombros, no aprietes los dientes, apóyate en la andadera. Me es difícil controlar las lágrimas. Pero, me aguanto. No quiero que los del otro lado se enfaden, porque el fastidio llega rápido. He estado ahí, en ese otro extremo, y es fácil que se agote la mecha de la paciencia.
Cuando una persona tiene un accidente, hay una metamorfosis. La quejadera no sirve. Sencillamente, no hay nada más que permitirles a los segundos fluir. Recuperar la fuerza. ¿Qué rayos es la fuerza? Alzar la mirada al cielo y permitirle espacio a la inutilidad. Bajarle al volumen de la exaltación. Aprender a decir con claridad lo que necesito, de modo lógico y racional. Caminar de lado, lento y articulado como los cangrejos.
Inhala. Exhala. Punta. Flex. Las patas de los cangrejos parecen los dedos de un pianista que pulsan las teclas precisas con exactitud. Caminan de lado, como oprimiendo las teclas de una computadora, como una mujer que se va moviendo de lo pequeño a lo más grande. Vivimos rodeados de circunstancias que, por mucho que nos desesperemos, no se desarrollan a nuestro gusto y tiempo. No. No voy para adelante; tampoco en reversa. Voy de lado, entre el recuerdo y el porvenir.
Pensé si debía comprar una pecera para rescatar un cangrejo y que me hiciera compañía. Francamente, la idea me pareció desconcertante, casi indecente. ¿No era eso en lo que estaba pensando cuando me caí?















