A Pilar y María, extraño profundamente lo que teníamos.

El ‘tac’ de la pava eléctrica suena desde lo lejos. Julia sale corriendo con la toalla en la cabeza y en ropa interior desde la habitación intentando llegar a tiempo antes de que el agua hierva. Sabe que se le hizo tarde, pero para tener unos minutos extras decide no mirar el reloj.

Abre la tapa de la pava para que la temperatura del agua baje un poco. Vuelve a la habitación. Comienza a secar su pelo con la toalla, mientras en su móvil se enciende una luz de notificación.

«Estamos afuera»

Ignora el contenido del mensaje mientras se termina de peinar. Sabe que sus amigas, quienes la esperan dentro del auto, que ya está afuera de su casa, le van a reclamar por estar tarde. Se viste con una calza larga y negra, unas mangas cortas del mismo color, y un suéter color rojo, que lo combina con unas polainas rojas también. Agarra el teléfono y la mochila. Camina hacia la cocina mientras manda una nota de voz al grupo ‘de las pibas’.

—Pongo el agua en el termo y salgo —dice hablando al teléfono.

El agua está hervida. Detesta que el agua se pase de temperatura. Limpia el mate tirando la yerba del día anterior en el tachito del compost, lo lava y lo seca con una servilleta. Lava la bombilla también. Busca el paquete de yerba abierto pero no la encuentra. Agarra uno cerrado, y lo mete en la bolsa junto con el mate y la bombilla. Abre el termo y le pone tres cuartos de agua caliente, lo completa con agua fría. Coloca su mano en el orificio superior del termo antes de taparlo. Cuenta diez segundos. Saca su mano, y lo tapa.

—Si ponés la mano en la boca del termo y podés contar hasta diez segundos antes de que sientas que te empieza a quemar, es porque el agua está en la temperatura justa.

Solía decir él. A ella lo que más le molesta cada vez que usa ese truco, no es recordarlo, sino redescubrir una y otra vez, cómo algunas personas permanecen para siempre en los gestos más simples de la vida cotidiana.

Se escuchan dos bocinazos desde el auto. Agarra la mochila, la bolsa del mate, una banana y sale de su casa.

El ‘crunch’ de las hojas de otoño que quedan bajo las ruedas de las bicicletas que recorren el sendero de la montaña, se combina con las carcajadas de quienes han decidido escapar de sus rutinas por una tarde.

—¿Le estás enseñando a hablar? —le dice María a Julia mientras señala el mate.

Pilar suelta una carcajada. No ha cambiado nada desde la época de la Universidad. Ver a sus amigas en esa situación le recuerda aquel primer día en el aula doscientos cuatro. Ella había llegado 30 minutos tarde a la primera clase del primer semestre del primer año de la carrera. María y Julia eran las protagonistas de la misma escena, con el mismo guión, en el reclamo de no tomar lo suficientemente rápido el mate. Cuando vieron entrar a Pilar por la puerta, tarde, a una sala llena de pupitres ocupados, ambas no dudaron en pedir a las personas que tenían alrededor que se hicieran a un lado para girar en dirección al pizarrón, el único banco que quedaba libre en todo el salón. Pilar avanzó hacia él, les agradeció, sin saber que desde ese día había encontrado a sus dos mejores amigas. Y también, una versión de sí misma que seguiría existiendo cada vez que estuvieran juntas.

El ‘shhh’ del mar combinado con el sonido de la madera haciendo chispas en una fogata prendida pasado el atardecer, marcan la hora exacta para aparecer por detrás de ellas y envolver en un abrazo a sus amigas.

— Las extrañaba mucho —les dice María mientras las aprieta bien fuerte.

Hace tiempo que María no participa en el grupo. Su nueva relación la tiene tan ocupada –y por momentos demasiado aislada del mundo– que se le dificulta encontrar el momento para disfrutar de su esencia. Sus amigas opinan que esa relación que tiene no es sana, que el distanciamiento hacia ellas tampoco, pero no quieren pecar de ser las amigas celosas, así que a veces no dicen nada porque saben que una cantaleta más puede hacer que María desaparezca por completo.

Lo que María no pudo ver, desde hace casi tres años hasta este momento, es que toda esa situación nunca se trató sobre elegir entre ellas o él; se trata de que ella se elija a ella.

Una guitarra suena en la ronda.
La escena es perfecta.
La luna está llena.

— ‘Porque siempre estarán en mí, esos buenos momentos que pasamos sin saber, que un amigo es una luz, brillando en la oscuridad, siempre serás mi amigaaa… no importa nada más…’ —cantan al unísono emocionadas con lágrimas en los ojos y la garganta apretada, mientras pasan por sus cabezas los flashbacks de todos esos momentos juntas, recuerdos compartidos e historias que protagonizaron, sintiendo la nostalgia anticipada de las despedidas.

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Brillo en la oscuridad - Fotografía de Gabriel Lopez. Dinamarca, 2021.

El relato es una obra de ficción inspirada libremente usando una de las fotografías como disparador. Las personas, situaciones y recuerdos que aparecen en el texto pertenecen exclusivamente al universo narrativo de la autora.

Canción: Enanitos Verdes (1992). Amigos. Album: Igual que ayer.