Jueves 15 de noviembre de 2521.

Despierto, la poca luz de la mañana me hace abrir los ojos. Otro día en la Tierra. Hace tiempo que me cuesta descansar durante la noche, por lo que el más mínimo haz de luz me obliga a comenzar el día. Forzadamente. Me siento, presiono el pequeño botón en mi anillo, el cual aparenta ser una piedra preciosa pero no lo es, para ver las noticias. Por muchos años fui una de esos que evitaba estar delante de las pantallas, o se interesaba por saber lo que pasaba fuera de su burbuja, fuera de su individualidad. Sin embargo, hace un tiempo que tengo la necesidad extrema de saber qué sucede alrededor.

Los mismos problemas de todos los días, todo sigue igual. Me pregunto por qué sigo viviendo acá, sumergida en la misma cosa día tras día. Pienso, cada día, si debería probar suerte en otro lado, si debería tomarme ese vuelo. ¿Suerte? ¿acaso existe? ¿o es uno más de esos conceptos milenarios creados para darle sentido y significado a algo que no podemos graficar, ni explicar?

En los últimos dos años la temperatura aumentó 50 grados, el agua fue desapareciendo de a poco, los días se fueron acortando y lo que hace 700 años llamaban 'las cuatro estaciones' ya no existen. O sí. Existen cuatro estaciones intermedias hasta llegar a donde quiero ir, a donde me gustaría ir si tuviera la valentía suficiente para dejar todo lo que tengo y cambiar mi vida por completo, empezando de cero. Empezando de nuevo. Todo lo que tengo... ¿todo lo que tengo?

Los 350 grados se hacen insoportables. Deseo un poco de agua. Cierro los ojos y recuerdo la llovizna en mi cara, la suave brisa del viento frío, poco a poco el sonido de las gotas cayendo al suelo, el olor a la tierra mojada. No recuerdo cuándo fue la última vez que vi llover. ¿Tenía cinco o seis? Fue hace tiempo. Más de veintidós décadas. ¿Realmente fue? ¿o es uno de esos recuerdos creados por las historias que he escuchado de mis antepasados?... esas que se han contado a lo largo de los años tan repetitivamente, con tanto detalle y nostalgia por aquello que uno añora, que parecen vividas aunque no hayan sido.

Realmente necesito agua. Eurasia del este ya no tiene, y en el oeste puede que pierdas la vida por conseguirla. Tendré que viajar a Zelandia, ¿realmente estoy donde quiero estar?. El viaje dura unos minutos, la teletransportación no puede ser tan lenta, me aburre esperar. Finalmente aparezco en Zelandia del norte, en la punta más norte. Camino hacia la punta de la montaña, de lejos veo el pequeño lago que se encuentra escondido, me estoy acercando. Es uno de mis lugares preferidos de la Tierra. Este continente joven, que según algunos dicen es emergente, es un paraíso que aún no ha sido descubierto y me siento especial al saber que soy una de los pocos que conocen de su existencia. Me sigue pareciendo increíble como ese lugar que pensaba que era imaginario, es real. Le agradezco a la teletransportación por el regalo. Doy dos sorbos y recupero la calma. Amarilla, y salada, el agua más pura del planeta.

El calor no es capaz de atravesar la atmósfera, el efecto invernadero se está agravando. Dicen los expertos que en unos años más estaremos en la misma situación que Venus hace mil años atrás. Me parece imposible de pensar, si bien algunas cosas han cambiado en este tiempo no puedo concebir que ese vaya a ser el destino de mi amado planeta. Vuelve a mi cabeza el pensamiento de tomar como opción vivir en lo que, desde afuera, parece un maravilloso paraíso. Tengo amigos viviendo allá, y si bien adaptarse al idioma y al cambio espacial es todo un desafío me motiva el hecho de pensar en poder reposar en una pradera verde o poder subir a un cerro nevado. Parece absolutamente de ciencia ficción cuando me cuentan sobre cómo es la vida allá. Parecen escenas sacadas de una película.

Mi miedo más grande no son las 30 horas de vuelo. Es el no poder adaptarme al futuro. Marte está adelantado cien años, y en diez años del tiempo en la Tierra lo estará doscientos. No sé si pueda vivir con la carga de perderme años de mi vida solo por el hecho de no poder convivir con la realidad que vivo, o de no poder vivir la realidad con la que convivo. Decido dejar de pensar en eso, para avanzar. Subo por el lateral de la montaña más alta del mundo, de este mundo. Llego a la cima, casi no veo alrededor ya que las nubes son densas y oscuras por la acumulación de gases en la atmósfera. Trato de hacer foco para ver, algo se mueve a lo lejos. Quedo en shock. Vuelvo a mirar. No puedo creer lo que estoy viendo. ¿Cómo puede ser posible?, ¿acaso no se habían extinguido luego de la pandemia que comenzó en 2019? Creo que es una alucinación, o un holograma de alguien que se está divirtiendo.

Me acerco lentamente, trato de tocarla para ver si es real, ¿está viva? Parece que respira, pero muy entrecortado. Está muriendo. Emito una señal de alarma, y llegan todos los del cuerpo de rescate al segundo. Es el hallazgo más increíble de los últimos cuatrocientos noventa y nueve años. Es el último espécimen de ser humano vivo en la Tierra. Es mi pasaporte a Marte.

–¿La conoces? ¿Quieres ir con ella? La llevaremos a Marte para mantenerla con vida. Allá podrá sobrevivir– me dice uno del cuerpo de rescate.

La miro, está muriendo, pero sobrevivirá. Entiendo, al mirarla, que no necesitamos señales para saber qué decisión tomar cuando el corazón late fuerte. La abrazo con mis tentáculos, bien fuerte, y la subo a la nave espacial.