Pensé en correr hacia ella.
Pero me contuve.
Bien sabía que nuestros destinos
tendrían que proseguir sin encontrarse, hasta la muerte.(Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sábato)
El sueño en tus ojos es suficiente.
Déjame estar ahí, déjame quedarme ahí un rato.(All Through the Night, Cindy Lauper –Jules Shear–)
Poli se ha largado a la calle de prepo. Ya ni tiene la obligación, menos el derecho, de avisar. Eso no importa. Constanza no quiere verlo, así se lo ha dicho, pero eso tampoco importa. Él no ha podido dormir de tanto pensarla; tiene que verla ya. Así de contradictorias son las reglas de la atracción. Los mandatos del deseo no dan opción a elegir. Y eso es lo único que importa.
Es temprano y hace frío. Siempre es así cuando arrecia la angustia. Pero Poli va, montado en su bicicleta, hecho resuellos y nudos de garganta. Ni mira la hora, supone serán las 6.00 cuando llega a la pensión estudiantil. La mano helada manotea el celular. Poli llama, no a Constanza, a otra chica del albergue:
—Abrime, por favor —ruega casi—. Es una urgencia. Ahora te explico.
Pasa un instante congelado. Entre bostezos de fastidio, es esa otra chica quien le abre la puerta principal. Es Sofía, una amiga en común. Las explicaciones no se las pide: ella los conoce bien, a los dos, y no espera entrometerse. Antes, seguro lo hacía, ahora ya no. Está harta. De los dos. Yo no te abrí, le recalca por las dudas. Vos no me viste. Y desaparece como si nunca hubiera aparecido.
En tanto Poli se deshace de su bicicleta y se manda escaleras y pasillo arriba, intuye que la complicidad de esa amiga ya no será necesaria. Porque Poli sabe, algunas cosas aún sabe, que a Constanza, a su piecita, no la asegura ninguna llave, ninguna traba. Es sencillo entonces plantarse de cara al 4° D, doblegar el picaporte y escurrirse lento hasta la cama. Poli está dentro y como sonámbulo se arrima a ella, a su sueño pesado y lejano de esta realidad que los está separando. Como también a los seres inconscientes los separa el sueño y la vigilia. Pero Poli ya está ahí, en el precipicio del contacto.
—Constanza, mi amor —susurra al tenerla tan cerca.
Se estremece como si fuera él quien estuviera destapado: como de costumbre, Constanza ha acondicionado el aire en muy tibio y duerme boca abajo, las colchas sin taparla, hechas un bollo a sus pies, y solo una escasa braguita de Sailor Moon, que él conoce, la protege de la completa desnudez. Esa lujuria entre tierna e insolente que no se puede dejar de desear. Poli la recorre de arriba abajo, la paladea en sus recuerdos. Y es tan candente el momento que tiene miedo de decir su nombre por última vez.
—Constanza...
La chica no acude al llamado, continúa en sus honduras más inaccesibles. Ahogado por la incomodidad del que se siente ajeno, Poli se muerde la lengua afuera. Te conozco, nene, le decía ella cuando le pillaba el gesto. Cuando hacés eso es porque algo me vas a decir. Y luego, un beso lo acomodaba todo su en lugar. Pero ahora Poli ya no tiene el derecho, menos la obligación, de despertarla con un beso en la boca. Y eso le duele más que su lengua mordida, que sus manos hechas puño, que su fría desesperación. De pronto, quisiera salirse, correrse lejos, olvidar. Sin embargo, se le para al lado, muy cerca, y apunta el brazo al hombro desnudo. La mano se abre, los dedos se estiran, los ojos tiemblan. La voz es un triste eco que repite la semipenumbra.
—Constanza…
El contacto, ahora sí, la sacude, la asusta, la impulsa a sentarse como resorte. Reteniendo un grito, Constanza abre la mirada, descubre a Poli. Y ya no hay dónde esconderse. La mirada de piedra preciosa lo cataliza, lo enmaraña en los nudos que tensan el alma de una mujer dolida. Y es como ser absorbido por una profundidad.
Dejame creer que lo notaste, Constanza. Que no estamos en este albergue, no estamos en Corrientes, ni siquiera estamos cerca la una del otro: yo estoy acá y vos estás allá. No sé si estoy en tu sueño o en tu vigilia, pero creo que ya es igual. Vine para no perderte y te veo que estás muy lejos, casi imperceptible es tu lugar, tan lejos de mí. Mi intención es alcanzarte, pero la distancia se encamina cuesta arriba, sin la ayuda de peldaños o puentes colgantes. Estoy cansado, el esfuerzo me dobla tanto como el rumor de tus pasos al alejarse precipitados. Yo no alcanzo a verte –hay mucha niebla– y te hablo, tal vez para no perderte la huella. Pero al hacerlo, al hablarte, vos más lejos estás.
—¿Qué? ¿Qué decís? —te escucho preguntarme en un atisbo—. ¿Qué decís, mi amor? No te entiendo nada.
Y yo no te veo. Me llamaste Mi amor y por eso sé que me quisiste alguna vez. Pero ya no te veo. Aunque te imagino alzando el rostro para llamarme a hebras de voz, como buscando acomodar mi nombre junto al tuyo una vez más.
Imagino tu esfuerzo, mi amor, y me conmueve tanto.
Por eso yo te hablo más. A crudo alarido, te hablo. Y te repito lo ya dicho. Y hasta corro a tu lado en un intento de amplificarme. Pero a cada oración, a cada paso, vos te me vas alejando peor. Enseguida, te me convertís en noche. Y también, en inevitable tornado. Como en una cortina de lluvia, por rachas se me cierra la mirada y apenas si te presiento a ramalazos. Y al divisarte allá tan diminuta, tan ya de lejos, me doy cuenta de que ese camino me borra tus mapas.
Y perdido de ayudas y de rastros, a mí se me olvida cómo llegar a vos.
Al instante, ya te extraño. Y me pregunto, envuelto en derrota: ¿Recordarás ahora, mi amor, cómo era esa promesa de encontrarnos juntos al llegar al final? Y me solazo, o lo intento, en el inútil recuerdo. Porque, a pesar de todo, de todos, yo a veces te recuerdo aún. Como haría para olvidarte. Si vos, mi amor, eras una ciudad de techos blancos, donde crispaban todas las lluvias y se encendían todos los soles.
Y yo me sentía cómodo y reconfortado al esperar por vos.
Lo hago, todavía.
Pero si alguna vez vos regresaste a decirme algo, ya no lo supe. No lo sabré. No puedo saberlo. Porque desde hace mucho que te me volviste otro tiempo. Como un pueblo desconocido que se me arraigó en la baldía memoria. Pero que regresa cada vez que la dejo hablar.
Cuando Constanza lo mira, Poli se aleja. Y cuando Constanza habla, es como volver.
—¡Qué mierda hacés acá, Poli! ¡La puta que te parió!
Después de la ingrata sorpresa, del insulto en grito, Constanza voltea. La envuelve un nervioso silencio. Una rabia quieta. Un deseo de no verle la cara nunca más. Su actitud es una furia que retrae las sábanas a sus pies. Poli la observa de espaldas, desnuda. De pronto, todo en ella es hermoso. El amado tatuaje de la nuca, los bultitos de su columna vertebral, la cima de sus nalgas al viento, el calor que le recuerda de siempre, desde que la conoció. Siempre pasando de un estado al otro, Constanza. Hace un instante fuiste un estruendo privado. Ahora sos una muñeca de carne inmóvil, como dormida. Pero que habla, cortante, mirando a la pared.
—Andate, Poli.
Algo en ese pedido mudo le confiere al cuarto un rumor difuso, como de canción original que, sin embargo, ya ha sido escuchada. Muchas veces. Muchas. Y repite otra vez.
—Andate...
Polilla no se va, pero ya la extraña. La rebeldía de su piel se le revela, se le ofrece en forma de obsequio tierno y a la vez infame. Con calma temerosa, se sienta en la cama, muy cerca, la quiere volver a tocar. Una vez más. Una más, por favor. Ante el breve roce de dedos, el hombro se le retrae. El pelo se le vuelve una máscara que le niega el dilema de su mirada oscura. El cuerpo, los brazos, las piernas se le acurrucan, toda ella a la defensiva, convertida de pronto en algo parecido a un trozo de abstracto concreto.
—Andate, te digo.
El muchacho resiste la orden. Murmura algo, acaso un principio de queja, que ni él consigue entender. Opta por un silencio pegajoso, inquisidor. Un gemido apagado —como de llanto escondido— le corrobora la inutilidad de los actos, casi una firma, la misma de siempre, que viene a sellar una circunstancia irreversible.
—Andate, Poli. ¡Andate de una puta vez!
Poli empieza a rendirse. Se levanta, entre muecas de angustia. Se va alejado lento, a pasos torpes. Pero se planta en la puerta y espera. No sabe por qué. Espera algo, una señal, un llamado, un plap plap de pies descalzos. Pero nada pasa, como nunca pasa nada. Y piensa Poli que esta vez, como tantas otras veces, esta vez nada más sucederá.
—Me voy, Constanza.
Es otra de sus despedidas infinitas, sin número. Pero algo le advierte que, esta vez, puede ser la última. Por una cuestión de fe simbólica, de ruedas de fortuna o de números cabalísticos. Y de eso se trata siempre. De un presentimiento devastador que le asegura la incertidumbre. ¿Y yo qué puedo hacer? Polilla abre la puerta, respira vacío y, sin quererlo, se va.
—Ojalá te vuelva a ver.
Siguiendo un impulso definitivo, se arroja al pasillo. Un frío terminante lo pone a tambalear. Se siente mal. Salir a las galerías es como entrar a un laberinto tenebroso. Las paredes, los mosaicos, el techo raso se mueven todos ante sus pasos. Lo van escoltando, lo abuchean, le gritan verdades difíciles de esquivar.
«La perdiste, Poli, sos un desastre. Es el final.»
Ahora Poli quisiera volver. Pero algo le empuja más lejos. ¿Qué es ese impulso? ¿Quién dijo que las cosas que terminan deben cerrarse así? ¿Quién inventó la agonía de las despedidas? Polilla desearía volver. Pero ya no existe eso del retroceso. Tampoco hay una voz, la de Constanza, que lo detenga. Ella es un cuarto quieto, un cuerpo mimetizado, una cama de pesadillas de la que ya nada más va a despertar. Se duerme como epílogo de libro o última canción. De esas que le sentencian: es mejor salirse, es mejor.
Poli se arroja a pedalear las calles. Serán cerca de las 6.15 cuando inicia el regreso a casa: un cuarto de hora final. Detenido en un rojo semáforo, al paso de laburantes y colectivos, recuerda mirar hacia arriba, como le enseñó su madre. «Nunca te ciegues, Poli. La respuesta está en la caricia del sol.»
Pero el cielo es una bolsa nublada que le sofoca oscuridad.















