Quizás una de las palabras que más nos atemoriza a medida que avanzamos en los años —sea la soledad.
Una presencia que, como nuestra sombra, nos acompaña en silencio y que, muchas veces, termina por oscurecerlo todo.
Históricamente, las mujeres que elegían no seguir los cánones dominantes de la vida matrimonial eran marginadas o estigmatizadas. La soltería o la viudez solían asociarse a la carencia, al fracaso y a la vulnerabilidad, más que a la independencia.
Hoy, afortunadamente, cada vez son más las mujeres que optan por una vida autónoma, alejada de esos modelos, sin sentirse disminuidas por esa decisión.
Pero ¿qué fue lo que oscureció el final de tu vida?
Te conocí luminosa, con tu sonrisa de perlas, bajo una escala, junto a la central telefónica, donde parecías controlarlo todo: las llamadas entrantes, facturación y atención al público. Nunca perdías la calma, o al menos eso parecía; solo tus rojas mejillas permeaban la tensión.
Corrías todo el día. Siempre estabas a nuestras espaldas, en silencio sepulcral, como un ángel custodio que marcaba el paso de las horas con el incesante tecleo de la máquina de escribir. Las mañanas transcurrían vertiginosas porque la mayor parte de tu trabajo debía quedar resuelta antes de mediodía. Y cuando se acercaba “esa” hora, tu nombre resonaba por todos los pisos de la oficina como una alarma de incendio. Un incendio que solo tú podías apagar.
Al final de la jornada corrías a casa con la mirada encendida para abrazar a tu pequeña hija, la niña de tus ojos. La misma que un día te dejó el alma desgarrada y la soledad velada en tu mirada.
Ese velo fue oscureciendo tu mundo, día tras día, hasta dejarte perdida, dando manotazos en la penumbra.
Sócrates decía que la soledad no era una carencia ni un aislamiento negativo, sino una herramienta fundamental para el autoconocimiento. Sin embargo, incluso aquello que es valioso necesita equilibrio. El pensamiento solitario puede volverse nuestro peor enemigo. Alejarnos por completo de los demás y dejar de confrontar nuestras ideas con otras miradas puede conducirnos al encierro y alimentar pensamientos sombríos, hasta hacernos creer que ya no existe salida alguna.
Una de sus célebres frases dice: “Hasta que no te sientas cómodo estando solo, nunca sabrás si estás eligiendo a alguien por amor o por soledad”.
¿Y quién no se ha aferrado alguna vez a quien solo quería volar? Entonces quedamos en un frío andén, con el alma traspasada de dolor. Recogemos nuestra dignidad y seguimos adelante, procurando no volver la vista atrás.
En la mitología, la soledad aparece como una condena. Calipso, hermosa e inmortal, vive confinada en una remota isla y utiliza la seducción para retener a Ulises. Sin embargo, en La Odisea, el héroe solo anhela regresar a los brazos de su fiel Penélope.
Hay soledades que socavan el corazón, ensordecen y vacían el alma. Como cuando sentimos que todos nuestros afectos están lejos y solo deseamos un abrazo que vuelva a componer nuestros pedazos.
Hoy descubro que todos sabían que estabas sola y nadie dijo nada. La alarma que tantas veces sonó para que tú nos salvaras, nadie la encendió por ti. Tampoco yo, que te recordaba con tanta gratitud y cariño. No supe demostrarlo. No me di el tiempo. No pregunté. No vi la urgencia. Simplemente callé.
¿Con cuántas confesiones abandonabas la oficina cada tarde? ¿Cuántas veces enfrentaste al jefe, quizás asumiendo culpas que no eran tuyas? Siempre fiel a tu trabajo, al compromiso con las clientas y con quienes, como tú, éramos la última voz en el capítulo.
Recuerdo cuando te conté sobre mi nuevo proyecto de vida. Tus ojos se iluminaron como dos faros de esperanza y solo dijiste:
—No te olvides de nosotras.
Mantuvimos el secreto con la complicidad de quienes saben esperar, hasta que finalmente llegó la confirmación de mi partida.
La vida siguió su curso. Los años se fueron acumulando sobre nuestros cuerpos, destiñendo cabellos, entibiando los vínculos y dejando que la distancia hiciera lo suyo.
En Cien años de soledad, la soledad aparece como sinónimo de olvido, vacío y muerte. El mítico Macondo estuvo a punto de desaparecer bajo la peste del olvido. Quizás tu niña en esas tierras fue alcanzada por ese ingrato mal y el papel donde escribió la palabra “mamá” se echó a volar hacia el cielo. ¿Fue hasta allí donde quisiste alcanzarla?
Aprendimos a quererla y la vimos crecer a través de la luz que desprendían tus ojos orgullosos cuando la mencionabas. Pero nunca percibimos el vacío enorme que te provocó su ausencia.
Te convertiste entonces en Nuestra Señora de la Soledad. Habitaste tu duelo, tu tristeza y tu silencio como la Virgen María en Sábado Santo: recluida en un espacio de purificación espiritual, apoyándote en tu fuerza interior.
Secretaria, secretaria, la que escucha, escribe y calla.
Así te marchaste: en silencio, sin previo aviso, sin mirar a nadie, como tantas veces hacías cuando terminaba tu turno en la oficina, casi invisible, procurando que nadie te detuviera para pedirte el último favor.
Y nosotras quedamos igual que entonces: sorprendidas, desesperadas, ilusas de tener el tiempo en nuestras manos.
Enrollada en las sábanas de la mañana quedó tu humanidad, aferrada para siempre al sueño. Mientras tanto, tu alma escapó por la ventana, en busca, quizá, de aquel papel donde alguna vez estuvo escrita la palabra “mamá”.















