¿Planeando las vacaciones de verano? Bien. Porque si vives con la angustia sorda de que el mundo se está desmoronando, si los titulares de guerra —Irán, Gaza, Ucrania— te persiguen hasta la toalla de la playa, no eres el primero. Ya lo resolvieron en los años cincuenta. Y con mucho más estilo. En 1951, el ejército de los Estados Unidos comenzó a detonar bombas nucleares en el desierto de Nevada, a 65 millas de Las Vegas. Cualquier otra ciudad del mundo habría evacuado; Las Vegas organizó fiestas. Nada de eso fue espontáneo: fue algo planeado, un movimiento estratégico y brillante de manipulación social. La Cámara de Comercio publicaba calendarios con las fechas exactas de las explosiones, coordinados con el ejército, para que los turistas pudieran planificar su visita con meses de antelación. Los hoteles ofrecían habitaciones con vistas panorámicas al desierto —podían ver el hongo desde la cama como quien disfruta de una marina al atardecer—. Era un negocio. Y como todo buen negocio, alguien había calculado sus beneficios.
Las "Dawn Bomb Parties" comenzaban a medianoche: se bebía, se bailaba el Atomic Cocktail —la canción compuesta apenas cuatro meses después de Hiroshima y Nagasaki, en diciembre de 1945— y al amanecer, la bomba iluminaba el cielo del desierto como un sol artificial. En las radios sonaba Atom Bomb Baby de los Five Stars: una chica radioactiva, un millón de veces más caliente que el TNT, capaz de desencadenar una reacción en cadena en el corazón. Se bailaba en todas partes. Nadie encontraba la metáfora perturbadora.
Aquella década inventó un lenguaje estético completo para el apocalipsis. El starburst —la explosión nuclear convertida en motivo decorativo— invadió cada rincón de la vida doméstica americana: los relojes del salón, el papel de la pared, el mantel de la cocina, los tejidos de los vestidos. El turquesa y el coral, colores de una alegría histérica, cubrieron neveras, coches y cocinas enteras. La arquitectura Googie —techos en forma de boomerang, neones en forma de órbita, gasolineras que parecían naves espaciales— rediseñó cada esquina de las ciudades con la promesa de que el futuro atómico era excitante, no letal. Y los cócteles: el Atomic Cocktail —vodka, brandy, champán y un chorrito de jerez— se servía en copa de martini porque si el mundo iba a acabar, que fuera con elegancia.
La industria al completo se puso al servicio del espectáculo. Los publicistas de Madison Avenue diseñaban anuncios donde familias sonrientes posaban junto a sus nuevas neveras atómicas. Walt Disney producía cortometrajes educativos que explicaban la fisión nuclear con personajes animados. Las grandes marcas —desde Chevrolet hasta Westinghouse— usaban la estética atómica para vender coches, electrodomésticos y seguros de vida. El átomo era moderno, y lo moderno era deseable.
Hasta la cosificación de la mujer fue explosiva. No hubo una sola Miss Atomic Bomb sino varias, elegidas en distintos concursos de belleza organizados por los hoteles de Las Vegas. Una bailarina del Sands Hotel llamada Anna Lee Mahoney —durante setenta años el mundo no supo su nombre— posó en 1957 con un bañador decorado con algodón en forma de hongo nuclear. Sonreía. Era una imagen perfecta: el mayor instrumento de destrucción masiva de la historia reducido a accesorio de moda.
En Las Vegas, la ganadora del concurso, Candyce King, lució un moño con forma de hongo y las mujeres lucían el cardado bouffant en forma de nube de humo suspendida sobre la cabeza.
Los niños tampoco quedaron al margen. En 1950, la empresa Gilbert Company lanzó al mercado el “Atomic Energy Lab” —un maletín rojo con el eslogan "Exciting! Safe!"— que contenía cuatro muestras reales de material radiactivo para que los niños experimentaran en casa. Los padres lo pusieron bajo el árbol de Navidad, sin rechistar. Mientras en lugar de barbacoas proliferaron los refugios antibombas bajo los jardines suburbanos. Hasta en las escuelas el ejército enseñó a los niños Duck and Cover: ante una explosión nuclear, agáchate bajo el pupitre y cúbrete la cabeza con las manos. La normalización debía aprenderse en la escuela.
En 1955, el ejército diseñó la “Operation Cue”: construyó casas suburbanas completas —con muebles, neveras, maniquíes vestidos, comida en las despensas— y las hizo volar para demostrar que la vida americana podía sobrevivir a una explosión nuclear. Las imágenes se difundieron ampliamente. Si la nevera de fórmica aguantaba, el ciudadano también aguantaría. Mientras tanto, los científicos calculaban los vientos para que la lluvia radiactiva no llegara a Las Vegas. Llegaba a Utah y al noreste de Nevada. Los ganaderos reportaban que sus animales morían con quemaduras de partículas beta. En las comunidades del desierto aparecieron cánceres de tiroides y leucemias en niños que los médicos locales nunca habían visto. Sin embargo, el Congreso americano no reconoció el daño causado hasta 1988.
Hannah Arendt, que había cubierto el juicio a Eichmann en Jerusalén apenas unos años antes, lo habría reconocido de inmediato: la normalización del mal garantizaba que nadie fuera consciente de la inmoralidad y que los ejecutores salieran con total impunidad. No todos callaron. Linus Pauling organizó una petición firmada por miles de científicos contra las pruebas. Los llamaron comunistas y detuvieron las manifestaciones.
Mientras tanto, en las piscinas del Sands y el Flamingo, las mujeres con el pelo cardado bailaban al ritmo de Atom Bomb Baby. El sol del desierto se confundía con el destello de la siguiente prueba en el horizonte.
El desierto de Nevada conserva todavía los cráteres. Más de doscientas explosiones en doce años. El complejo vacacional nunca cerró. Solo ha cambiado el nombre del desierto.
Y a la entrada, un cartel dicta: “Bienvenidos a sus vacaciones atómicas”.














