Las palabras habladas vuelan y no vuelven…
(Horacio Ramírez)
El silencio de la palabra
El pueblo dogón de Mali, sobre el río Níger, posee un complejo cultural muy elaborado, distinguiendo en su lengua mítica dos tipos de palabras: las “secas” y las “húmedas”. La palabra seca es la palabra que permanece en posesión de Amma, el Espíritu Primero, antes de crear el mundo. Es la palabra indiferenciada que no tiene conciencia de sí. Es la palabra silenciosa, la dueña de todos los silencios que invaden el vocabulario mágico. Esa palabra seca está también en el Hombre, pero el Hombre no la conoce porque es una palabra espiritual, ajena a la consciencia con un valor potencial parecido a nuestro inconsciente.
El inconsciente sería, entonces, el que habla todas las palabras secas a la vez: no tiene un sistema de palabras seleccionadas por la consciencia para conformar nuestro discurso. Mientras el lenguaje expresado está impregnado de valores simbólicos: imágenes, ideas, emociones, sonoridades, grafismas, etc., el inconsciente es un marasmo de significaciones que afectan aquí y allá a la consciencia según reglas misteriosas, y mientras esto sucede, el lenguaje consciente las toma y elabora en un lenguaje pauperizado que ignora las palabras que el inconsciente deja en silencio, aunque muchas veces aflore en el fallido: ahí está lo que queremos decir pero no decimos: palabras vestidas de represión.
Cuando la palabra seca aparece en nuestro plano de lo “real” se da el “sphota” (स्फोट), que en lengua maratí significa “explosión”, a través de una grieta gramatical por donde se cuela la verdad íntima de la palabra, más allá de cualquier variación, remitiendo a la unidad indivisible de significado (no consciente, no audible e inentendible) que emerge “explosivamente” entre hablante y oyente. Es el elemento eterno e invisible que se manifiesta a través de los sonidos (dhvani), en tanto que articulaciones perecederas y volubles de la palabra dicha. No habiendo una definición posible –porque el sphota es previo a la consciencia– se apela a la metáfora de una "explosión" de significado que ocurre cuando esa palabra emerge, permitiendo ver cómo la mente crea unidades de lenguaje con algún sentido. Mientras que los sonidos (dhvani) son variados y dependen del hablante y el contexto, el sphota es el elemento constante y universal que permanece como matriz sagrada de lo dicho. El sphota es el instante atemporal de “revelación” en el que el significado de una palabra se exhibe (irrumpiendo “explosiva”) a la mente.
Este concepto se remonta al gramático Patañjali, ampliado por el misterioso y semilegendario poeta sánscrito Bhartrihari en textos como el Vakyapadiya. Bhartrihari escribió: “Tú eres dueño de riquezas, y yo soy dueño de palabras… a ti te frecuentan los cegados por la riqueza y a mí los que desean oírme para borrar la suciedad de sus pensamientos”. La palabra condena o libera, porque atrapa y envuelve al Hombre en su caprichosa telaraña de significados.
El Hombre es siempre posterior a sus palabras. La neurología ha mostrado que la palabra proferida por la consciencia llega a ella después de haberse generado en la telaraña neuronal del cerebro. Sumidas en el silencio de la mente, la palabra es la poesía perfecta: lo que las neuronas pre-dicen sin el control de la consciencia. Y si ocurriera que nuestras palabras vertidas se hacen poesía, es porque se convierten en legisladoras y guardianas de aquello que aún conservamos de sagrado. Las palabras habladas vuelan –como decía Horacio– y no vuelven, aún cuando el poeta pueda hacerlas poesía: se harán sagradas, llenándose de silencio y volarán por caminos que el dicente nunca verá. La palabra poética es palabra de fe.
La otra orilla
La palabra digital –aislada de otras– vuela hacia el oído del otro en una alfombra mágica de señales analógicas: se habla con el sonido de la palabra en el marco del contexto que le da su significado más acabado. Por eso un mensaje de texto digital puede acompañarse con un “emoji” para que gane en significación analógica. De hecho, la palabra que, aún en su marco contextual- sólo dice (p.ej.: “Alcánzame la sal”), es la palabra todavía seca de los dogón: la palabra que no invoca lo sagrado, que no dice: la palabra que sólo habla… algo que es un poco más que un sonido. Es la respuesta de Hamlet a Polonio: “¿Qué lees mi señor?” y Hamlet responde: “Palabras… palabras… palabras…” (Acto II - Escena 2). Esa palabra vacía, en efecto, vuela y no vuelve.
Pero tenemos la poesía, donde la palabra sí parece regresar y volver con noticias acerca de lo óntico del mundo, como carga de significación extra. Y ahí tenemos la “palabra húmeda” de la tradición dogón. Es la palabra que regresa en la oración religiosa o en la invocación mágica. Es el caso del dhikr musulmán: ذِكْر, palabra que significa "recuerdo" o "mención". Una práctica espiritual fundamental que consiste en la remembranza constante de Allah mediante palabras, frases, súplicas o estados de meditación y cuyo objetivo es mantener lo más viva posible la conexión con Dios, purificando el corazón y cultivando la conciencia divina aún en la vida diaria. Puede expresarse en forma verbal, con frases como "Subḥānallāh" (“Gloria a Allah”) o el más conocido "Allāhu Akbar" (“Allah es el más grande”).
El dhikr es la oración que busca mantener viva la imagen de Allah en el espíritu. También puede haber un dhikr silencioso conformado por reflexiones acerca de las propiedades y virtudes de Allah. Las palabras del Corán invitan a administrar estas palabras: “Y recuerda el nombre de tu Señor por la mañana y al anochecer" –Surah Al-Insan 76:25–. Tras el salat (las cinco oraciones rituales) pueden pronunciarse palabras de súplica; puede tratarse de un dhikr colectivo, como entre los sufíes, o íntimo y silencioso en caso de angustia, estrés, antes de irse a dormir, etc. Finalmente, recordemos que, según predicó Muhammad, el dhikr es "la mejor de las obras" (Sahih Bukhari) y que aquellos que olvidan el dhikr caen en manos de Satán… Palabras salvadoras, en pocas palabras.
La palabra sánscrita japa (de jap: murmullo) refiere a la repetición de un mantra determinado. La palabra mantra misma, en su etimología, explica su sentido: mans –mente– y tra –liberación–. Puede tratarse de palabras aisladas o frases. Lo ideal es repetirla 108 veces, ayudándose de un mala: el “rosario” hindú, una herramienta mnémica hecha con semillas de rudraksha –Elaeocarpus ganitrus–, que tomó luego el musulmán –el tasbih para contar los dhikr– y que, finalmente, retoma el catolicismo con el rosario, para contar las oraciones. El japa, es la comunicación del ser con la divinidad, como símbolo hecho de palabras, acercándose al Logos griego. El japa es un instrumento de la inteligencia y de la actividad o voluntad divina en el acto de la creación. "Om mani padme hum" es uno de los mantras más conocidos del budismo. Aparece en las prácticas de escuelas como Gelug (la orden del Dalái Lama); Kagyu, Nyingma y Sakya (las cuatro principales escuelas tibetanas).
Una variante del japa aparece en la religión católica: la repetición mística de palabras. Por ejemplo, las palabras del "Kyrie eleison" (“Señor, ten piedad”) se repiten en misas, creando un efecto de trance similar al uso de mantras. En monasterios, el Oficio Divino incluye salmos recitados cíclicamente, como en la recitación védica. Otro ejemplo lo tenemos en la “Novena de la Inmaculada Concepción”: 9 días de oraciones repetidas como devoción católica centrada en María, madre de Jesús, bajo el dogma de haber concebido sin pecado. Se realiza tradicionalmente del 29 de noviembre al 7 de diciembre, culminando el 8 de diciembre, día de fiesta litúrgica. Con sus variantes, estas palabras repetidas reflejan la estructura temporal del japa mala (las 108 repeticiones), aunque con un enfoque más petitorio que meditativo.
La “palabra húmeda” de los dogón es transmitida en ceremonias secretas y contiene vibraciones sonoras que, según la tradición, activan fuerzas cósmicas en corazón y mente. Se asocia al rocío, a la saliva y a los fluidos corporales como vehículos de poder espiritual. La palabra bajo estas condiciones, germina como principio en un huevo cósmico. La palabra audible es la palabra macho que penetra por el oído –lo femenino del cuerpo–, para descender y enrollarse alrededor de la matriz, fecundando el germen y generando el embrión. De este modo, la palabra húmeda es solar, descendiendo sobre la tierra como lluvia espiral de luz y dando lugar a una metáfora del sol bajo tierra en las rocas con cobre rojo o nativo (cobre químicamente elemental). La palabra húmeda, su luz lluviosa, descendiendo en su “arca luminosa” como espiral serpentina, son formas de acceder a la magia de la palabra dicha que cae en manos de los Nommo y que a través de sus primeros hijos, andróginos y anfibios, ordenan el cosmos tras haber permanecido como “palabra seca” con Amma.
Vecinos de los dogón, están los bambara (al sur de Malí –regiones de Ségou, Sikasso, Bamako–). Para ellos, la totalidad de los conocimientos místicos se contiene en el esquema simbólico de los veintidós primeros números. El Uno, la unicidad primera, es la cifra del Amo de la Palabra, y la propia palabra es la que designa jefes, derechos de primogenitura, etc. Desde este principio, esa palabra es símbolo de cabeza y consciencia, reteniendo la palabra cósmica original como incuestionable. En otro contexto, este esquema recuerda al filósofo, místico y teólogo alemán Jacob Boeheme –esoterista cristiano, precursor del idealismo alemán–, para quien el Verbo o Logos es la palabra de Dios expresada en tanto que “movimiento o vida de la divinidad”, donde residen “todas las lenguas, las fuerzas, los colores y las virtudes del espíritu”. En este mismo marco, la palabra fecundante de un “verbo” portador del germen de la Creación –instalado en su amanecer–, es la primera manifestación divina, antes aún de que algo haya tomado forma.
Esta idea cosmogónica, que vimos entre los dogón y los bambara, reaparece entre los guaraníes del Paraguay, sur del Brasil y noreste de la Argentina, para quienes la divinidad crea primero el lenguaje, donde la palabra es el paso previo antes de materializar el mundo con el sol, neblinas vivificantes y culminando con “la primera tierra”. Esta asociación “palabra-principio vital inmortal” es común en América del Sur, particularmente en las creencias de los taulipang, tribu de la amazonía, para quienes el Hombre tiene cinco almas, de las que sólo una alcanza el otro mundo después de la muerte, como dueña de las palabras, abandonando ocasionalmente el mundo de los muertos y usándolas entre los vivos cuando sueñan.
Entre los canaca de Nueva Caledonia, y según Maurice Leenhardt “la palabra es un acto” en tanto que acción inicial de lo real profundo –el mundo más allá de las apariencias–. De este principio deviene –según Leenhardt– la potencia destructiva de la maldición, muchas veces considerada como el “arma absoluta”, no por la fuerza del que maldice –pues el Hombre es la suma debilidad– sino porque esa palabra es la palabra del dios invocado, que es capaz de cortar el flujo de vida de la persona maldita.
En la tradición bíblica, el Antiguo Testamento plantea la cuestión de la palabra de Dios y de la Sabiduría existiendo antes que el propio mundo, encriptada en Dios y que, cuando es manifestada lo crea todo para goce, dolor o desafío del Hombre. Es enviada sobre la Tierra para que se revelen los secretos de la voluntad divina. Asimismo, para San Juan, el Verbo (el Logos) estaba en Dios preexistiendo a la Creación y llegando al mundo, enviado por el Padre. El Verbo cumple una única misión: transmitirnos un mensaje de salvación contra la angustia existencial de la indiferencia del Universo. Según su perspectiva, es gracias al hecho de que la palabra se hizo carne, que se destaca el carácter personal de esta Palabra como una Sabiduría subsistente y eterna.
En el pensamiento griego, la palabra, el Logos, ha significado la palabra en sus tres niveles: el propio, el de la frase y el del discurso, y también la fuerza de la Razón y la Inteligencia que, tras la idea y el sentido profundo de un ser, constituyen el pensamiento divino. Para los estoicos, la palabra era la razón inmanente en el orden del mundo: la palabra ya dicha, ciertamente, “ya no regresará” por lo que el sufrir no tiene sentido.
Cualesquiera que fueren las creencias y los dogmas, la palabra simboliza en general la manifestación de una inteligencia trascendente a través del lenguaje que puede elevarnos hasta lo divinal o hundirnos en el infierno. Tal inteligencia está presente en la Naturaleza de todos los seres y en la Creación continua del Universo siendo la Luz Inicial del ser y la Verdad Última (el alfa y la omega). Esta interpretación general y simbólica no excluye para nada una fe precisa en la realidad divina de la palabra como herramienta del Verbo, tanto del divino como del encarnado. El pseudo Dionisia Areopagita sentó las bases de esta síntesis en un pasaje de su tratado sobre los Nombres Divinos: “Sólo el Verbo superesencial asume para nosotros nuestra propia substancia de modo entero y verdadero; por su acción como por su pasión, él solo, propia y singularmente, asume la totalidad de la operación humano-divina...”.
Caos y Cosmos
Dijo Wittgenstein:"Hay sólo dos dioses: el mundo y mi yo". Mi yo es mi sensación de independencia respecto del mundo; es mi conciencia, subjetividad vivida creciendo desde los recuerdos, emociones, sentimientos: las ideas que organizan mi universo cognitivo. Y desde su cueva –el cuerpo– el yo contempla un campo de conocimiento como un horizonte. 'Horizonte' viene del griego orizein, que significa delimitar, demarcar. En su reducto psíquico, el yo reflexiona, ama, odia, recuerda, actúa, decide, y a cada una de estas acciones, el yo las vive como enfrentándose ante un horizonte siempre cambiante. Así, el mundo es el cambio, la transformación impredecible, además de ser un recordatorio de su camino hacia el final de la existencia.
Ante el caleidoscopio del mundo al que siente que lo rodea, muchas veces sorprendiéndolo y determinando sus respuestas, el yo cuenta con una sola herramienta de trabajo, una sola matriz que lo condiciona en su bagaje cognitivo: el Logos. Ya el Enuma elish refiere acerca de un caos acuático anterior al orden cósmico, caracterizado por la ausencia de los nombres, en tanto que caso especial de la palabra: un Logos acadio: "Cuando al cielo arriba no se le había puesto nombre, ni el nombre de la tierra firme abajo se había pensado... cuando ningún dios había aparecido ni nada había sido nombrado con nombre…".
Heráclito definía el Logos como un principio rector del Cosmos: origen de todo orden, causa efectiva del conocimiento tal como lo percibimos racionalmente y origen de toda norma y parámetro. Este modelo ha decantado en diferentes relatos y concepciones míticas acerca del origen del Universo, oponiéndose, en general, contra un Caos. Entre los griegos, onoma (nombre, palabra) se relacionaba con la palabra nomos como organización verdadera, fundamento y disposición de lo real en el Cosmos. Todas las cosas y todas las acciones en el universo obedecían a una lógica propia de la naturaleza, esto es, a un nomos.
Ahora bien: su antagonista es el Caos: abismo oscuro, palabra que deriva del griego Khaos: nombre de una divinidad sin culto ni personalidad definida… aunque sí se sabe que de él nacieron Erebo, la oscuridad misteriosa, ajena a la luz del conocimiento humano, y Nyx, la expresión de Erebo: la Noche. Pero es interesante saber que el nombre del Caos viene de la raíz indoeuropea gheu, que significa “bostezo”; dicho de otra forma, la boca, o transmite la palabra que refleja el orden del Cosmos o es un abismo tenebroso: una boca abierta que no dice palabra… como si bostezara. La palabra será, entonces, el vehículo por el que se constata el orden del pensamiento y moral de la persona. Reparemos en aquel ángel que recrimina a las mujeres cercanas al Cristo, el buscar entre los muertos al que vive: buscar el Verbo (la palabra) en una tumba –boca– vacía.
Tres palabras
Camino, Laberinto y Naufragio. Sobre estas tres palabras simbólicas descansa gran parte de la dinámica de nuestra poética occidental. Tres metáforas que hablan de tres formas de alejarse, donde sólo el regreso nos puede curar del irnos y del perdernos: de volar y no volver… Pero es un remedio doloroso por imposible: la nostalgia combina el anhelo del regreso con el dolor por la fatal imposibilidad que nos marca la asimetría del tiempo, que hace que las emociones, que son las que inician los movimientos (las “mociones”), coincidan, en estado poético, con la quietud. Desde el “Canta, oh, Musa, la ira del pelida Aquiles…” al comienzo de la Ilíada, hasta la muerte de los pretendientes en la Odisea, vemos cómo la emoción se rinde ante el “nostos”, simple palabra de donde viene “nostalgia” (el regreso a casa) en aquel modélico viaje de regreso de Eneas y el ritmo cósmico pulsátil –ser y no ser– de Penélope y su tejido, transformando la emoción movilizadora en un sentir aquietante: con el regreso de Eneas y de Odiseo, se logra, simbólicamente, que la palabra regrese y deje de ser una “palabra perdida”.
Ante lo exterior impredecible, la palabra que se va y no vuelve contiene en sí la deriva impredecible del entorno: es quizá por eso que una derrota es tanto un fracaso como un viaje naval sin rumbo conocido… la palabra se fue por el océano de la mente hasta terminar en su –y nuestro– naufragio…
Leemos a Vicente Huidobro: la palabra es como "el último horizonte de las cosas" que sólo los poetas vislumbran; un lugar donde “el lenguaje se convierte en ceremonial de conjuro". Y vuelve Wittgenstein: la realidad tiene el tamaño de mi vocabulario, y el mundo que enfrenta al yo es también la vida de cada uno, acercando mundo y vida como una sola y misma cosa: coincidiendo en cada conciencia humana por medio de la palabra individual: "Estoy tentado a decir que sólo mi propia existencia es real", insiste Wittgenstein a favor del yo dueño de la palabra: yo soy mis palabras: un derrotero hacia naufragios por caminos que se vuelven laberintos.
Mis límites son mi silueta recortada sobre un papel vacío esperando por ese “conjuro” de Huidobro en que se resume el poema de nuestra vida: desde la primera palabra del niño hasta la última del moribundo. De hecho, la piel entre el yo y el mundo está hecha de palabras: el camino, el laberinto y el naufragio unen lo íntimo y lo que me rodea resignificándose con mis palabras. Son esas palabras, al mismo tiempo, un yo y un nosotros: mis tres palabras, tus tres palabras, nuestras palabras. Lo colectivo será convención y lo relativo al yo será el laboratorio de palabras donde surge el nosotros cultural, la historia de pueblos que comunican sus contenidos ligando consciencias, venciendo al extravío. Por la palabra, el yo libre dialoga con el otro y lo otro.
Nuestros horizontes, lector –en este mágico momento–, se acercan en este texto: los caminos laberínticos nos llevan a ser Viernes y Crusoe. Nos volvemos posibles: coincidiendo o discrepando… pero siempre creciendo. La palabra es ahora la nueva dimensión de la materia viva: ya no se trata solamente de la autoduplicación del ADN sino de la trascendencia de nuestra intimidad espiritual.
La palabra perdida
En griego, Soma es cuerpo y Sema es tumba. Tal acercamiento refleja la vida indómita de la palabra: el cuerpo se ve como sepulcro y morada del alma y las palabras juegan con esa crueldad imbatible. Frente al límite del cuerpo, en cambio, la palabra se vuelve libertad: una fuerza inasible de las ideas que dejarán atrás lo material.
Escribí en un poema hacia una mujer imaginaria: “Di mi nombre y tendrás mi alma…”. Hay poder en la palabra y especialmente en los nombres propios. Un poder secreto entre el referente y su palabra, y más aún si esa palabra es un nombre: "¿Qué poder tienen para nosotros los nombres?" se preguntó Platón en el Cratilo, y se responde: "…quien sabe los nombres sabe las cosas". Aunque luego –en el propio Cratilo– parece alejarse de tal idea, nos queda una especie de permanente fe en el poder mágico de la palabra, ya sea investigándola filológicamente o manejándola filosóficamente… pero donde sentimos más enérgicamente su empuje mágico es en la poesía. Estudiar etimologías expone la vida que sigue la palabra tras su misteriosa historia estética. El filósofo busca controlarlas hallando las fuerzas y leyes que las reúne en pensamientos, mientras que el poeta no las busca sino en sus trayectorias: no quiere controlarlas, quiere verlas volar en esa atmósfera de verdad trascendente que le son propias y donde yace nuestra identidad más humana.
La poesía se nutre de las mismas ambigüedades que acosan a la vida sin dar nunca una respuesta única: no es la cosa de Platón: hace aparecer cosas para poder destruirlas en una incontenible corriente volátil de significados. Y así como Wittgenstein encontraba el “nosotros” en el perfil del yo a través de la palabra, el poema es el alambique donde se macera la alquimia mixta del Hombre y su época. La palabra poética nos reconcilia con el silencio de nuestros cuerpos en un Universo indiferente. Vida y poesía serán a través de la palabra, una sola cosa: una palabra sin nombre porque se ha perdido. Entre los occidentales el misterio de la poderosa Palabra Perdida nos ha llegado de manos hebreas a través de la Torah y el Tanaj, pero sus ecos resuenan tanto en las palabras del Evangelio como en las del Corán o del Ginza Rabba (“El gran tesoro”) de la religión mandeísta.
Vida y poesía serán, así, la “palabra perdida”: aquella palabra inicial que tras decirse en el Edén, se espantó ante la caída de Adán y Eva y voló para nunca más regresar. La unidad oceánica de la mente inicial se partió en dos. Nosotros nos quedamos en la orilla de las palabras dialogadas que sustituyen el monólogo absoluto del Edén. Es la eterna “palabra seca” de los dogón…
La palabra perdida es trascendental en la Masonería (en tanto que “reconstrucción mística” no verbal del nombre del “Gran Arquitecto”). También en la Cábala (lo vimos en otro artículo1), se alude al nombre secreto de Dios como la energía divina (el shekinah) fragmentada tras la "rotura de los vasos" (Tzimtzum): el shekinah rompe los vasos del Árbol Sefirótico desde el sefirah Kéter (“corona”), en íntimo contacto con la expresión de la Creación, hasta la sefirah Malkuth, del Hombre de carne y hueso… y sangre… sangre que, una vez derramada, no retorna: la del Cristo como Verbo perdido en su sangre que nunca habrá de volver.
Es conocido asimismo como Shem HaMephorash: el "nombre oculto de Dios" de 72 tríadas de letras, formando nombres angélicos que según la tradición, otorgan poder sobre lo divino. En el árbol Sefirótico está presente en la sefirá invisible Da’at (“conocimiento”) como nombre “invisible” uniendo lo humano con lo trascendental. Es la Fama Fraternitatis de los rosacrucianos: el manifiesto rosacruz del siglo XVII que menciona un "nombre secreto perdido" para acceder a la Bibliotheca Mundi o “archivo cósmico”. En el sistema esotérico de Aleister Crowley, la palabra perdida se equipara al verdadero nombre del Yo Superior (Hadit). También la encontramos en la Mesa Redonda que esperaba inútilmente en Camelot, el Santo Grial conteniendo la sangre de la palabra…
Como sea, la Palabra Perdida es el misterio de todos los misterios, es el punto adimensional que fecundó los océanos informes de antiguos mitos. Fue la primera estrella de la eternidad. Su extravío nos hundió en la oscuridad, y su secreto inexpugnable invade todas las tradiciones. Es el Secreto Absoluto de la Historia Sagrada que no se escribe en los textos. En el Evangelio según San Juan, traducido por revelación por Joseph Smith Jr., se lee:
En el principio fue predicado el evangelio por medio del Hijo. Y el evangelio era el verbo, y el verbo estaba con el Hijo, y el Hijo estaba con Dios, y el Hijo era de Dios. Este estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba el evangelio, y el evangelio era la vida, y la vida era la luz de los Hombres. Y la luz resplandece en el mundo, y el mundo no la percibe…
…es que el Verbo ha volado y ya no vuelve.
En esta versión se entiende a la Creación como resultado de la prédica de Dios: palabras que crean, mientras que el Hombre sólo puede hacerlo a través del decir pero sabiendo que ha perdido la palabra divina. Ahí se ve al Verbo –en tanto que Logos griego en la herejía judaica fundacional del cristianismo– de qué modo la palabra es la actividad misma de Dios entre los Hombres. La palabra fue un hombre que cargó con todos los silencios de la Humanidad. Su misión fue recordarnos la pérdida de la palabra desde el Edén y ritualizarla en la Pasión. Nuestras palabras suplen la palabra perdida, y reconocerlo es respetar el silencio que esa palabra perdida ha dejado en nuestros espíritus. A su vez, reconocerla ausente de nuestras vidas, es sacralizar el riesgo de existir, de abandonar la caverna de la boca para aventurarse a caminar sobre el agua. Aventurarse a decir y no dedicarse únicamente a hablar… como abriendo la boca sólo para bostezar. Dejamos el océano de la Palabra Absoluta y nos quedamos en la orilla de la palabra perdida…
Escribí:
En el otro labio de la palabra.
Y en el otro labio de la palabra
soñé el rudo perfume del romero,
la anaranjada profecía del sol
y la inquieta simpleza del agua.Y nunca desperté... y me hice poeta
para que vaya a ti mi voz,
palabra de tu nombre
para que se enramen nuestras manos,
como jugando a vivir y a morir
bajo la fresca y perpleja sombra del fresno.Y amanece o anochece (es lo mismo)
para la blanca rosa que sueño:
de pétalos sus sombras blancas
de perfumes, su blanco calor de enero.¡Tanto te amaré
que me trocaré en palabras
para que por ellas vuelvan
todos los ocasos al recordarte..!
...en oleajes de silencio
y tristezas derramadas...A mí también me tentó
el viento frío del abismo
cuando me supo a sal
el otro labio de la palabra…
Notas
1 Pueden consultar nuestro artículo Luz y sombra: metáforas de la materia.















