Mientras sonaba la canción "La mujer de bandera":
Yo era un enano y tú tan alta
Ni siquiera me hablaste
Me diste un golpe de karate
Y yo quedé tendido allí
Todas tus amigas se reían de mí
Me daban patadas y me escupían, sí, sí.
Recordé esos alucinantes años en el colegio. Una mujer de ondulados castaños y robusta fisionomía me dio vuelta la cabeza. Pero primero vamos a ponernos en contexto.
Miguelito no era un muchacho muy agraciado; más bien bajo, con notables marcas de acné, se colaba entre los demás muchachos sin despuntar. Transcurridos los primeros años de su bachillerato, encontró una mañana en el salón de música la fascinación de un ángel. El agraciado profesor, guitarra en mano, cantaba "Mi historia entre tus dedos", mientras que mis compañeras y compañeros por igual se veían reflejados en el brillo de los ojos del docente. Pero volviendo al caso del ángel —y creo que aquí estoy mezclando dos—, el profe solicitó un canto a capela a cada uno de los estudiantes.
Propios y extraños del canto se dieron mañas para salir de su ya conocida timidez para darle vuelo al sonido de las cuerdas vocales. El ejercicio (muy difícil, por cierto) encontró al citado angelito, o Laura o Gina, cantando "Como yo nadie te ha amado".
Entonces Miguelito descubrió esa abrumadora sensación de admiración y sorpresa al ver y escuchar a ese ser que, con falda a cuadros y saco de hilo color burdeos, se mecía de derecha a izquierda con las manos entrelazadas en la espalda mientras dejaba su voz retumbar.
Sin embargo, estimados lectores, no era ese angelito el del ya lejano recuerdo. Era el otro angelito, el del cabello ondulado, castaño claro que, sabiéndose muy celestial, se permitía flotar en el salón de clases como Remedios la bella esperando elevarse al cielo. Este ser tenía como costumbre, en días lluviosos, encontrarse con sus amigas en el canto a gritos de la, en ese entonces, pastosa "No dejes que..." caifanera.
Por aquello de las sensaciones de este preadolescente, Miguelito nunca supo ni pudo —porque ganas no le faltaron— hablar de sus sentimientos con aquella mujer de bandera. Y es que ni con ella ni con ninguna; su tímida estupidez no le permitía salir del estupor de los años.
Escondido como rata en los rincones, Miguelito dejó crecer el mito y ella nunca supo de su existencia. Entre noviazgos con estudiantes de otros cursos se fue su estancia en el colegio y, con ella, mis ilusiones de conquistar a ese elevado ser. Muchos incidentes ocurrieron en este intríngulis hormonal, por lo menos para nuestro Miguelito.
El comedor de la institución educativa era un vasto lugar lleno de mesas y una barra metálica en la cual se recogían los alimentos. El proceso del almuerzo consistía en cuatro simples pasos:
Encontrar con quién almorzar: Parecería el más sencillo, pero si tu amigo no asistía ese día podría ser una tragedia.
Hacer la fila: Procedimiento que podría parecer en ocasiones peligroso, teniendo en cuenta que posibles enemigos de otros cursos podían estar delante tuyo o atrás. En este trayecto de fila, antes de entrar al comedor, se podían presentar altercados simples pero de alta tensión, como golpes disimulados en los brazos o en la cabeza (denominado "calvazo"), incluso entre compañeros de curso.
Ingresar y tomar los alimentos: Mucho tenía que ver con quién pasabas, porque ese alguien podía no querer algo y, por supuesto, tú podrías ser el feliz merecedor. Por otra parte, corría la voz de que los alumnos de 11 grado habían hecho pipí en los vasos amarillos; esos no eran seleccionados por nadie, así que si llegabas a pasar tarde, tomar en un vaso meado podía ocurrir muy fácilmente.
Comer: ¿Sencillo, cierto? Pues en un día de frijoles, Don Francisco arreció con una catapulta de ellos que fueron a parar a la mesa del lado, sobre el cabello ondulado de Remedios la bella. Este incidente me ha hecho sentir orgullosamente importante hasta hoy, pues ella afirmó que había sido yo, cosa falsa. Sin embargo, que ella pensara en mí siempre fue un halago.
Fue culpado de un par de cosas más, simples malentendidos que, como digo, siempre hicieron muy orgulloso a Miguelito, que no tenía otra manera de relacionarse con el sexo opuesto que en una disimulada forma delincuencial.
Lejos quedaron las pilatunas, los pantalones y zapatos rotos por el balón, la cancha de fútbol húmeda, los amigos, los juegos en el salón de clases, la camaradería y también los miedos. Sin embargo, en mis sueños logro ver a esa mujer; inclusive tras todos estos años, su dulce olor perdura en mis recuerdos, y agradezco haber sentido todo lo que podía un chico sensible como yo haber sentido en esa época que no añoro, pero recuerdo con cariño.















